Consumo

Juan Carlos, productor de tomate: «Vas a una gran superficie y el precio puede estar a 2,50 o 3 euros, cuando al agricultor se le está pagando 1 euro»

El precio del tomate dispara la brecha entre el campo y el supermercado mientras los agricultores denuncian pérdidas.

Juan Carlos, productor de tomate: «Vas a una gran superficie y el precio puede estar a 2,50 o 3 euros, cuando al agricultor se le está pagando 1 euro»

Comprar tomates se ha convertido en un gesto bastante menos automático de lo que era hace unos años. Antes se cogían dos o tres kilos casi sin mirar demasiado la etiqueta. Ahora, muchos consumidores comparan, dudan y llenan menos la bolsa. Y al otro lado de esa misma cadena, el agricultor también hace números.

Juan Carlos, productor de tomate, lo resumió con una frase que ha corrido rápido por el sector: «Vas a una gran superficie y el precio puede estar a 2,50 o 3 euros, cuando al agricultor se le está pagando 1 euro». La queja no va solo de que el tomate esté caro. Va de cómo se reparte ese precio desde que sale del campo hasta que llega al supermercado.

La brecha del tomate

El dato cambia según la semana, la variedad y el punto de venta, pero el problema de fondo aparece en los indicadores de precios. En el IPOD de junio de 2026, el tomate de ensalada figura a 0,66 euros por kilo en origen y a 2,28 euros por kilo en destino. Es decir, se multiplica por 3,45 hasta llegar al consumidor. No es poca cosa.

El propio IPOD general sitúa la diferencia media entre origen y destino en 4,11 veces. En frutas y hortalizas, el índice agrícola llega a 4,33. En la práctica, esto significa que el consumidor paga bastante más, pero el productor no siempre siente que esa subida le llegue al bolsillo.

Aquí está la clave. El precio final no depende solo del agricultor. Entre medias hay manipulado, transporte, almacenaje, mermas, envases, distribución y margen comercial. Pero cuando el agricultor cobra poco y el consumidor paga mucho, la pregunta sale sola: ¿quién se queda con la parte que falta?

Costes que no esperan

A esa diferencia se suma otro problema que el campo lleva meses denunciando. Producir también cuesta más. Juan Carlos lo expresó de forma sencilla: «Con esta nueva guerra, el tema del combustible está por las nubes. Al igual que las personas que van a comprar, a nosotros se nos encarece todo también».

El gasóleo agrícola, los fertilizantes, la electricidad, el agua y los tratamientos no esperan a que el mercado mejore. Se pagan antes de vender. Por eso un agricultor puede ver el tomate caro en el lineal y, aun así, sentir que su explotación va al límite.

El Ministerio de Agricultura anunció a finales de junio una ampliación de ayudas para fertilizantes y gasóleo agrícola y pesquero. El paquete eleva el apoyo total a agricultores y pescadores hasta 1.107 millones de euros, con una prórroga de la subvención al gasóleo de hasta 20 céntimos por litro y más presupuesto para fertilizantes. Es una señal de que el problema de costes ya no es una queja aislada.

La ley no basta

España cuenta con una Ley de la Cadena Alimentaria pensada para mejorar el equilibrio entre productores, industria y distribución. La norma introdujo la obligación de tener en cuenta los costes de producción en los contratos agrarios y prohíbe destruir valor a lo largo de la cadena. En cristiano: cada eslabón debería pagar al anterior un precio igual o superior a su coste efectivo.

Sobre el papel, la idea parece clara. El problema es llevarla al terreno. Muchos agricultores sostienen que la aplicación sigue siendo insuficiente, sobre todo cuando los precios se negocian con mucha presión y con un producto perecedero entre manos.

Porque el tomate no puede esperar semanas en una nave. Si está maduro, hay que venderlo. Y esa urgencia deja al productor con menos fuerza para negociar. Ahí es donde la ley debería notarse más.

El consumidor compra menos

La subida también se ve en las fruterías. Said, propietario de la frutería San Juan, aseguró que la gente ha reducido la compra: «La gente ahora compra menos tomate; antes llevaban tres o cuatro kilos, ahora máximo un kilo o un kilo y medio». Es una escena muy reconocible. La bolsa pesa menos.

Esto tiene otra consecuencia. Cuando el precio sube demasiado, el consumo se ajusta. El tomate sigue siendo básico en ensaladas, gazpachos, tostadas o sofritos, pero el comprador empieza a escoger más, a mirar el origen y a evitar que se estropee en casa.

Para el campo, esa caída de volumen puede ser peligrosa. Vender menos no siempre se compensa con vender más caro. Y para el consumidor, pagar más tampoco garantiza que el productor esté cobrando mejor.

El relevo se aleja

El problema de la rentabilidad se mezcla con otro igual de serio: el relevo generacional. El Gobierno ha reconocido que el 40% de los titulares de explotaciones agrarias tiene más de 65 años y que solo el 9% tiene menos de 41 años. Dicho de otra forma, buena parte del campo español se está haciendo mayor.

¿Quién se queda con una explotación si los costes suben, la burocracia pesa y el precio no da seguridad? Esa es la pregunta que muchas familias se hacen en silencio. El campo no necesita solo vocación. Necesita que trabajar la tierra permita vivir con dignidad.

El Ejecutivo ha anunciado medidas como la plataforma Tierra Joven, la movilización de unas 17.000 fincas rústicas estatales y la propuesta de destinar un 10% de la futura PAC al relevo generacional. Pero si los precios en origen no acompañan, atraer jóvenes seguirá siendo cuesta arriba.

Lo que hay que mirar ahora

El caso del tomate deja una lección bastante clara. No basta con mirar si el precio del supermercado sube o baja. Hay que mirar cuánto recibe quien produce, cuánto cuesta producir y qué margen queda en cada paso de la cadena.

También conviene mirar el origen, comprar de temporada cuando sea posible y apoyar canales que den más transparencia. No arregla todo, claro. Pero ayuda a que el consumidor entienda que detrás de cada kilo hay agua, energía, tierra, trabajo y riesgo.

En el fondo, el tomate se ha convertido en una especie de termómetro del campo español. Si el agricultor cobra poco, el consumidor paga mucho y los jóvenes no ven futuro, el problema no es solo una etiqueta cara. Es un aviso.

El informe de referencia, el IPOD de junio de 2026 sobre precios en origen y destino de los alimentos, ha sido publicado por COAG a través de UAGR.

Relacionados