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Perú: Entre huaicos y sequías

Estamos perdiendo nuestra reserva de agua dulce. En los últimos 40 años, ya se habría derretido el 43% de la superficie de los glaciares peruanos, según la Autoridad Nacional del Agua, y su disminución es aun más acelerada.
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Fecha de publicació: 17/02/2017, 12:19 h | (64) veces leída
Si en Lima no hay agua, ¿por qué las casas están llenas de agua? Fue la pregunta que me hizo mi hijo Santiago de 3 años en estos días al ver algunas imágenes dramáticas de casas y calles inundadas. Hace dos meses, cuando anunciaron el estado de emergencia por sequía en 17 regiones, él aprendió que Lima, al igual que otras ciudades costeras, está situada en un ecosistema semidesértico que tiene poca lluvia, y que, por tanto, debemos cuidar el agua.
Estamos perdiendo nuestra reserva de agua dulce. En los últimos 40 años, ya se habría derretido el 43% de la superficie de los glaciares peruanos, según la Autoridad Nacional del Agua, y su disminución es aun más acelerada. El 2016 fue un año seco, en el que no se pudo almacenar suficiente lluvia en los reservorios naturales (acuíferos, cochas, puquios o manantiales, etc.) o artificiales (represas). Y la vertiente del Pacífico, donde habita cerca del 66% de los peruanos, tendría menos del 2% de la disponibilidad hídrica del Perú.
Sin embargo, Santiago tuvo ahora que aprender que los huaicos son deslizamientos de roca y lodo producto de grandes cantidades de lluvia y que nos causan graves daños. Si en lugar de tierra árida la lluvia cayera sobre vegetación, esta actuaría como esponja de agua y la distribuiría en el subsuelo. Y si se descolmataran los cauces y se impidiera el establecimiento de viviendas en su camino, se reduciría altamente el impacto social y económico.
La frecuencia e intensidad de las lluvias se ha alterado. Por ejemplo, en algunas zonas los períodos secos se prolongaron, mientras que las épocas de lluvia se acortaron pero con mayor volumen. En diciembre se esperaban lluvias, pero en su lugar las sequías predominaron, y en menos de dos meses pasamos a lluvias intensas.
Ya sabíamos que, de acuerdo con los escenarios de cambio climático elaborados para el Perú, al 2030 la precipitación debe aumentar en 20% en la costa y sierra norte, parte de la sierra central y selva sur; mientras que disminuiría en 20% en la selva norte y parte de la sierra central y sur, según consta en las comunicaciones nacionales sobre el cambio climático coordinadas por el Minam. Por tanto, a largo plazo, habría un incremento significativo de la escorrentía potencial de los ríos de la costa, y una reducción en la sierra y selva. Y los ecosistemas seguirán reaccionando ante el aumento alarmante de la temperatura global.
Hay buenas señales, sin embargo. Hace unos días, el presidente Kuczynski creó el Centro de Emergencias Nacionales y el Grupo Técnico Multisectorial para implementar acciones de adaptación y mitigación frente al cambio climático, que además de cumplir con nuestro compromiso internacional en reducción de emisiones, nos permitirá disminuir la vulnerabilidad climática y aplicar acciones de adaptación. Pero la tarea no solo es del sector público, es de alcaldes, inversionistas, empresas y ciudadanos.
Aunque algunos debaten si es el fenómeno de El Niño, si es el cambio climático o si es un evento inusitado, es innegable que el patrón de las precipitaciones ha variado y que se están exacerbando los eventos climáticos extremos, como lo advirtiera hace décadas el Panel Intergubernamental de Cambio Climático. Sabemos que las cuencas buscan sus cauces para llevar el exceso de lluvias en febrero, que los vectores de enfermedades migran a las urbes en verano, que la roya afecta el café entre mayo a setiembre, o que la ola de frío y las heladas golpean entre mayo y julio al sur, pero ahora la intensidad será cada vez mayor. Depende de nosotros que nos organicemos para reducir el impacto.
Santiago, las poblaciones rurales, los asentamientos humanos y los más vulnerables serán los primeros en afrontar los impactos, y quienes nos reclamarán luego por haber ignorado la advertencia.

Si en Lima no hay agua, ¿por qué las casas están llenas de agua? Fue la pregunta que me hizo mi hijo Santiago de 3 años en estos días al ver algunas imágenes dramáticas de casas y calles inundadas. Hace dos meses, cuando anunciaron el estado de emergencia por sequía en 17 regiones, él aprendió que Lima, al igual que otras ciudades costeras, está situada en un ecosistema semidesértico que tiene poca lluvia, y que, por tanto, debemos cuidar el agua.

Estamos perdiendo nuestra reserva de agua dulce. En los últimos 40 años, ya se habría derretido el 43% de la superficie de los glaciares peruanos, según la Autoridad Nacional del Agua, y su disminución es aun más acelerada. El 2016 fue un año seco, en el que no se pudo almacenar suficiente lluvia en los reservorios naturales (acuíferos, cochas, puquios o manantiales, etc.) o artificiales (represas). Y la vertiente del Pacífico, donde habita cerca del 66% de los peruanos, tendría menos del 2% de la disponibilidad hídrica del Perú.

Sin embargo, Santiago tuvo ahora que aprender que los huaicos son deslizamientos de roca y lodo producto de grandes cantidades de lluvia y que nos causan graves daños. Si en lugar de tierra árida la lluvia cayera sobre vegetación, esta actuaría como esponja de agua y la distribuiría en el subsuelo. Y si se descolmataran los cauces y se impidiera el establecimiento de viviendas en su camino, se reduciría altamente el impacto social y económico.

La frecuencia e intensidad de las lluvias se ha alterado. Por ejemplo, en algunas zonas los períodos secos se prolongaron, mientras que las épocas de lluvia se acortaron pero con mayor volumen. En diciembre se esperaban lluvias, pero en su lugar las sequías predominaron, y en menos de dos meses pasamos a lluvias intensas.

Ya sabíamos que, de acuerdo con los escenarios de cambio climático elaborados para el Perú, al 2030 la precipitación debe aumentar en 20% en la costa y sierra norte, parte de la sierra central y selva sur; mientras que disminuiría en 20% en la selva norte y parte de la sierra central y sur, según consta en las comunicaciones nacionales sobre el cambio climático coordinadas por el Minam. Por tanto, a largo plazo, habría un incremento significativo de la escorrentía potencial de los ríos de la costa, y una reducción en la sierra y selva. Y los ecosistemas seguirán reaccionando ante el aumento alarmante de la temperatura global.

Hay buenas señales, sin embargo. Hace unos días, el presidente Kuczynski creó el Centro de Emergencias Nacionales y el Grupo Técnico Multisectorial para implementar acciones de adaptación y mitigación frente al cambio climático, que además de cumplir con nuestro compromiso internacional en reducción de emisiones, nos permitirá disminuir la vulnerabilidad climática y aplicar acciones de adaptación. Pero la tarea no solo es del sector público, es de alcaldes, inversionistas, empresas y ciudadanos.

Aunque algunos debaten si es el fenómeno de El Niño, si es el cambio climático o si es un evento inusitado, es innegable que el patrón de las precipitaciones ha variado y que se están exacerbando los eventos climáticos extremos, como lo advirtiera hace décadas el Panel Intergubernamental de Cambio Climático. Sabemos que las cuencas buscan sus cauces para llevar el exceso de lluvias en febrero, que los vectores de enfermedades migran a las urbes en verano, que la roya afecta el café entre mayo a setiembre, o que la ola de frío y las heladas golpean entre mayo y julio al sur, pero ahora la intensidad será cada vez mayor. Depende de nosotros que nos organicemos para reducir el impacto.

Santiago, las poblaciones rurales, los asentamientos humanos y los más vulnerables serán los primeros en afrontar los impactos, y quienes nos reclamarán luego por haber ignorado la advertencia.





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