Bisfenol A, ese plástico tan inquietante

En realidad, el bisfenol A es uno más de esos compuestos que imitan a los estrógenos femeninos para alterar el sistema endocrino y otras funciones de todo el mundo. Alquilfenoles, atrazina, endosulfaán, cimetidina, hidrocarburos aromáticos policíclicos, DDT o dioxinas son otros de los muchos compuestos sintéticos denominados “disruptores endocrinos”. Los nombres de esos compuestos tal vez nos nos digan nada, pero su presencia puede rastrearse en infinidad de pesticidas y, por tanto, en vegetales y otros alimentos; en conservas, plásticos envasadores, fármacos y empastes dentales también en contacto con nuestro sistema digestivo; y en pegamentos, pinturas, aislantes, gasolinas quemadas o disolventes que pueden respirarse y, por tanto, introducirnos contaminantes estrogénicos a través de las vías respiratorias. El bisfenol A o BPA (por su grafía en inglés, bisphenol A) es un caso señalado en este inquietante nómina, no sólo por su utilización masiva sino porque muchos de sus usos lo introducen directamente en nuestro cuerpo: biberones infantiles de policarbonatos –la mayoría de los rígidos y transparentes-, botellas de líquidos igualmente rígidas y transparentes, recubrimiento interior de latas de conserva material dental, anticonceptivos o cremas espermicidas.

De todo esto sabe mucho Angel Nadal, coordinador de la Unidad de Fisiología Celular y Nutrición del Instituto de Bioingeniería de la Universidad Miguel Hernández y un reconocido experto en trastornos endocrinos y química. Participa o ha participado, como investigador principal o asociado, en varios trabajos relacionados con páncreas, sistema endocrino y exposición a químicos estrogénicos, así como en un gran número de publicaciones científicas sobre estos mismos temas. El artículo publicado en enero de 2006 por "Environmental Health Perspectives" tuvo tal repercusión científica que convirtió a Nadal en una referencia mundial en estos temas y uno de los privilegiados científicos invitados a participar en la Conferencia de Investigación Gordon sobre Disruptores Endocrinos, el más prestigioso evento científico mundial en esta y otras materias clave de la investigación actual. El más reciente trabajo ha sido publicado hace pocos meses en el International Journal of Andrology y se titula, sin ambages, “El bisfenol A altera el páncreas endocrino y la homeostasis de la glucosa en sangre”. Las evidencias contra el químico en cuestión se amontonan en los laboratorios de esta universidad alicantina.

“Lo que hemos probado –explica el investigador de la Universidad Miguel Hernández de Elche- es que el bisfenol A altera la función del páncreas endocrino e induce resistencia a la insulina en ratones y eso aumenta el riesgo de padecer diabetes de tipo II [sobrevenida, no de nacimiento]”. “Digamos –añade- que un 25% de las personas que tienen resistencia a la insulina desarrollan luego ese tipo de diabetes”.

Pero, ¿como ocurriría todo esto? Los estudios han encontrado que los ratones a los que se inyectaba bisfenol en cantidades, por otro lado, no muy elevadas, tenían luego menos receptores de lo normal para “captar” la insulina en el hígado, los músculos y el tejido adiposo, sobre todo. También vieron que el páncreas, al “ver” que su insulina no servía para metabolizar la glucosa, secretaba más insulina, lo que a la larga dañaría el órgano productor de insulina por exceso de trabajo, otro factor que empuja a los ratones a desarrollar diabetes.

Pese a tan preocupantes datos, la patronal europea de los plásticos (EuroPlastics) resta importancia a este y otros trabajos anteriores que acusan al BPA de graves daños al sistema endocrino de animales y que apuntan a efectos igualmente perniciosos sobre la salud humana. Según un comunicado de esta asociación que responde a las conclusiones de los trabajos citados, “el estudio de Nadal sugiere una relación entre exposición al BPA y el desarrollo de diabetes en humanos basándose en un estudio sobre ratones. Sin embargo, los resultados de estudios con ratones no pueden ser transferidos directamente a los seres humanos, entre otras razones, porque el metabolismo de ratones y humanos no son directamente comparables”.

Imagine que el biberón de su hijo va soltando partículas contaminantes que dañan el sistema endocrino del niño hasta provocarle una diabetes. Parece una película de terror, ¿no? Pues un equipo de investigadores de la Universidad Miguel Hernández de Elche ha descubierto que el bisfenol A, un componente de los plásticos de biberones, botellas de refresco, jarras de agua o esmaltes de conservas altera el páncreas e induce resistencia a la insulina en ratones de laboratorio, lo que dispara el riesgo de diabetes y podría explicar, al menos en parte, la plaga de diabetes que sufre hoy la humanidad: 177 millones de enfermos, según la Organización Mundial de la Salud, el doble que hace 30 años, de los que más de un millón muere cada año. Y esta pista del biberón” sólo es uno de los muchos efectos colaterales a que nos expone un químico tan inquietante como prescindible.

“De un solo estudio –reconoce Nadal- no se puede extrapolar más que lo que ahí se dice, en eso llevan razón, pero tampoco hay que taparlo, sino decir que eso está ahí y vamos a ver si a menores concentraciones ocurre lo mismo. El artículo nuestro es una llamada de atención de que ciertas cosas están ocurriendo y que tenemos que seguir investigando para comprobar hasta qué punto están ocurriendo y afectan al ser humano”. “Si al final –concluye- resulta que no pasa nada con el bisfenol, pues estupendo, pero el riesgo, está claro que existe”.

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EuroPlastics critica asimismo el estudio español porque, a su juicio, expuso a los ratones a niveles de bisfenol muy superiores a los que ingerimos los seres humanos por migración de los envases fabricados con este material. Sin embargo, según Nadal y otros expertos en estas materia, no se descartan efectos perniciosos sobre el mecanismo de la insulina a niveles de exposición mucho menores y, por otro lado, hay que tener en cuenta que al “poder” pernicioso del bisfenol A hay que sumarle el de otros muchos “disruptores endocrinos” que entran en nuestro cuerpo, como los pesticidas clorados que quedan en alimentos vegetales, los alquilfenoles que a menudo hay en el agua o las dioxinas e hidrocarburos aromáticos que respiramos constantemente. Sustancias todas muy diversas químicamente pero que tienen la cualidad de comportarse como la principal hormona femenina –los estrógenos- y alterar el sistema endocrino de hombres y mujeres, de niños y mayores, de todo el mundo. Y lo que viene a partir de esa alteración endocrina es generalmente mucho peor.

 

Botella medio llena o medio vacía

Hasta ahora, más de 30 equipos científicos de todo el mundo han concluido que la exposición a distintos niveles de bis fenol provoca, con toda probabilidad en animales y, posiblemente, también en personas, alteraciones en el sistema endocrino por imitación de la hormona estro génica (lo que se denomina “estrogenicidad”), subfertilidad, toxicidad y hasta distintos tipos de cáncer. También es cierto que un buen número de estudios internos de la industria, así como otros publicados en revistas científicas y en revistas de la propia industria, muestran una ausencia de riesgos sanitarios. Cada cual ve la botella medio llena o medio vacía según sus intereses, pero cada vez son más los que la ven medio vacía.

Es el caso del Programa Nacional de Toxicología de Estados Unidos, que en abril de 2008 reconoció por primera vez su preocupación por los riesgos para la salud humana que podría tener el bisfenol A. El informe preliminar realizado por este organismo (consultable en la web de este organismo oficial, http://ntp-server.niehs.nih.gov/) recoge los datos de casi 500 experimentos de laboratorio con animales que han demostrado que su exposición a bajas dosis de BPA conlleva trastornos hormonales que producen cambios de comportamiento, pubertad prematura en las hembras y más riesgo de sufrir cáncer de próstata y de mama. Los autores expresaron su “preocupación” por la posibilidad de que estos efectos también se produzcan en las personas, sobre todo en los bebés, aunque no hay evidencias al respecto. El bisfenol es un compuesto tan común que, según el propio estudio preliminar, se ha detectado en la orina del 93% de la población estadounidense mayor de seis años.

Incluso, un nuevo estudio realizado por científicos de la Universidad de Cincinnati (EEUU) y publicado de nuevo en la prestigiosa revista “Environmental Health Perspectives” relacionaba el pasado mes de septiembre el BPA con ataques al corazón y diabetes de tipo 2 en humanos. Los investigadores han concluido que el bisfenol, a niveles similares a los que se encuentran habitualmente en el suero humano, suprime la liberación en tejidos grasos de la hormona adiponectina, un poderoso aliado del cuerpo humano contra esas dos graves dolencias. El trabajo concluye nada menos que mayores niveles de BPA están asociados con mayor riesgo de ataques al corazón y la diabetes sobrevenida.

Por ello, en Estados Unidos, varios estados de la Unión y la Agencia para la Protección del Medio Ambiente (EPA) están en un proceso de re-evaluación de riesgos del bisfenol A, lo que tiene su importancia teniendo en cuenta que General Electric o Dow, dos de los principales productores mundiales, son estadounidenses. Algunos estados, como California y Nueva Jersey, están considerando prohibir directamente el BPA. Y otros, como Maine, requerirán a los fabricantes que incluyan etiquetas que adviertan que el producto contiene este compuesto. Pero quien llega más lejos es Canadá, donde el gobierno ya ha declarado que está listo para declarar tóxico el bisfenol, una decisión a la que seguiría una proposición para limitar su uso. Sin embargo, el pasado 13 de septiembre, la Food and Drug Administration del Gobierno Bush daba a conocer una evaluación sobre los riesgos del bisphenol A que concluye la seguridad del químico a los niveles de exposición habituales. Ver para creer.

En Europa, el “risk assesment” encargado por la Comisión al Centro de Investigación de la Construcción y realizado entre 1999 y 2003 solo concluía la necesidad de reducir riesgos de exposición al producto para ciertas especies animales (fundamentalmente, especies de agua), la conveniencia de nuevos estudios en general y, sobre riesgos para la salud humana, sólo hablaba de posibles problemas de irritación y “efectos indeterminados” en el hígado y el sistema reproductivo. El trabajo, en cuyo proceso colaboró ampliamente la industria del bisfenol de Europa, Estados Unidos y Japón, pasaba de puntillas sobre la alteración del sistema endocrino y la consecuente inducción de infertilidad y cánceres y, sólo en un capítulo específico sobre la estrogenicidad del bisfenol, se dice que la metodología empleada en los estudios de Angel Nadal, Nicolás Olea o Ana Soto es muy novedosa y experimental, lo que ha de entenderse como una justificación de que no se tengan en cuenta en las conclusiones y recomendaciones entregadas a la Comisión Europea.

Como resultado de tan tibio informe, la Unión Europea no ha tomado hasta ahora ninguna medida para restringir el uso de este inquietante plástico estrogénico, ni siguiera en los biberones, los empastes dentarios o el recubrimiento interior de las latas, todas ellas, aplicaciones “de boca” donde es posible la migración de partículas del citado bifenilo hacia bebidas o comidas y, por tanto, hacia nuestro estómago. “La evidencia científica se sigue amontonando –explica con irritación el doctor granadino Nicolás Olea, uno de los más prestigiosos investigadores sobre contaminantes estrogénicos-, pero cinco o diez “papers” [artículos] hechos por la industria con resultados negativos [que no confirman el problema bajo estudio] bloquean 150 publicados con resultados positivos”.

 

 

Rafael Carrasco / ECOticias.com (TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS)

 

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