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De cómo Madrid pasó a ser una ciudad con bicicletas

Quiénes empezamos hace 20 años aprendimos a movernos en un territorio hostil que reclamábamos como propio y en igualdad de condiciones que los coches. Nos sobraban los argumentos de peso para hacerlo, tales como los beneficios ambientales y sociales que impulsábamos frente a una movilidad sucia, agresiva y motorizada.
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Fecha de publicació: 10/11/2017, 09:07 h | (90) veces leída
Han pasado casi 20 años desde entonces y el paisaje urbano de Madrid ha cambiado mucho: las personas que vamos en bicicleta no somos ya ni pocas ni alocadas. Todo lo contrario, a base de pedaladas hemos sabido hacernos respetar, hemos ido ganando protagonismo, atrayendo a nuevas personas y los conductores ya no nos dicen eso de: “¡Vete al campo!” o “¡Las bicis no pueden circular por las calles!” Queda mucho por recorrer, sin duda, pero las bicicletas han conseguido formar parte de las calles de Madrid, y no solo eso, sino que se han convertido en una de las principales apuestas para limpiar los cielos de nuestra ciudad.
Quiénes empezamos hace 20 años aprendimos a movernos en un territorio hostil que reclamábamos como propio y en igualdad de condiciones que los coches. Nos sobraban los argumentos de peso para hacerlo, tales como los beneficios ambientales y sociales que impulsábamos frente a una movilidad sucia, agresiva y motorizada. En aquellos años las pocas personas que nos aventurábamos a utilizar la bicicleta lo hacíamos principalmente por motivos políticos, de transformación de la movilidad urbana, de disputarle al coche la hegemonía de nuestras calles. Montarse en la bicicleta era en sí mismo una acción, un acto de rebeldía por lograr una mejor ciudad, un mundo mejor. Pedaleábamos contra el cambio climático, contra la invasión de nuestras calles por coches vacíos de pasajeros, contra los atascos, el ruido, el estrés, las prisas, la agresividad y la contaminación.
El panorama desde entonces ha cambiado mucho, y los ciclistas de entonces nos sentimos orgullosos de haber sido los pioneros del cambio que vemos cristalizarse ahora en Madrid, y al que previamente ya habían llegado antes tantas otras ciudades. Un cambio logrado sin ningún apoyo público a la bicicleta hasta apenas unos pocos años, y que se logró a través de nuestro día a día recorriendo la ciudad, de bicicríticas, bicifestaciones, de colectivos y marchas ciclistas. Un movimiento personal y colectivo, cotidiano y organizado, versátil, permeable y transgresor, que fue atrayendo a cada vez más personas, haciendo masa crítica y forzando que el ayuntamiento no se pudiera seguir mirando hacia otro lado: BiciMad, o la actual red ciclista que impulsa el Ayuntamiento son los resultados de esos aislados y alocados ciclistas cuyos argumentos fueron calando en los corazones y mentes de otras personas que se sumaron al movimiento o que simplemente nos apoyaron.
Aventurarse en aquellos años a circular en bicicleta en Madrid era parte de un proceso personal, que en cierto modo sigue siendo válido: aprender a circular por la ciudad en bicicleta requiere de aprendizaje, de ir perdiendo el miedo y disfrutar de las ventajas y disfrute que conlleva, tales como una mayor velocidad de desplazamiento, autonomía, realización de ejercicio físico o una forma de conocer mejor nuestra ciudad. Se empieza por recorridos cortos en calles tranquilas que poco a poco y a medida que se gana seguridad se van ampliando.
Si en Madrid, Sevilla y Barcelona ha sido posible, ciudades enormes, con muchísimo tráfico, ¿por qué no puede lograrse en el resto de ciudades y pueblos de menor tamaño?
Actualmente la mitad de los desplazamientos de coche que se realizan en nuestras ciudades es para distancias inferiores a los 3 kilómetros, recorridos perfectamente asumibles por la bicicleta, cuyo radio de acción resulta funcional hasta distancias de hasta 7 kilómetros.
Paradójicamente en las ciudades medias y pequeñas, y en los pueblos, donde más fácil se puede aparcar es donde más se utiliza el automóvil para recorrer distancias en las que resulta claramente innecesario. Una paradoja, pero también una esperanza, porque constituyen entorno urbanos con un enorme potencial de transformación en los que unas pocas personas, que rompan con la dependencia del automóvil y la todavía vigente cultura del motor, y en lugar de usar el coche se decidan por realizar estos trayectos andando o en bicicleta, pueden constituir las semillas que repoblen de vida y vitalidad nuestras yermas y motorizadas calles: ¿te animas a ser una de estas personas?

Han pasado casi 20 años desde entonces y el paisaje urbano de Madrid ha cambiado mucho: las personas que vamos en bicicleta no somos ya ni pocas ni alocadas. Todo lo contrario, a base de pedaladas hemos sabido hacernos respetar, hemos ido ganando protagonismo, atrayendo a nuevas personas y los conductores ya no nos dicen eso de: “¡Vete al campo!” o “¡Las bicis no pueden circular por las calles!” Queda mucho por recorrer, sin duda, pero las bicicletas han conseguido formar parte de las calles de Madrid, y no solo eso, sino que se han convertido en una de las principales apuestas para limpiar los cielos de nuestra ciudad.

Quiénes empezamos hace 20 años aprendimos a movernos en un territorio hostil que reclamábamos como propio y en igualdad de condiciones que los coches. Nos sobraban los argumentos de peso para hacerlo, tales como los beneficios ambientales y sociales que impulsábamos frente a una movilidad sucia, agresiva y motorizada. En aquellos años las pocas personas que nos aventurábamos a utilizar la bicicleta lo hacíamos principalmente por motivos políticos, de transformación de la movilidad urbana, de disputarle al coche la hegemonía de nuestras calles. Montarse en la bicicleta era en sí mismo una acción, un acto de rebeldía por lograr una mejor ciudad, un mundo mejor. Pedaleábamos contra el cambio climático, contra la invasión de nuestras calles por coches vacíos de pasajeros, contra los atascos, el ruido, el estrés, las prisas, la agresividad y la contaminación.

El panorama desde entonces ha cambiado mucho, y los ciclistas de entonces nos sentimos orgullosos de haber sido los pioneros del cambio que vemos cristalizarse ahora en Madrid, y al que previamente ya habían llegado antes tantas otras ciudades. Un cambio logrado sin ningún apoyo público a la bicicleta hasta apenas unos pocos años, y que se logró a través de nuestro día a día recorriendo la ciudad, de bicicríticas, bicifestaciones, de colectivos y marchas ciclistas. Un movimiento personal y colectivo, cotidiano y organizado, versátil, permeable y transgresor, que fue atrayendo a cada vez más personas, haciendo masa crítica y forzando que el ayuntamiento no se pudiera seguir mirando hacia otro lado: BiciMad, o la actual red ciclista que impulsa el Ayuntamiento son los resultados de esos aislados y alocados ciclistas cuyos argumentos fueron calando en los corazones y mentes de otras personas que se sumaron al movimiento o que simplemente nos apoyaron.

Aventurarse en aquellos años a circular en bicicleta en Madrid era parte de un proceso personal, que en cierto modo sigue siendo válido: aprender a circular por la ciudad en bicicleta requiere de aprendizaje, de ir perdiendo el miedo y disfrutar de las ventajas y disfrute que conlleva, tales como una mayor velocidad de desplazamiento, autonomía, realización de ejercicio físico o una forma de conocer mejor nuestra ciudad. Se empieza por recorridos cortos en calles tranquilas que poco a poco y a medida que se gana seguridad se van ampliando.

Si en Madrid, Sevilla y Barcelona ha sido posible, ciudades enormes, con muchísimo tráfico, ¿por qué no puede lograrse en el resto de ciudades y pueblos de menor tamaño?

Actualmente la mitad de los desplazamientos de coche que se realizan en nuestras ciudades es para distancias inferiores a los 3 kilómetros, recorridos perfectamente asumibles por la bicicleta, cuyo radio de acción resulta funcional hasta distancias de hasta 7 kilómetros.

Paradójicamente en las ciudades medias y pequeñas, y en los pueblos, donde más fácil se puede aparcar es donde más se utiliza el automóvil para recorrer distancias en las que resulta claramente innecesario. Una paradoja, pero también una esperanza, porque constituyen entorno urbanos con un enorme potencial de transformación en los que unas pocas personas, que rompan con la dependencia del automóvil y la todavía vigente cultura del motor, y en lugar de usar el coche se decidan por realizar estos trayectos andando o en bicicleta, pueden constituir las semillas que repoblen de vida y vitalidad nuestras yermas y motorizadas calles: ¿te animas a ser una de estas personas?


Fuente original: www.greenpeace.org




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