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Retroceso de los glaciares bolivianos

Las evidencias de este problema las recogen los científicos a través de investigaciones y la constatan los habitantes de las comunidades aledañas a glaciares como el Condoriri, el Illimani y el Samaja cuando ven que los cerros se tornan cada vez más negros.
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Fecha de publicació: 17/04/2017, 12:36 h | (18) veces leída
A mayor calor, más agua perecedera y menos hielo. Una fórmula que explicaría el impacto del cambio climático en los glaciares tropicales, el 20% de los cuales está en Bolivia, en la cordillera Real, y son fuente importante del líquido vital que consumen los habitantes de las comunidades y ciudades de su entorno como El Alto y La Paz.
Las evidencias de este problema las recogen los científicos a través de investigaciones y la constatan los habitantes de las comunidades aledañas a glaciares como el Condoriri, el Illimani y el Samaja cuando ven que los cerros se tornan cada vez más negros.
Así, mientras el glaciólogo boliviano Edson Ramírez asegura que el nevado Condoriri pierde cada año entre 12 a 15 metros de su cobertura blanca, lugareños como Efraín Mamani, tienen la impresión de que ese nevado retrocede por año “al menos” 10 metros. Científicos y comunarios, quizá más estos últimos, están preocupados por este retroceso evidente, pues a futuro conlleva a la falta de agua. Los investigadores quieren establecer de cuánto será esa merma, datos que servirán para los tomadores de decisión. Según el IDR, el glaciar Condoriri tiene una curva de tendencia de extinción hacia el año 2045; mientras que el Tuni hacia 2025.
En ese contexto, estas comunidades deben lidiar para tener agua para su consumo y producción agrícola y para la crianza de ganado camélido, pero a la par con la pérdida (a largo plazo) de su actividad turística por la pérdida constante del atractivo para quienes gustan de escalar esos nevados.
La evidencia científica
Lo que sucede con los glaciares tropicales es la evidencia más visible del impacto del cambio climático. Y lo es más la extinción del Chacaltaya, el único glaciar monitoreado por los científicos hasta su “muerte”, afirma el glaciólogo e investigador Edson Ramírez.
El incremento acelerado del derretimiento de los glaciares en Bolivia comenzó a inicios de la década de 1980. Un estudio establece que 376 glaciares de la Cordillera Real perdieron, en promedio, el 43% (0,9 km3) de volumen entre 1963 y 2006 y del 48% de su superficie entre 1975 y 2006.
Por eso, los cambios registrados por los habitantes de comunidades aledañas a los nevados Condoriri, Sajama e Illimani son estudiados por científicos bolivianos y extranjeros. Los glaciares tropicales son importantes indicadores del cambio climático, sobre todo los que están por encima de los cuatro mil metros. Tienen un rol importante en la regulación del régimen hidrológico en casi todas las regiones andinas, en particular las sometidas a largos periodos secos, según el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente.
La cordillera Real alberga a los nevados más importantes: Illimani, Mururata, Huayna Potosí e Illampu. También a los glaciares de la cuenca del Tuni y el Condoriri (que proveen parte del agua que se consumen en las ciudades de El Alto y La Paz) y los de Zongo, región donde se genera energía eléctrica para ambas urbes.
Los académicos coinciden en que hay un evidente aumento de la temperatura, cambios en los patrones de las lluvias y que los eventos extremos son más frecuentes y severos, como las sequías y las inundaciones.
Uno de los estudios realizados por el Instituto Francés de Investigación para el Desarrollo (IRD), da cuenta que en 1975 había 376 glaciares en la cordillera Real; en 2006 quedaban 129. “Esto representa la pérdida del 48% de los glaciares, una superficie de 34 kilómetros cuadrados”, explica Alvaro Soruco, uno de los investigadores del estudio plasmado en la publicación “Declinación de los glaciares de la Cordillera Real de Bolivia entre 1963 y 2006”.
La investigación de Soruco abarcó los recursos hídricos que provienen de esos heleros. Estableció que en época húmeda los glaciares Condoriri, de la cuenca del Tuni, Milluni, Hampaturi e Incachaca, por ejemplo, aportan con el 12% del agua potable que se consume en las ciudades de La Paz y El Alto. Y con el 27% en período seco.
Por tanto, si desaparecerían habría un déficit de agua de hasta 12% al año; 9% en época húmeda y hasta de 25% en tiempo seco. En otro estudio, el glaciólogo Edson Ramírez determinó que entre 1956 y 2009, los nevados de la cuenca del Tuni -donde se encuentra el Pequeño Janphumayo- perdieron el 62% de su cobertura blanca mientras el Condoriri se vio afectado en un 49%.
El Condoriri pierde su “cabeza blanca”
El gélido viento da la bienvenida a los visitantes que llegan a las faldas del nevado Condoriri, ubicado en el municipio de Pucarani, a tres horas de la ciudad de La Paz. Fausto Mamani -uno de los custodios del parque- sabe que la contaminación afecta al nevado, que sufre el impacto del cambio climático.
Ante un inminente mundo más caliente, a Mamani le preocupa la situación porque ya sabe que a futuro no habrá agua, el líquido que ahora escurre constante por surcos pequeños que provienen del glaciar. “No tenemos agua a domicilio; y con el deshielo ya no va haber agua, no va a haber vida”, sentencia.
El custodio del Parque Nacional Tuni Condoriri cuenta que en la misma situación están sus vecinos de las comunidades Tuni, Palcoco, Litoral y Chuñavi. Producto de su observación cotidiana, Mamani calcula que cada año el nevado va retrocediendo unos 10 metros, es decir, que el suelo rocoso se extiende en desmedro de su blanca cobertura.
“Cuando ya no esté la nevada, ya no va haber vida. Así yo lo estoy viendo”, reflexiona y piensa que “tal vez es porque los que vienen (los turistas) contaminan mucho”, por eso recomienda a los grupos que visitan la zona no dejar basura.
La región está rodeada de lagunas cristalinas, bofedales (humedal de altura, considerado como una pradera nativa poco extensa y con permanente humedad) y fauna andina. En esa comunidad, sus 160 habitantes crían camélidos y cultivan papa. “Aquí hay bofedales para el ganado, y ‘nos criamos’ trucha”, describe Mamani. La trucha es vendida a los turistas que acampan en la zona.
El Condoriri, al igual que otros de la cordillera Real, perdió en los últimos 50 años casi el 50% de su cobertura de nieve, según estudios realizados en el Instituto de Hidráulica e Hidrología (IHH) de la Universidad Mayor de San Andrés (Umsa). Es parte del reservorio de agua dulce, junto a los nevados de Tuni y el Huayna Potosí, que consumen las comunidades que están a sus faldas y los habitantes de las ciudades de La Paz y El Alto.
Evaristo Vargas Laime (38), habitante de la zona, recuerda que cuando era niño la cabeza del cóndor (Condoriri) “era puro blanquito, ahora está apareciendo la roca”. Ha observado también que hasta hace dos décadas había “mucha” nieve en junio y julio, la cual alcanzaba hasta un metro de espesor, ahora sólo llega a 20 o 60 centímetros comenta.
De acuerdo al último inventario nacional realizado por el Programa Nacional de Cambio Climático (ahora Autoridad Plurinacional de la Madre Tierra), la cordillera Real en su conjunto -desde el Illampu hasta el Illimani- perdió 37,4% de superficie glaciar. “En las últimas décadas, desde los años 70 esta tasa de derretimiento se ha triplicado. No es normal, vemos que la aceleración de pérdida de volumen del glaciar se está incrementando”, explica Edson Ramírez.
El Sajama con poca nieve
Algo similar se observa en el Sajama, el coloso del Parque Nacional del mismo nombre. “A la vista se ve que nuestro nevado es escaso. Y las precipitaciones no son tan normales. Para mí ha bajado (la lluvia), los ríos se están secando. Es un problema que ya se palpa”, expresa Julio Pacaje, comunario de Sajama.
En esa región -del departamento de Oruro, en la frontera con Chile- viven 2.500 personas agrupadas en cinco comunidades cuyo principal ingreso es el turismo que genera el parque, además de la crianza de camélidos y el aprovechamiento de la fibra de vicuña, especie recuperada del peligro de extinción.
Por eso les inquieta la pérdida de la cobertura blanca del Sajama. “Toda vegetación necesita agua. Ya no va haber bofedales y pajonales” si desaparece el nevado, lamenta Pacaje, quien se percató de que la temperatura subió en su región. “En verano, en noviembre y diciembre, se ve poca nevada. Y una montaña sin nevada ya no es atractiva para los turistas”, señala preocupado.
Según el comunario sajameño, el invierno empezaba a mediados de abril, ahora lo hace a finales de mayo; además, el tiempo de helada duraba de abril a julio, pero ahora se redujo a sólo dos meses, a junio y julio. “Sin agua no se hace nada”, sentencia Pacaje. Por ello, esperan que el Gobierno ejecute algún proyecto concreto para afrontar el problema.
Bofedales en el Illimani y la urgencia de la adaptación
En Pinaya, actualmente, hay “bastante agua” proveniente del nevado, según Justa Mamani, comunaria del lugar. Si bien esto favorece el riego de sus cultivos es también motivo de preocupación, como lo denunció en Cancún (México) su vecino de la comunidad Kaphi, Seferino Cortez Bilbao, en la cumbre climática de la ONU realizada en 2010: “El hielo ha disminuido y el agua que baja del Illimani aumentó mucho por el deshielo. Si esto sigue va a desaparecer el nevado”.
Para Carmen Capriles, miembro del colectivo Reacción Climática, esto es un motivo de preocupación más cuando las investigaciones confirman la pérdida de entre el 30% a 40% del nevado en los últimos 50 años.
El mundo acordó en 2016 bajar sus emisiones de gases de efecto invernadero a niveles que garanticen un aumento de la temperatura global por debajo de los 2º C, aunque los niveles de sus compromisos plasmados en el Acuerdo de París hacer prever que la temperatura pasará los 3º C con las consecuencias ya advertidas por los científicos.
Hay una corriente que considera inevitable que hasta 2100 la temperatura se eleve en más de 4º C, con secuelas imprevisibles y hasta desconocidas. En su libro “Bolivia en un mundo 4 grados más caliente”, los investigadores Dirk Hoffmann y Cecilia Requena plantean escenarios negativos para el país, tanto para 2030 como para 2060.
Un estudio presentado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) remarca que “Bolivia es un país altamente vulnerable al cambio climático” y que es inminente que la temperatura promedio subirá, incluso, seis grados más hasta 2100.
Ante este panorama, diversas instituciones públicas y privadas ejecutan proyectos que coadyuven a la adaptación a esos escenarios.
Sin embargo, la investigadora y activista ambiental, Cecilia Requena, lamenta que no existan políticas claras para enfrentar el cambio climático, como por ejemplo una estrategia de adaptación. Si bien, el gobierno presentó su Contribución Nacional ante la Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático, eso es solo en lo formal pero no se verifica en políticas, dice la coautora del estudio “Bolivia en un mundo 4 grados más caliente”.
“El gobierno no tomó en cuenta la evidencia científica de estudios bolivianos que señalan que parte del problema con los glaciares se debe a la contaminación local como el transporte. El uso de hidrocarburos y el chaqueo reducen el albedo (porcentaje de radiación) de los glaciares por el carbono negro”, explica Requena.
Por otra parte, remarca que no existe una política de protección de los glaciares siendo de tan importantes en la provisión de agua a las comunidades. “Hemos visto que incluso aprobaron concesiones mineras en cotas donde están los glaciares como es el caso del Illimani”, remarcó la investigadora.

A mayor calor, más agua perecedera y menos hielo. Una fórmula que explicaría el impacto del cambio climático en los glaciares tropicales, el 20% de los cuales está en Bolivia, en la cordillera Real, y son fuente importante del líquido vital que consumen los habitantes de las comunidades y ciudades de su entorno como El Alto y La Paz.

Las evidencias de este problema las recogen los científicos a través de investigaciones y la constatan los habitantes de las comunidades aledañas a glaciares como el Condoriri, el Illimani y el Samaja cuando ven que los cerros se tornan cada vez más negros.

Así, mientras el glaciólogo boliviano Edson Ramírez asegura que el nevado Condoriri pierde cada año entre 12 a 15 metros de su cobertura blanca, lugareños como Efraín Mamani, tienen la impresión de que ese nevado retrocede por año “al menos” 10 metros. Científicos y comunarios, quizá más estos últimos, están preocupados por este retroceso evidente, pues a futuro conlleva a la falta de agua. Los investigadores quieren establecer de cuánto será esa merma, datos que servirán para los tomadores de decisión. Según el IDR, el glaciar Condoriri tiene una curva de tendencia de extinción hacia el año 2045; mientras que el Tuni hacia 2025.

En ese contexto, estas comunidades deben lidiar para tener agua para su consumo y producción agrícola y para la crianza de ganado camélido, pero a la par con la pérdida (a largo plazo) de su actividad turística por la pérdida constante del atractivo para quienes gustan de escalar esos nevados.

La evidencia científica

Lo que sucede con los glaciares tropicales es la evidencia más visible del impacto del cambio climático. Y lo es más la extinción del Chacaltaya, el único glaciar monitoreado por los científicos hasta su “muerte”, afirma el glaciólogo e investigador Edson Ramírez.

El incremento acelerado del derretimiento de los glaciares en Bolivia comenzó a inicios de la década de 1980. Un estudio establece que 376 glaciares de la Cordillera Real perdieron, en promedio, el 43% (0,9 km3) de volumen entre 1963 y 2006 y del 48% de su superficie entre 1975 y 2006.

Por eso, los cambios registrados por los habitantes de comunidades aledañas a los nevados Condoriri, Sajama e Illimani son estudiados por científicos bolivianos y extranjeros. Los glaciares tropicales son importantes indicadores del cambio climático, sobre todo los que están por encima de los cuatro mil metros. Tienen un rol importante en la regulación del régimen hidrológico en casi todas las regiones andinas, en particular las sometidas a largos periodos secos, según el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente.

La cordillera Real alberga a los nevados más importantes: Illimani, Mururata, Huayna Potosí e Illampu. También a los glaciares de la cuenca del Tuni y el Condoriri (que proveen parte del agua que se consumen en las ciudades de El Alto y La Paz) y los de Zongo, región donde se genera energía eléctrica para ambas urbes.

Los académicos coinciden en que hay un evidente aumento de la temperatura, cambios en los patrones de las lluvias y que los eventos extremos son más frecuentes y severos, como las sequías y las inundaciones.

Uno de los estudios realizados por el Instituto Francés de Investigación para el Desarrollo (IRD), da cuenta que en 1975 había 376 glaciares en la cordillera Real; en 2006 quedaban 129. “Esto representa la pérdida del 48% de los glaciares, una superficie de 34 kilómetros cuadrados”, explica Alvaro Soruco, uno de los investigadores del estudio plasmado en la publicación “Declinación de los glaciares de la Cordillera Real de Bolivia entre 1963 y 2006”.

La investigación de Soruco abarcó los recursos hídricos que provienen de esos heleros. Estableció que en época húmeda los glaciares Condoriri, de la cuenca del Tuni, Milluni, Hampaturi e Incachaca, por ejemplo, aportan con el 12% del agua potable que se consume en las ciudades de La Paz y El Alto. Y con el 27% en período seco.

Por tanto, si desaparecerían habría un déficit de agua de hasta 12% al año; 9% en época húmeda y hasta de 25% en tiempo seco. En otro estudio, el glaciólogo Edson Ramírez determinó que entre 1956 y 2009, los nevados de la cuenca del Tuni -donde se encuentra el Pequeño Janphumayo- perdieron el 62% de su cobertura blanca mientras el Condoriri se vio afectado en un 49%.

El Condoriri pierde su “cabeza blanca”

El gélido viento da la bienvenida a los visitantes que llegan a las faldas del nevado Condoriri, ubicado en el municipio de Pucarani, a tres horas de la ciudad de La Paz. Fausto Mamani -uno de los custodios del parque- sabe que la contaminación afecta al nevado, que sufre el impacto del cambio climático.

Ante un inminente mundo más caliente, a Mamani le preocupa la situación porque ya sabe que a futuro no habrá agua, el líquido que ahora escurre constante por surcos pequeños que provienen del glaciar. “No tenemos agua a domicilio; y con el deshielo ya no va haber agua, no va a haber vida”, sentencia.

El custodio del Parque Nacional Tuni Condoriri cuenta que en la misma situación están sus vecinos de las comunidades Tuni, Palcoco, Litoral y Chuñavi. Producto de su observación cotidiana, Mamani calcula que cada año el nevado va retrocediendo unos 10 metros, es decir, que el suelo rocoso se extiende en desmedro de su blanca cobertura.

“Cuando ya no esté la nevada, ya no va haber vida. Así yo lo estoy viendo”, reflexiona y piensa que “tal vez es porque los que vienen (los turistas) contaminan mucho”, por eso recomienda a los grupos que visitan la zona no dejar basura.

La región está rodeada de lagunas cristalinas, bofedales (humedal de altura, considerado como una pradera nativa poco extensa y con permanente humedad) y fauna andina. En esa comunidad, sus 160 habitantes crían camélidos y cultivan papa. “Aquí hay bofedales para el ganado, y ‘nos criamos’ trucha”, describe Mamani. La trucha es vendida a los turistas que acampan en la zona.

El Condoriri, al igual que otros de la cordillera Real, perdió en los últimos 50 años casi el 50% de su cobertura de nieve, según estudios realizados en el Instituto de Hidráulica e Hidrología (IHH) de la Universidad Mayor de San Andrés (Umsa). Es parte del reservorio de agua dulce, junto a los nevados de Tuni y el Huayna Potosí, que consumen las comunidades que están a sus faldas y los habitantes de las ciudades de La Paz y El Alto.

Evaristo Vargas Laime (38), habitante de la zona, recuerda que cuando era niño la cabeza del cóndor (Condoriri) “era puro blanquito, ahora está apareciendo la roca”. Ha observado también que hasta hace dos décadas había “mucha” nieve en junio y julio, la cual alcanzaba hasta un metro de espesor, ahora sólo llega a 20 o 60 centímetros comenta.

De acuerdo al último inventario nacional realizado por el Programa Nacional de Cambio Climático (ahora Autoridad Plurinacional de la Madre Tierra), la cordillera Real en su conjunto -desde el Illampu hasta el Illimani- perdió 37,4% de superficie glaciar. “En las últimas décadas, desde los años 70 esta tasa de derretimiento se ha triplicado. No es normal, vemos que la aceleración de pérdida de volumen del glaciar se está incrementando”, explica Edson Ramírez.

El Sajama con poca nieve

Algo similar se observa en el Sajama, el coloso del Parque Nacional del mismo nombre. “A la vista se ve que nuestro nevado es escaso. Y las precipitaciones no son tan normales. Para mí ha bajado (la lluvia), los ríos se están secando. Es un problema que ya se palpa”, expresa Julio Pacaje, comunario de Sajama.

En esa región -del departamento de Oruro, en la frontera con Chile- viven 2.500 personas agrupadas en cinco comunidades cuyo principal ingreso es el turismo que genera el parque, además de la crianza de camélidos y el aprovechamiento de la fibra de vicuña, especie recuperada del peligro de extinción.

Por eso les inquieta la pérdida de la cobertura blanca del Sajama. “Toda vegetación necesita agua. Ya no va haber bofedales y pajonales” si desaparece el nevado, lamenta Pacaje, quien se percató de que la temperatura subió en su región. “En verano, en noviembre y diciembre, se ve poca nevada. Y una montaña sin nevada ya no es atractiva para los turistas”, señala preocupado.

Según el comunario sajameño, el invierno empezaba a mediados de abril, ahora lo hace a finales de mayo; además, el tiempo de helada duraba de abril a julio, pero ahora se redujo a sólo dos meses, a junio y julio. “Sin agua no se hace nada”, sentencia Pacaje. Por ello, esperan que el Gobierno ejecute algún proyecto concreto para afrontar el problema.

Bofedales en el Illimani y la urgencia de la adaptación

En Pinaya, actualmente, hay “bastante agua” proveniente del nevado, según Justa Mamani, comunaria del lugar. Si bien esto favorece el riego de sus cultivos es también motivo de preocupación, como lo denunció en Cancún (México) su vecino de la comunidad Kaphi, Seferino Cortez Bilbao, en la cumbre climática de la ONU realizada en 2010: “El hielo ha disminuido y el agua que baja del Illimani aumentó mucho por el deshielo. Si esto sigue va a desaparecer el nevado”.

Para Carmen Capriles, miembro del colectivo Reacción Climática, esto es un motivo de preocupación más cuando las investigaciones confirman la pérdida de entre el 30% a 40% del nevado en los últimos 50 años.

El mundo acordó en 2016 bajar sus emisiones de gases de efecto invernadero a niveles que garanticen un aumento de la temperatura global por debajo de los 2º C, aunque los niveles de sus compromisos plasmados en el Acuerdo de París hacer prever que la temperatura pasará los 3º C con las consecuencias ya advertidas por los científicos.

Hay una corriente que considera inevitable que hasta 2100 la temperatura se eleve en más de 4º C, con secuelas imprevisibles y hasta desconocidas. En su libro “Bolivia en un mundo 4 grados más caliente”, los investigadores Dirk Hoffmann y Cecilia Requena plantean escenarios negativos para el país, tanto para 2030 como para 2060.

Un estudio presentado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) remarca que “Bolivia es un país altamente vulnerable al cambio climático” y que es inminente que la temperatura promedio subirá, incluso, seis grados más hasta 2100.

Ante este panorama, diversas instituciones públicas y privadas ejecutan proyectos que coadyuven a la adaptación a esos escenarios.

Sin embargo, la investigadora y activista ambiental, Cecilia Requena, lamenta que no existan políticas claras para enfrentar el cambio climático, como por ejemplo una estrategia de adaptación. Si bien, el gobierno presentó su Contribución Nacional ante la Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático, eso es solo en lo formal pero no se verifica en políticas, dice la coautora del estudio “Bolivia en un mundo 4 grados más caliente”.

“El gobierno no tomó en cuenta la evidencia científica de estudios bolivianos que señalan que parte del problema con los glaciares se debe a la contaminación local como el transporte. El uso de hidrocarburos y el chaqueo reducen el albedo (porcentaje de radiación) de los glaciares por el carbono negro”, explica Requena.

Por otra parte, remarca que no existe una política de protección de los glaciares siendo de tan importantes en la provisión de agua a las comunidades. “Hemos visto que incluso aprobaron concesiones mineras en cotas donde están los glaciares como es el caso del Illimani”, remarcó la investigadora.





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