Ciencia

Físicos del MIT demuestran matemáticamente que es posible enviar información al pasado y encuentran algo que nadie esperaba: cuando el canal tiene interferencias, funciona mejor que enviarla hacia el futuro

Físicos del MIT demuestran matemáticamente que es posible enviar información al pasado y encuentran algo que nadie esperaba: cuando el canal tiene interferencias, funciona mejor que enviarla hacia el futuro

La idea de mandar un mensaje al pasado suena a película de ciencia ficción. A una nota dejada ayer, a una advertencia que llega antes del error, a esa fantasía de poder cambiar una decisión justo cuando ya no tiene arreglo. Pero la física cuántica vuelve a colocar una pregunta incómoda sobre la mesa.

Un nuevo estudio no demuestra que podamos hablar con nuestro yo de ayer, ni que una persona pueda cruzar el tiempo. Lo que sí hace es calcular cuánta información podría transmitirse hacia atrás en el tiempo dentro de un modelo cuántico muy concreto, basado en canales con ruido y curvas temporales cerradas postseleccionadas. La diferencia es enorme. Y conviene entenderla bien.

La clave está en el ruido

En la vida diaria, enviar información parece sencillo. Mandamos un mensaje, cruza una red y llega después. A veces llega mal, cortado o tarde, como cuando la cobertura falla en mitad de una llamada.

Los físicos llaman a eso ruido. En este caso, Kaiyuan Ji, Seth Lloyd y Mark M. Wilde han estudiado qué ocurre si ese ruido aparece en un canal cuántico que, sobre el papel, permite comunicación retrocausal. Es decir, comunicación desde un emisor situado en el futuro hacia un receptor situado en el pasado.

La pregunta ya no es solo si algo así suena extraño. La pregunta es más precisa. ¿Cuánta información puede sobrevivir a ese viaje si el propio canal la distorsiona?

Un bucle que debe encajar

Para entenderlo, imagine una historia que solo puede existir si no se contradice a sí misma. Si el mensaje enviado al pasado impide que el emisor lo mande en el futuro, el bucle se rompe. Ese es el famoso problema de las paradojas temporales.

En estos modelos, la solución pasa por la coherencia. El bucle solo funciona cuando el resultado del pasado y la acción del futuro encajan. No es magia, ni una trampilla para reescribir la historia, sino una forma matemática de imponer que la información no destruya su propia causa.

Ahí entra la postselección, una idea muy usada en física cuántica. Dicho de forma sencilla, se quedan solo los resultados compatibles con el proceso buscado y se descartan los demás. Es como buscar una llave en un manojo enorme, probar muchas y quedarse con la que abre la puerta.

Qué han calculado

El estudio caracteriza las capacidades cuánticas y clásicas de ese canal retrocausal. En palabras más simples, pone un límite a la cantidad de información que podría enviarse hacia atrás en el tiempo en ese escenario teórico. No es poca cosa.

Los autores también muestran que esos límites pueden expresarse con herramientas propias de la teoría de la información cuántica. En el resumen del trabajo aparecen conceptos técnicos como la max-information y la información de Doeblin regularizada, que sirven para medir hasta dónde puede llegar un canal cuando el ruido empieza a estropear el mensaje.

Para el lector no especializado, la idea importante es otra. Incluso en una física tan rara como esta, no todo vale. El ruido pone barreras, las matemáticas ponen límites y el supuesto viaje de la información no queda libre de reglas.

Lo que no ha pasado

Conviene frenar antes de imaginar una máquina del tiempo en un laboratorio. Este trabajo no ha enviado una carta al pasado. Tampoco ha movido un objeto, un átomo o una persona hacia ayer. Es un estudio teórico sobre un tipo de canal cuántico muy específico.

Seth Lloyd lo resumió con prudencia al señalar que “nadie ha construido una curva temporal cerrada física real”. Esa frase es clave, porque separa la física seria del titular fácil. Hay modelos, hay cálculos y hay simulaciones relacionadas, pero no hay una puerta abierta para cambiar lo que ya ocurrió.

La propia Universidad de Cambridge ya había explicado en un trabajo anterior que estas simulaciones no proponen una máquina del tiempo, sino una forma de explorar los fundamentos de la mecánica cuántica. En la práctica, eso significa estudiar cómo se comportaría la información si ciertas reglas extremas fuesen posibles.

Por qué importa

Aunque parezca una curiosidad de laboratorio, el asunto toca preguntas muy profundas. Una de ellas tiene que ver con los agujeros negros y con el viejo problema de saber si la información que cae dentro se destruye o puede recuperarse de algún modo.

El nuevo estudio señala que sus límites también pueden aplicarse a mecanismos parecidos a la teleportación postseleccionada, incluidos algunos modelos de estado final de agujeros negros. Traducido a tierra firme, ofrece una herramienta para medir cuánta información podría pasar por sistemas teóricos muy extremos.

Y ahí está el verdadero interés. No se trata de mandar un WhatsApp a 1998, sino de entender mejor cómo se conserva, se pierde o se transforma la información en los bordes más raros de la física.

El papel de los qubits

En este tipo de investigaciones no se trabaja con bits normales, sino con qubits. Son unidades de información cuántica que pueden comportarse de formas imposibles para la electrónica clásica. Por eso son tan prometedoras, pero también tan delicadas.

Los qubits sufren con el ruido, con las mediciones y con cualquier interacción no deseada. Quien haya visto cómo un móvil pierde señal en un túnel puede hacerse una idea sencilla, aunque el mundo cuántico sea mucho más extraño. Cuando el canal falla, la información se deforma.

Por eso este cálculo interesa también a la comunicación cuántica. Incluso si nunca se construye un canal real hacia el pasado, comprender estos límites puede ayudar a diseñar mejores formas de enviar información hacia el futuro. Menos fantasía, más ingeniería.

El tiempo sigue teniendo reglas

La gran lección del estudio es que el pasado no se convierte de repente en una libreta editable. La física cuántica permite plantear escenarios que nuestra intuición no digiere bien, pero eso no significa que todo sea posible.

En el fondo, el trabajo funciona como una señal de tráfico en una carretera que quizá ni siquiera podamos construir. Dice cuánto podría pasar, bajo qué condiciones y con qué límites. Y eso, para la ciencia, ya es mucho.

El estudio completo ha sido publicado en Physical Review Letters.

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