El turismo pone contra las cuerdas a los animales salvajes

De vacaciones en Tailandia en el año 2014, la investigadora canadiense Valérie Sheppard y su marido acabaron, por culpa de un malentendido con su guía, en el Namuang Safari Park en la isla Koh Samui, un parque donde se pueden contemplar cataratas, montar en quad, ver un show de animales salvajes o dar un paseo a lomos de un elefante asiático.

Lejos de disfrutar de la visita, Sheppard se sintió consternada e indignada por la lamentable situación de los animales. Elefantes encadenados, maltratados y enclaustrados es lo que se encuentran en realidad los turistas atraídos por el supuesto exotismo del lugar.
Al regresar a Canadá, la científica emprendió una campaña enviando cartas al propietario del centro turístico que organizó el recorrido, a organizaciones de bienestar animal e incluso al rey de Tailandia. “No recibí respuesta”, explica a Sinc Sheppard, profesora en la Escuela de Turismo y Hospitalidad de la Universidade Europeia de Lisboa (Portugal).
La canadiense lleva desde la década de 1990 estudiando la ética en el turismo, un interés que ha derivado de manera progresiva en la ética animal en este sector, animada por el investigador David Fennell. La experta quiere que cambie el comportamiento de la industria turística hacia los animales. “Crear conciencia sobre el uso de seres vivos en y por la industria del turismo es el primer paso hacia la justicia para los animales”, asevera.
A pesar de sus esfuerzos, la investigadora no consiguió parar el maltrato animal en el centro tailandés, donde las condiciones de los animales se mantienen aparentemente sin cambios desde hace años. Así lo demuestran las decenas de comentarios en internet sobre este parque, en los que se deja patente la crueldad. “Los turistas hasta el día de hoy continúan denunciando el trato inhumano que presencian”, comenta la científica.
Este no es más que un ejemplo de cómo los animales salvajes son utilizados para promover el turismo. Ya no es suficiente con fotografiar al animal, respetando su espacio y su hábitat, el turista se adentra en su vida alimentándolo o tocándolo, y, en algunas ocasiones, paga por acabar con ella.
Unos turistas interactúan con un elefante asiático en el Karen Elephant Sanctuary en Chiangmai (Tailandia). En este centro no está permitido subir sobre los animales. / Ángel Montesinos
No basta con ver a un tiburón ballena
No muy lejos de Tailandia, otra práctica turística está siendo cada vez más rentable: la de alimentar a los tiburones. Estas actividades recaudan unos 314 millones de dólares al año. En el caso de los tiburones ballena(Rhincodon typus), clasificados como en peligro de extinción y cuyas poblaciones en el Indopacífico han sufrido una disminución del 63 % en las últimas tres generaciones, los turistas interactúan con ellos alimentándolos a mano en su viaje a Cenderwasih Bay o Gorontalo en Indonesia.
Este tipo de encuentros, bajo la calificación de ecoturismo, es la alternativa que los locales han encontrado para dejar de pescar al mayor de los peces. Sin embargo, aunque viajeros y oriundos quedan satisfechos –los unos por la experiencia y los otros por los ingresos económicos–, el peor parado sigue siendo el animal.
Los científicos han percibido un cambio en el comportamiento natural de los tiburones alimentados por turistas, sobre todo en otras zonas como Oslob, en la isla filipina de Cebu, considerado el sitio de turismo de la vida salvaje más visitado del mundo, con 250.000 visitantes cada año.
“Las actividades humanas siempre deben evitar cambiar el comportamiento natural”, comenta a Sinc el equipo de científicos que ha analizado por primera vez la conducta de los tiburones ballena en Filipinas, donde existe una gran presión humana y los turistas se acercan a menos de dos metros de los peces.
Según los expertos, alimentar a los animales para aumentar o mejorar los avistamientos es una práctica controvertida, en especial porque no se evalúa el impacto en el comportamiento del animal a largo plazo.
Por ello, durante tres años, los científicos de la Deakin University en Australia observaron las interacciones entre turistas y tiburones en la isla de Cebu. Sus conclusiones muestran que los peces asocian automáticamente este lugar con comida, lo que ha provocado que algunos individuos se hayan acostumbrado a la perturbación turística. De los 208 tiburones ballena identificados, una pequeña porción permaneció más de lo debido en la zona y otra se hizo residente.
“Esto es preocupante porque la residencia prolongada o permanente en el sitio donde son alimentados puede reducir la eficiencia del forrajeo, alterar las distribuciones de estos peces y conducir a la dependencia alimentaria en etapas posteriores de su vida”, indican los científicos, para quienes aún es necesario conocer los efectos de este turismo en la condición corporal del animal y en sus tasas de crecimiento por el tipo de alimentación que reciben.
Vista área de la zona donde las embarcaciones llenas de turistas se juntan para alimentar a los tiburones ballena. / © Adobe Stock
Conductas alteradas de las rayas
Esta misma situación se repite con las mantarrayas (Mobula alfrech), cuyo estado es vulnerable, con las que los viajeros se hacen fotografías mientras hacen snorkel o buceo submarino. “Acercarse demasiado a los animales puede interrumpir sus comportamientos naturales de alimentación, apareamiento y acicalado. Un aumento de los buzos en el agua incrementa la posibilidad de perturbaciones”, asegura a Sinc Elitza Germanov, investigadora en la Universidad de Murdoch en Australia.
En un estudio, la científica, junto a su equipo, ha estudiado entre el año 2012 y el 2018 la resiliencia de estos animales en un área marina protegida indonesia, llamada Nusa Penida, en la que se han identificado 624 rayas a lo largo de los seis años de investigación.  
Según los biólogos, el principal problema de estas interacciones entre rayas y turistas es el tráfico de barcos en zonas donde los animales se alimentan y se reproducen. “El tráfico marino, especialmente en los sitios de alimentación –ya que las mantarrayas se alimentan en aguas superficiales–, puede provocar lesiones graves”, alerta la científica.
En este sentido, los expertos exigen que se cumplan los códigos de conducta de los tours operadores y que se tenga en consideración la capacidad de cada barca y el número de bañistas para evitar alteraciones en las mantarrayas. “Se podrían considerar los cierres estacionales de arrecifes o la reducción de embarcaciones que operan durante los tiempos de reproducción de estos animales”, propone a Sinc Germanov.
Cada vez más personas buscan experiencias con animales salvajes en sus vacaciones. Tocar y nadar junto a mantarrayas es una de ellas. 
La cabeza de un león por 44.500 €
En tierra firme, existen otros lugares donde los animales son el mayor reclamo turístico, hasta el punto de convertirse en trofeos. En varios países sudafricanos, no muy lejos de donde se realizan safaris fotográficos, los turistas –en general, hombres occidentales de mediana edad– disparan con otro tipo de objetivo.
“En muchos países del mundo la caza de trofeos es legal y es un gran negocio”, confiesa a Sinc Muchazondida Mkono, investigadora en la Universidad de Queensland en Australia. Las cabezas de leones, rinocerontes, jirafas y elefantes, entre otros grandes y carismáticos mamíferos africanos, son los principales atractivos turísticos. Y generan unos ingresos anuales de unos 200 millones de dólares americanos en África.
“Cuanto más en peligro está una especie o más rara es, más cazadores la quieren como trofeo. También suelen buscar características únicas de su ‘premio’, como por ejemplo, una rara melena negra en un león”, asegura Mkono. Una vez obtenidos los permisos –que suelen costar decenas de miles de dólares–, nada se interpone entre el cazador y su presa. Por unos 50.000 dólares americanos (44.500 euros) el turista abate a un león.
En la mayoría de los países sudafricanos esta práctica es legal y está regulada a través de cuotas, con límites cuantitativos en la caza. En ellas, también se puede especificar la edad de los animales asesinados, la zona geográfica donde son capturados, e incluso el método de caza. En general suelen utilizarse rifles, ya que “la caza con arco suele ser ilegal”, señala la científica.
A la caza salvaje, se unen, además, las ‘granjas’ de animales salvajes, criados en cautividad para el mercado cinegético. Estos criaderos, que se han convertido en un gran negocio, no solo permiten que los turistas acaricien a las crías de león, sino que también fomentan la caza ‘enlatada’ de los ejemplares adultos. Esto ocurre en Sudáfrica, Zimbabwe y Namibia.
“La caza enlatada se ha enfrentado a críticas intensas en los últimos años. También hay un fuerte movimiento contra la caza de trofeos de manera más amplia”, señala la experta que ha analizado el papel de las redes sociales en la denuncia a estas prácticas.
“Las redes sociales se han convertido en una poderosa plataforma para el activismo contra la caza de trofeos en los últimos años”, informa la científica, que pone como ejemplo el uso de Facebook para nombrar y avergonzar a los cazadores. Los usuarios difunden los mensajes y crean conciencia con iniciativas a favor del bienestar animal, pero el problema de base perdura: el turista no siempre tiene conciencia medioambiental.
Turistas bajo lupa
De viaje en el extranjero, lejos de casa, los viajeros no mantienen los códigos éticos y consideran ciertas experiencias como un “placer culpable”. ¿Son realmente conscientes del impacto que causan en la vida salvaje? “Creo que lo son, en su mayor parte, pero muchos están más preocupados por ellos mismos, tanto que ponen sus propios intereses por encima de los de los animales”, señala a Sinc la investigadora Valérie Sheppard.
La industria del turismo lleva desde hace años evolucionado y adoptando políticas relacionadas con el bienestar animal, según Sheppard que ha revisado junto a David Fennell 123 políticas turísticas de 73 países diferentes. Mientras que en los años 90, estas estaban más centradas en la economía, en los últimos años la tendencia es hacia una protección de los entornos naturales.
Sin embargo, aunque los actividades turísticas tienden a inclinarse más hacia los safaris fotográficos que a la caza, los viajeros siguen sin diferenciar cuándo pueden interactuar con los animales, y en algunos casos se frustran cuando los avistamientos no son suficientes.
“Lo que nos pareció interesante y desconcertante a la vez es que muchas de las reseñas publicadas por los turistas en TripAdvisor lamentaron el hecho de que no había más oportunidades de ver más animales en uno de los santuarios que estamos estudiando”, recalca Sheppard. Para la científica, es importante “educar” a los visitantes. “Los animales no son y no deberían ser una exhibición para ellos”, destaca.
La sociedad está, no obstante, ejerciendo cierta presión en la industria de recreación animal, pidiendo prácticas más éticas y humanas. “Se está haciendo más ruido con el bienestar animal y ahora le toca a la industria responder a esas preocupaciones, si quiere sobrevivir a largo plazo”, apunta a Sinc Muchazondida Mkono.
De hecho, a través del turismo también se puede promover la conservación. Para la científica Elitza Germanov, las interacciones humanas y animales pueden servir para aumentar la conciencia sobre temas clave de conservación, conectar al público y despertar la empatía.
“El turismo, como la mayoría de las cosas, tiene límites aceptables antes de convertirse en una carga para la naturaleza, la infraestructura y las comunidades circundantes. Es importante que reconozcamos estos límites lo antes posible, como nos lo han enseñado ejemplos recientes en Filipinas (Boracay) y Tailandia (Isla Phi Phi). Esto es aún más importante cuando se trata de especies amenazadas”, subraya a Sinc Germanov.
A pesar de la creciente preocupación sobre la fauna salvaje en los lugares turísticos, los científicos coinciden en que nada será del todo efectivo hasta que los animales dejen de considerarse partes interesadas de la industria del turismo. Para lograrlo, su existencia debería dejar de estar relacionada con el aumento del atractivo y el potencial económico de un destino.

Lejos de disfrutar de la visita, Sheppard se sintió consternada e indignada por la lamentable situación de los animales. Elefantes encadenados, maltratados y enclaustrados es lo que se encuentran en realidad los turistas atraídos por el supuesto exotismo del lugar.

El turismo pone contra las cuerdas a los animales salvajes

Al regresar a Canadá, la científica emprendió una campaña enviando cartas al propietario del centro turístico que organizó el recorrido, a organizaciones de bienestar animal e incluso al rey de Tailandia. “No recibí respuesta”, explica a Sinc Sheppard, profesora en la Escuela de Turismo y Hospitalidad de la Universidade Europeia de Lisboa (Portugal).

La canadiense lleva desde la década de 1990 estudiando la ética en el turismo, un interés que ha derivado de manera progresiva en la ética animal en este sector, animada por el investigador David Fennell.

La experta quiere que cambie el comportamiento de la industria turística hacia los animales. “Crear conciencia sobre el uso de seres vivos en y por la industria del turismo es el primer paso hacia la justicia para los animales”, asevera.

Crear conciencia sobre el uso de seres vivos en la industria del turismo es el primer paso hacia la justicia para los animales. La existencia de animales no debería relacionarse con el potencial económico de un destino.

A pesar de sus esfuerzos, la investigadora no consiguió parar el maltrato animal en el centro tailandés, donde las condiciones de los animales se mantienen aparentemente sin cambios desde hace años. Así lo demuestran las decenas de comentarios en internet sobre este parque, en los que se deja patente la crueldad. “Los turistas hasta el día de hoy continúan denunciando el trato inhumano que presencian”, comenta la científica.

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Este no es más que un ejemplo de cómo los animales salvajes son utilizados para promover el turismo. Ya no es suficiente con fotografiar al animal, respetando su espacio y su hábitat, el turista se adentra en su vida alimentándolo o tocándolo, y, en algunas ocasiones, paga por acabar con ella.

No basta con ver a un tiburón ballena

No muy lejos de Tailandia, otra práctica turística está siendo cada vez más rentable: la de alimentar a los tiburones. Estas actividades recaudan unos 314 millones de dólares al año. En el caso de los tiburones ballena (Rhincodon typus), clasificados como en peligro de extinción y cuyas poblaciones en el Indopacífico han sufrido una disminución del 63 % en las últimas tres generaciones, los turistas interactúan con ellos alimentándolos a mano en su viaje a Cenderwasih Bay o Gorontalo en Indonesia.

Este tipo de encuentros, bajo la calificación de ecoturismo, es la alternativa que los locales han encontrado para dejar de pescar al mayor de los peces. Sin embargo, aunque viajeros y oriundos quedan satisfechos –los unos por la experiencia y los otros por los ingresos económicos–, el peor parado sigue siendo el animal.

Los científicos han percibido un cambio en el comportamiento natural de los tiburones alimentados por turistas, sobre todo en otras zonas como Oslob, en la isla filipina de Cebu, considerado el sitio de turismo de la vida salvaje más visitado del mundo, con 250.000 visitantes cada año.

“Las actividades humanas siempre deben evitar cambiar el comportamiento natural”, comenta a Sinc el equipo de científicos que ha analizado por primera vez la conducta de los tiburones ballena en Filipinas, donde existe una gran presión humana y los turistas se acercan a menos de dos metros de los peces.

Según los expertos, alimentar a los animales para aumentar o mejorar los avistamientos es una práctica controvertida, en especial porque no se evalúa el impacto en el comportamiento del animal a largo plazo.

Por ello, durante tres años, los científicos de la Deakin University en Australia observaron las interacciones entre turistas y tiburones en la isla de Cebu. Sus conclusiones muestran que los peces asocian automáticamente este lugar con comida, lo que ha provocado que algunos individuos se hayan acostumbrado a la perturbación turística.

De los 208 tiburones ballena identificados, una pequeña porción permaneció más de lo debido en la zona y otra se hizo residente.

“Esto es preocupante porque la residencia prolongada o permanente en el sitio donde son alimentados puede reducir la eficiencia del forrajeo, alterar las distribuciones de estos peces y conducir a la dependencia alimentaria en etapas posteriores de su vida”, indican los científicos, para quienes aún es necesario conocer los efectos de este turismo en la condición corporal del animal y en sus tasas de crecimiento por el tipo de alimentación que reciben.

Esta misma situación se repite con las mantarrayas (Mobula alfrech), cuyo estado es vulnerable, con las que los viajeros se hacen fotografías mientras hacen snorkel o buceo submarino.

“Acercarse demasiado a los animales puede interrumpir sus comportamientos naturales de alimentación, apareamiento y acicalado. Un aumento de los buzos en el agua incrementa la posibilidad de perturbaciones”, asegura a Sinc Elitza Germanov, investigadora en la Universidad de Murdoch en Australia.

En un estudio, la científica, junto a su equipo, ha estudiado entre el año 2012 y el 2018 la resiliencia de estos animales en un área marina protegida indonesia, llamada Nusa Penida, en la que se han identificado 624 rayas a lo largo de los seis años de investigación.  

Según los biólogos, el principal problema de estas interacciones entre rayas y turistas es el tráfico de barcos en zonas donde los animales se alimentan y se reproducen.

“El tráfico marino, especialmente en los sitios de alimentación –ya que las mantarrayas se alimentan en aguas superficiales–, puede provocar lesiones graves”, alerta la científica.

En este sentido, los expertos exigen que se cumplan los códigos de conducta de los tours operadores y que se tenga en consideración la capacidad de cada barca y el número de bañistas para evitar alteraciones en las mantarrayas.

“Se podrían considerar los cierres estacionales de arrecifes o la reducción de embarcaciones que operan durante los tiempos de reproducción de estos animales”, propone a Sinc Germanov.

La cabeza de un león por 44.500 €

En tierra firme, existen otros lugares donde los animales son el mayor reclamo turístico, hasta el punto de convertirse en trofeos. En varios países sudafricanos, no muy lejos de donde se realizan safaris fotográficos, los turistas –en general, hombres occidentales de mediana edad– disparan con otro tipo de objetivo.

“En muchos países del mundo la caza de trofeos es legal y es un gran negocio”, confiesa a Sinc Muchazondida Mkono, investigadora en la Universidad de Queensland en Australia. Las cabezas de leones, rinocerontes, jirafas y elefantes, entre otros grandes y carismáticos mamíferos africanos, son los principales atractivos turísticos. Y generan unos ingresos anuales de unos 200 millones de dólares americanos en África.

“Cuanto más en peligro está una especie o más rara es, más cazadores la quieren como trofeo. También suelen buscar características únicas de su ‘premio’, como por ejemplo, una rara melena negra en un león”, asegura Mkono.

Una vez obtenidos los permisos –que suelen costar decenas de miles de dólares–, nada se interpone entre el cazador y su presa. Por unos 50.000 dólares americanos (44.500 euros) el turista abate a un león.

En la mayoría de los países sudafricanos esta práctica es legal y está regulada a través de cuotas, con límites cuantitativos en la caza. En ellas, también se puede especificar la edad de los animales asesinados, la zona geográfica donde son capturados, e incluso el método de caza. En general suelen utilizarse rifles, ya que “la caza con arco suele ser ilegal”, señala la científica.

A la caza salvaje, se unen, además, las ‘granjas’ de animales salvajes, criados en cautividad para el mercado cinegético. Estos criaderos, que se han convertido en un gran negocio, no solo permiten que los turistas acaricien a las crías de león, sino que también fomentan la caza ‘enlatada’ de los ejemplares adultos. Esto ocurre en Sudáfrica, Zimbabwe y Namibia.

“La caza enlatada se ha enfrentado a críticas intensas en los últimos años. También hay un fuerte movimiento contra la caza de trofeos de manera más amplia”, señala la experta que ha analizado el papel de las redes sociales en la denuncia a estas prácticas.

“Las redes sociales se han convertido en una poderosa plataforma para el activismo contra la caza de trofeos en los últimos años”, informa la científica, que pone como ejemplo el uso de Facebook para nombrar y avergonzar a los cazadores. Los usuarios difunden los mensajes y crean conciencia con iniciativas a favor del bienestar animal, pero el problema de base perdura: el turista no siempre tiene conciencia medioambiental.

Turistas bajo lupa

De viaje en el extranjero, lejos de casa, los viajeros no mantienen los códigos éticos y consideran ciertas experiencias como un “placer culpable”.

¿Son realmente conscientes del impacto que causan en la vida salvaje? “Creo que lo son, en su mayor parte, pero muchos están más preocupados por ellos mismos, tanto que ponen sus propios intereses por encima de los de los animales”, señala la investigadora Valérie Sheppard.

La industria del turismo lleva desde hace años evolucionado y adoptando políticas relacionadas con el bienestar animal, según Sheppard que ha revisado junto a David Fennell 123 políticas turísticas de 73 países diferentes. Mientras que en los años 90, estas estaban más centradas en la economía, en los últimos años la tendencia es hacia una protección de los entornos naturales.

Sin embargo, aunque los actividades turísticas tienden a inclinarse más hacia los safaris fotográficos que a la caza, los viajeros siguen sin diferenciar cuándo pueden interactuar con los animales, y en algunos casos se frustran cuando los avistamientos no son suficientes.

“Lo que nos pareció interesante y desconcertante a la vez es que muchas de las reseñas publicadas por los turistas en TripAdvisor lamentaron el hecho de que no había más oportunidades de ver más animales en uno de los santuarios que estamos estudiando”, recalca Sheppard. Para la científica, es importante “educar” a los visitantes. “Los animales no son y no deberían ser una exhibición para ellos”, destaca.

La sociedad está, no obstante, ejerciendo cierta presión en la industria de recreación animal, pidiendo prácticas más éticas y humanas. “Se está haciendo más ruido con el bienestar animal y ahora le toca a la industria responder a esas preocupaciones, si quiere sobrevivir a largo plazo”, apunta a Sinc Muchazondida Mkono.

De hecho, a través del turismo también se puede promover la conservación. Para la científica Elitza Germanov, las interacciones humanas y animales pueden servir para aumentar la conciencia sobre temas clave de conservación, conectar al público y despertar la empatía.

“El turismo, como la mayoría de las cosas, tiene límites aceptables antes de convertirse en una carga para la naturaleza, la infraestructura y las comunidades circundantes. Es importante que reconozcamos estos límites lo antes posible, como nos lo han enseñado ejemplos recientes en Filipinas (Boracay) y Tailandia (Isla Phi Phi). Esto es aún más importante cuando se trata de especies amenazadas”, subraya a Sinc Germanov.

A pesar de la creciente preocupación sobre la fauna salvaje en los lugares turísticos, los científicos coinciden en que nada será del todo efectivo hasta que los animales dejen de considerarse partes interesadas de la industria del turismo. Para lograrlo, su existencia debería dejar de estar relacionada con el aumento del atractivo y el potencial económico de un destino.

Fuente: SINC

 

 

 

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Comentario/s

  • elena rodriguez bravo - martes 30 julio 2019

    El problema es concientizar que los animales no nos pertenecen, comparten con nosotros un planeta, al que tenemos derecho por igual. El respeto hacia todas las especies debe ir de la mano con todo tipo de educación para lograr un trato justo entre seres vivos. Hay que aprender que querer es respetar espacios y forma de vida, no por querer verlos de cerca y tocarlos podemos invadirlos si ese comportamiento los afecta en cualquier sentido. Respeto es la palabra clave.

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