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La agroecología abre surcos en Argentina

El argentino Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (Senasa) señala  que entre 2014 y 2015 la superficie orgánica cosechada creció en 10 por ciento, con cultivos de aromáticas, hortalizas, legumbres, frutales, cereales y oleaginosas.
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Fecha de publicació: 18/04/2017, 12:10 h | (24) veces leída
La agricultura orgánica se abre creciente espacio en Argentina, el líder latinoamericano del sector y el segundo del mundo después de Australia, como parte de la reacción de un modelo que desilusionó a los productores y comienza a asustar a los consumidores.
Según la intergubernamental Comisión Interamericana de Agricultura Orgánica (CIAO), en el continente americano hay 9,9 millones de hectáreas de producción orgánica certificada, 22 por ciento de la superficie mundial destinada a estos cultivos. De ese total, 6,8 millones están América Latina y el Caribe y de ellas, tres millones en Argentina.
El argentino Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (Senasa) señala que entre 2014 y 2015 la superficie orgánica cosechada creció en 10 por ciento, con cultivos de aromáticas, hortalizas, legumbres, frutales, cereales y oleaginosas.
Las legumbres y hortalizas tuvieron el mayor incremento (200 por ciento). En Argentina hay 1.074 productores orgánicos, mayoritariamente pequeñas, medianas empresas y cooperativas.
“El mercado orgánico se está empezando a mover. Somos productores hace 20 años cuando ese mercado no existía en Argentina y todo se exportaba. Ahora vendemos fuera una parte pero como 50 por ciento por ciento se queda acá”, dijo Jorge Pierrestegui.
“Optar por lo orgánico fue una política de la empresa, principalmente por una visión ecológica, de largo plazo de no tirar veneno en la chacra”, explicó este directivo de la compañía agroecológica Olivares y Viñedos San Nicolás, productora de aceitunas y aceite de oliva en unas 1.000 hectáreas en la central provincia de Córdoba.
El ingeniero agrónomo Eduardo Cerdá, asesor en agroecología, diferencia esa práctica de la llamada orgánica. Tampoco usa agroquímicos pero no busca “certificar” una producción que está “concentrada en cuatro o cinco empresas” y que “tiene un costo para el productor”, aclaró a IPS.
“Nosotros básicamente trabajamos para generar experiencias, para acompañar productores, para formar estudiantes, en una mirada de la agronomía con principios ecológicos”, explicó.
Cerdá, vicepresidente del Centro de Graduados de la Facultad de Agronomía de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), destacó que hay un interés creciente en la agroecología.
En 10 años aumentó de 600 a 12.500 hectáreas las áreas asesoradas. Con sus pocos colegas especializados no consiguen atender tanta demanda.
El experto lo atribuye a la decepción por el “modelo actual” basado en agroquímicos, que considera “agotado”. Para él la agroecología “no es una alternativa” sino “la agronomía de los próximos años”.
“Los productores están viendo que lo que les prometieron hace 20 años que les iba a resolver esta tecnología no se cumplió. Ni en cuanto a grandes rendimientos ni en costos. Ven que tienen un costo impresionante por la cantidad de insumos que utilizan”, sostuvo.
Mientras en los años 90, una hectárea de trigo costaba 100 dólares, en el 2015 llegó a 400 dólares. Sin embargo el rendimiento no se cuadriplicó. Entonces, una hectárea producía 3.000 kilos, hoy “estaremos en 6.000 o 7.000 con suerte”, comparó.
Para Cerdá “es una tecnología carísima para un resultado súper ineficiente. Hemos medido campos agroecológicos que utilizan el esquema mixto de agricultura y ganadería contra campos empresariales. Podemos hasta decir que son más eficientes”.
La CIAO atribuye el crecimiento agrícola orgánico en Argentina a la demanda internacional, principalmente de Europa y Estados Unidos. Pero puntualiza que los cultivos orgánicos representan todavía solo 0,5 por ciento de la superficie total sembrada.
En este país de 43 millones de personas, el sector agropecuario representa uno de los puntales de su economía, a la que aporta 13 por ciento del producto interno bruto (PIB), 55,8 por ciento de sus exportaciones y 35,6 por ciento de su empleo directo e indirecto.
“Lo que más se planta en Argentina es soja, maíz o algodón transgénico. Los productores orgánicos son muy pocos todavía y están sobre todo en la huerta. Podemos contar con los dedos los que hacen granos ecológicos porque no hay una política del Estado que lo promueva”, opinó Graciela Draguicevich, presidenta de la Asociación Mutual Sentimiento.
Esa asociación administra El Galpón, en el barrio de Chacarita, en Buenos Aires, que desde hace 14 años funciona como un mercado de abastecimiento agroecológico y de economía social.
“Descubrimos que el principal problema era la intermediación ociosa y contactamos productores, pero queríamos darle otra vuelta de tuerca porque nos parecía que nada era bueno si seguíamos consumiendo tóxicos y enfermándonos con la comida. Por eso comenzamos a buscar productores sin agrotóxicos”, recordó a IPS.
Los integrantes de la asociación establecen otra conceptualización de lo orgánico. “Cuando tampoco tiene venenos sociales y económicos. Cuando no practica explotación, ni diferencia de salarios por género, ni trabajo infantil, ni depredación de lo que se comercia. Todo tiene que conservar su equilibrio”, especificó.
Draguicevich celebra que cada vez haya más ferias como El Galpón, aunque aún no “una por barrio”, como considera necesario.
Alicia Della Ceca, que vende frutas y hortalizas en este mercado solidario, cultiva con sus dos hijos 3,5 hectáreas a unos 20 kilómetros de la capital.
Allí dejaron de usar químicos hace 10 años, cuando el gobierno les ofreció asesoría técnica. “Como mis hijos son jóvenes y tienen la cabeza abierta les interesó”, contó a IPS.
“Es muy bueno para la salud, para el producto, para la tierra. Mi marido 40 años atrás usaba plaguicidas porque era lo normal, se pensaba que de otra manera no crecía. Pero mis hijos han dado testimonio de que se puede trabajar de esta manera. La tierra lo da, no hace falta castigarla con químicos”, argumentó.
“La gente que trabaja con químicos quiere las cosas rápidas, mucho, grande y brilloso. Eso es algo que impulsó el supermercado. Cuando el negocio era de barrio no era así. Pero ellos impusieron las bolsitas, y muchas cosas en contra de la naturaleza”, reflexionó.
Ahora entre los consumidores crece esta “nueva conciencia”, según Pierrestegui ante “el abuso de los agroquímicos”.
El estudio “Plaguicidas. Los condimentos no declarados”, publicado en 2015 por la UNLP, reveló que en las 60 muestras analizadas, ocho de cada 10 verduras y frutas contenían agroquímicos.
“El nivel de contaminación es enorme. Cuando se mide aparecen restos de agroquímicos en los alimentos, en el suelo, en el agua, en el aire. Y por más que nos cuidemos, nuestros productos, nuestros granos, tienen agroquímicos de los vecinos. Es un modelo muy perverso”, alertó Cerdá.
“Ya llevamos 20 años, con 20 millones de hectáreas de soja (en Argentina). Estamos hablando de más de 200 millones de litros de herbicida todos los años, más otros productos que nos aplican, lo que está dando una explosión ambiental muy peligrosa. Lo que se nos viene que es una gran pérdida de fertilidad”, advirtió.
Pierrestegui considera que este país tiene especial potencial para lo orgánico.
“Argentina no es un gran productor mundial de aceite de oliva, pero sí de los pocos que pueden producirlo orgánico”, ilustró. “España por ejemplo, uno de los principales productores mundiales, trabaja sobre tierras muy áridas, donde tienen que utilizar muchos agroquímicos y fertilizantes artificiales. Argentina tiene la ventaja de buena tierra”, dijo.
El informe “Los Mercados Mundiales de Frutas y Verduras Orgánicas”, de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), señala que “en Argentina, el paso de la agricultura convencional a la producción orgánica no suele plantear mayores dificultades gracias a sus condiciones físicas”.
“La extensión y fertilidad natural de los suelos, la abundancia de tierras vírgenes y el escaso empleo de insumos químicos en las prácticas agrícolas convencionales permite que los agricultores pasen a la producción orgánica sin necesidad de introducir importantes ajustes a sus métodos de explotación. Los diferentes climas imperantes y la baja presión de plagas hacen posible la producción orgánica en casi todo el país”, subraya.
“Con todo lo que se investiga, con todo lo que gastan los productores, igual la naturaleza les está diciendo: Muchachos, las malezas funcionan de otra manera, no alcanza poner más dosis, más cocteles, porque a la larga terminamos todos envenenados. Las lógicas en la naturaleza son distintas, traten de entenderlas”, exhortó Cerdá.

La agricultura orgánica se abre creciente espacio en Argentina, el líder latinoamericano del sector y el segundo del mundo después de Australia, como parte de la reacción de un modelo que desilusionó a los productores y comienza a asustar a los consumidores.

Según la intergubernamental Comisión Interamericana de Agricultura Orgánica (CIAO), en el continente americano hay 9,9 millones de hectáreas de producción orgánica certificada, 22 por ciento de la superficie mundial destinada a estos cultivos. De ese total, 6,8 millones están América Latina y el Caribe y de ellas, tres millones en Argentina.

El argentino Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (Senasa) señala que entre 2014 y 2015 la superficie orgánica cosechada creció en 10 por ciento, con cultivos de aromáticas, hortalizas, legumbres, frutales, cereales y oleaginosas.

Las legumbres y hortalizas tuvieron el mayor incremento (200 por ciento). En Argentina hay 1.074 productores orgánicos, mayoritariamente pequeñas, medianas empresas y cooperativas.

“El mercado orgánico se está empezando a mover. Somos productores hace 20 años cuando ese mercado no existía en Argentina y todo se exportaba. Ahora vendemos fuera una parte pero como 50 por ciento por ciento se queda acá”, dijo Jorge Pierrestegui.

“Optar por lo orgánico fue una política de la empresa, principalmente por una visión ecológica, de largo plazo de no tirar veneno en la chacra”, explicó este directivo de la compañía agroecológica Olivares y Viñedos San Nicolás, productora de aceitunas y aceite de oliva en unas 1.000 hectáreas en la central provincia de Córdoba.

El ingeniero agrónomo Eduardo Cerdá, asesor en agroecología, diferencia esa práctica de la llamada orgánica. Tampoco usa agroquímicos pero no busca “certificar” una producción que está “concentrada en cuatro o cinco empresas” y que “tiene un costo para el productor”, aclaró a IPS.

“Nosotros básicamente trabajamos para generar experiencias, para acompañar productores, para formar estudiantes, en una mirada de la agronomía con principios ecológicos”, explicó.

Cerdá, vicepresidente del Centro de Graduados de la Facultad de Agronomía de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), destacó que hay un interés creciente en la agroecología.

En 10 años aumentó de 600 a 12.500 hectáreas las áreas asesoradas. Con sus pocos colegas especializados no consiguen atender tanta demanda.

El experto lo atribuye a la decepción por el “modelo actual” basado en agroquímicos, que considera “agotado”. Para él la agroecología “no es una alternativa” sino “la agronomía de los próximos años”.

“Los productores están viendo que lo que les prometieron hace 20 años que les iba a resolver esta tecnología no se cumplió. Ni en cuanto a grandes rendimientos ni en costos. Ven que tienen un costo impresionante por la cantidad de insumos que utilizan”, sostuvo.

Mientras en los años 90, una hectárea de trigo costaba 100 dólares, en el 2015 llegó a 400 dólares. Sin embargo el rendimiento no se cuadriplicó. Entonces, una hectárea producía 3.000 kilos, hoy “estaremos en 6.000 o 7.000 con suerte”, comparó.

Para Cerdá “es una tecnología carísima para un resultado súper ineficiente. Hemos medido campos agroecológicos que utilizan el esquema mixto de agricultura y ganadería contra campos empresariales. Podemos hasta decir que son más eficientes”.

La CIAO atribuye el crecimiento agrícola orgánico en Argentina a la demanda internacional, principalmente de Europa y Estados Unidos. Pero puntualiza que los cultivos orgánicos representan todavía solo 0,5 por ciento de la superficie total sembrada.

En este país de 43 millones de personas, el sector agropecuario representa uno de los puntales de su economía, a la que aporta 13 por ciento del producto interno bruto (PIB), 55,8 por ciento de sus exportaciones y 35,6 por ciento de su empleo directo e indirecto.

“Lo que más se planta en Argentina es soja, maíz o algodón transgénico. Los productores orgánicos son muy pocos todavía y están sobre todo en la huerta. Podemos contar con los dedos los que hacen granos ecológicos porque no hay una política del Estado que lo promueva”, opinó Graciela Draguicevich, presidenta de la Asociación Mutual Sentimiento.

Esa asociación administra El Galpón, en el barrio de Chacarita, en Buenos Aires, que desde hace 14 años funciona como un mercado de abastecimiento agroecológico y de economía social.

“Descubrimos que el principal problema era la intermediación ociosa y contactamos productores, pero queríamos darle otra vuelta de tuerca porque nos parecía que nada era bueno si seguíamos consumiendo tóxicos y enfermándonos con la comida. Por eso comenzamos a buscar productores sin agrotóxicos”, recordó a IPS.

Los integrantes de la asociación establecen otra conceptualización de lo orgánico. “Cuando tampoco tiene venenos sociales y económicos. Cuando no practica explotación, ni diferencia de salarios por género, ni trabajo infantil, ni depredación de lo que se comercia. Todo tiene que conservar su equilibrio”, especificó.

Draguicevich celebra que cada vez haya más ferias como El Galpón, aunque aún no “una por barrio”, como considera necesario.

Alicia Della Ceca, que vende frutas y hortalizas en este mercado solidario, cultiva con sus dos hijos 3,5 hectáreas a unos 20 kilómetros de la capital.

Allí dejaron de usar químicos hace 10 años, cuando el gobierno les ofreció asesoría técnica. “Como mis hijos son jóvenes y tienen la cabeza abierta les interesó”, contó a IPS.

“Es muy bueno para la salud, para el producto, para la tierra. Mi marido 40 años atrás usaba plaguicidas porque era lo normal, se pensaba que de otra manera no crecía. Pero mis hijos han dado testimonio de que se puede trabajar de esta manera. La tierra lo da, no hace falta castigarla con químicos”, argumentó.

“La gente que trabaja con químicos quiere las cosas rápidas, mucho, grande y brilloso. Eso es algo que impulsó el supermercado. Cuando el negocio era de barrio no era así. Pero ellos impusieron las bolsitas, y muchas cosas en contra de la naturaleza”, reflexionó.

Ahora entre los consumidores crece esta “nueva conciencia”, según Pierrestegui ante “el abuso de los agroquímicos”.

El estudio “Plaguicidas. Los condimentos no declarados”, publicado en 2015 por la UNLP, reveló que en las 60 muestras analizadas, ocho de cada 10 verduras y frutas contenían agroquímicos.

“El nivel de contaminación es enorme. Cuando se mide aparecen restos de agroquímicos en los alimentos, en el suelo, en el agua, en el aire. Y por más que nos cuidemos, nuestros productos, nuestros granos, tienen agroquímicos de los vecinos. Es un modelo muy perverso”, alertó Cerdá.

“Ya llevamos 20 años, con 20 millones de hectáreas de soja (en Argentina). Estamos hablando de más de 200 millones de litros de herbicida todos los años, más otros productos que nos aplican, lo que está dando una explosión ambiental muy peligrosa. Lo que se nos viene que es una gran pérdida de fertilidad”, advirtió.

Pierrestegui considera que este país tiene especial potencial para lo orgánico.

“Argentina no es un gran productor mundial de aceite de oliva, pero sí de los pocos que pueden producirlo orgánico”, ilustró. “España por ejemplo, uno de los principales productores mundiales, trabaja sobre tierras muy áridas, donde tienen que utilizar muchos agroquímicos y fertilizantes artificiales. Argentina tiene la ventaja de buena tierra”, dijo.

El informe “Los Mercados Mundiales de Frutas y Verduras Orgánicas”, de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), señala que “en Argentina, el paso de la agricultura convencional a la producción orgánica no suele plantear mayores dificultades gracias a sus condiciones físicas”.

“La extensión y fertilidad natural de los suelos, la abundancia de tierras vírgenes y el escaso empleo de insumos químicos en las prácticas agrícolas convencionales permite que los agricultores pasen a la producción orgánica sin necesidad de introducir importantes ajustes a sus métodos de explotación. Los diferentes climas imperantes y la baja presión de plagas hacen posible la producción orgánica en casi todo el país”, subraya.

“Con todo lo que se investiga, con todo lo que gastan los productores, igual la naturaleza les está diciendo: Muchachos, las malezas funcionan de otra manera, no alcanza poner más dosis, más cocteles, porque a la larga terminamos todos envenenados. Las lógicas en la naturaleza son distintas, traten de entenderlas”, exhortó Cerdá.





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