Tratamiento y gestión del agua, un bien escaso que hay que cuidar

  • El agua es un bien precioso y necesario para la vida. ‘El periódico Verde’ bucea en el tratamiento y la gestión del agua y ofrece un panorama de las opciones, iniciativas y  propuestas al respecto.

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¿Qué son las aguas residuales?

Las aguas residuales son aquellas que han sido empleadas con algún objetivo por parte del ser humano (en el hogar, la industria, etc.) y que, como consecuencia de dicha utilización contienen una serie de elementos que deben ser retirados, para proceder su recuperación y reutilización.

Estas aguas residuales incluirán sustancias de diferente naturaleza según donde se hayan originado, que determinarán el grado de contaminación de las mismas. Dependiendo de ello deberán ser sometidas a diferentes procesos, para que el agua resultante pueda ser empleada nuevamente.

Entre las sustancias más comunes presentes en las aguas residuales que proceden de los hogares, oficinas, entes públicos, centros de ocio o deportivos, etc. destacan: los desechos humanos, papeles, restos de alimentos, jabones, residuos medicamentosos, limpiadores, cosméticos y demás elementos de uso cotidiano.

En cuanto a las industrias, dependiendo de la naturaleza de su producción sus aguas residuales contendrán diferentes tipos de componentes de origen químico, vegetal, animal o mineral. Las industrias deben realizan sus propios tratamientos de aguas y suelen reutilizar las que recuperan.

Otra fuente de aguas residuales la constituyen los establecimientos agrícolas, ganaderos, las piscifactorías, los lugares de cría de animales en cautividad, etc. en los que no se siguen prácticas ecológicas. Algunas de estas aguas son recuperadas y tratadas, aunque muchas son arrastradas por escorrentía hacia ríos, lagos, arroyos, desde donde pueden llegar hasta los mares y océanos.

¿Qué pasa con las aguas residuales?

Históricamente se volcaban en caudales mayores, para que las sustancias se diluyeran o fueran llevadas por las corrientes lejos de las ciudades. En la antigua Roma existían drenajes de aguas pluviales y un enorme sistema de canales sépticos, que desembocaban en la Cloaca Máxima desde donde se volcaban al Río Tíber, encargado de transportarlos a su destino final: los mares Tirreno y Mediterráneo.

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Durante la Edad Media solo algunas casas tenían pozos negros y los residuos sólidos y líquidos se volcaban en las calles o en las alcantarillas, con la idea de que la lluvia las arrastrara fuera de las ciudades. Los inodoros aparecieron con el siglo XIX, pero se conectaban a pozos que rara vez eran vaciados y que frecuentemente se desbordaban, lo que constituía una amenaza para la salud pública.

Los modernos sistemas de saneamiento necesitan instalaciones especiales que permitan que, mediante procesos de separación, desinfección, filtrado, etc. las aguas recuperen gran parte de su pureza, antes de ser devueltas a las corrientes fluviales o ser reutilizadas para riego, limpieza, uso industrial, entre otros.

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¿Por qué hay que recuperar las aguas?

Ya sean las que usamos para nuestras actividades diarias, como las pluviales, el conjunto de aguas residuales acaba en las alcantarillas y necesita un tratamiento adecuado, para no ser fuente de contaminación de corrientes y suelos, puesto que la naturaleza no puede limpiar las aguas con la rapidez con la que las contaminamos.

La biota acuática y terrestre, el equilibrio de los ecosistemas y la salud del medioambiente necesitan agua para poder mantenerse. El mayor componente de los seres vivos es el agua y solo el 2% del total de la que contiene el planeta es dulce, por lo que su cuidado, conservación y recuperación es vital.

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En cuanto a los seres humanos, la necesidad de agua potable va mucho más allá de beberla, puesto que de ella dependen otros miles de actividades tales como la limpieza, la salud, la alimentación, la recreación o los deportes, por lo que el acceso al agua potable es fundamental para tener una buena calidad de vida.

¿Cómo se gestiona el agua?

El objetivo principal que tienen los tratamientos básicos de las aguas residuales apunta a lograr la eliminación de la mayoría de las sustancias sólidas que se encuentran en suspensión, con el fin de sanearlas. Una vez retirados estos elementos las aguas pasan a denominarse efluentes y en la mayoría de los casos pueden devolverse al medio ambiente.

Una vez que se restituyen estos efluentes (generalmente se vierten en alguna corriente fluvial), la naturaleza se encargará de completar el proceso de purificación de las aguas y a medida que lo hace, logra también una oxigenación de las corrientes en las que se vuelquen lo que resulta muy beneficioso para la fauna y flora locales.

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Este tratamiento denominado “primario” es responsable de la eliminación de más de las dos terceras partes de los sólidos que se encuentran en suspensión en las aguas gestionadas y los tratamientos secundarios alcanzan a retirar hasta un 90%. Durante estos procesos las aguas contaminadas también se airean (por remoción) y oxigenan.

¿Y si no se tratan las aguas?

El medio ambiente y la salud de los seres vivos se ven seriamente comprometidos cuando las aguas residuales se vuelcan directamente, sin realizarles los tratamientos adecuados. Entre los impactos negativos más destacables están: los daños a las poblaciones de biota local, el agotamiento de la cantidad de oxígeno presente en las aguas, la contaminación del agua potable, la pérdida de cultivos, los envenenamientos, etc.

El exceso de ciertos nutrientes disueltos en las aguas como el nitrógeno o los fosfatos pueden provocar la eutrofización de las corrientes, los metales pesados, algunos compuestos inorgánicos, los microplásticos, los residuos de drogas, limpiadores, medicamentos y cosméticos pueden ser tóxicos para las poblaciones locales y las bacterias, virus y parásitos pueden provocar episodios de infestación y mortandad.

Por Sandra MG para “El Periódico Verde”

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