Sukunaarchaeum conserva el “núcleo” genético para copiar y traducir información, pero prescinde de rutas metabólicas completas y apunta a una dependencia extrema de un huésped
La biología lleva siglos apoyándose en una frontera operativa entre lo vivo y lo no vivo. Células que obtienen energía, intercambian materia con el entorno y se reproducen, frente a virus que necesitan secuestrar la maquinaria de otros para multiplicarse. El hallazgo de Sukunaarchaeum, una arquea descrita a partir de secuencias genéticas recuperadas en una muestra de plancton marino, vuelve a tensar esa línea.
El organismo fue identificado durante el análisis del material genético asociado a un dinoflagelado, un tipo de plancton, en un trabajo que los autores han difundido como prepublicación científica, un formato habitual en biología que todavía no implica revisión por pares. En esa primera descripción, los investigadores proponen el nombre provisional Candidatus Sukunaarchaeum mirabile y detallan una característica que concentra toda la atención: un genoma de unos 238.000 pares de bases, el más pequeño reportado para un miembro de Archaea, con una reducción drástica de genes fuera del “centro” replicativo.
Un genoma que renuncia a casi todo
El rasgo más llamativo de Sukunaarchaeum no es solo el tamaño. Es, sobre todo, qué falta. Los análisis genómicos indican que conserva los elementos necesarios para replicar ADN y para las etapas básicas de expresión genética, transcripción y traducción. En cambio, gran parte de las rutas metabólicas completas que permiten a una célula obtener energía o fabricar moléculas esenciales no aparecen en el repertorio descrito.
Esta asimetría acerca su modo de vida a un patrón conocido en biología: la reducción de genoma asociada al parasitismo o a simbiosis muy estrechas. Cuando un organismo puede obtener del huésped recursos que antes tenía que producir por sí mismo, la selección natural deja de “proteger” genes redundantes, que se degradan o desaparecen con el tiempo. El resultado, en los casos más extremos, es un ser que sigue siendo celular, pero con una autonomía menguante.
Entre la célula y el virus
La comparación con los virus aparece de inmediato, y también sus límites. Los virus, por definición, no cuentan con ribosomas ni con el aparato completo para traducir proteínas y dependen del huésped para buena parte del proceso. En el caso de Sukunaarchaeum, los autores sostienen que, pese a su dependencia, mantiene rasgos celulares clave. Esa mezcla, conservar maquinaria de traducción y perder metabolismo, es la que alimenta la idea de una “zona gris” biológica.
Un reportaje de Science subraya precisamente esa lectura, al describir el organismo como una célula tan reducida que parece aproximarse a un estilo de vida viral, aunque sin abandonar del todo el mundo celular.
La discusión no es un simple juego semántico. Si la evolución puede llevar a organismos celulares a prescindir de casi todo lo que asociamos a la vida autónoma, la pregunta cambia de forma. Ya no es solo qué requisitos mínimos debe cumplir una célula, sino cuántos caminos diferentes existen para “sobrevivir” en la práctica biológica.
Lo que sabemos y lo que todavía no
Hay dos cautelas importantes. La primera es metodológica. Al tratarse de una propuesta basada en genómica, el conocimiento sobre Sukunaarchaeum depende de lo que el ADN permite inferir y de la calidad del ensamblaje, algo que suele robustecerse con replicación independiente y con revisión por pares. La segunda es biológica. Los propios autores plantean que su existencia está ligada a un huésped, pero el grado exacto de esa dependencia y su funcionamiento celular real requieren más evidencias directas.
En términos de cultura científica, el caso se ha convertido en un ejemplo útil para explicar cómo la biología contemporánea explora los límites de la vida a través de genomas extremos. Una pieza de Quanta Magazine sitúa el hallazgo en esa tradición, que va desde bacterias y arqueas con genomas mínimos hasta la larga lista de parásitos que han “externalizado” funciones esenciales a sus hospedadores.
Por qué importa más allá del laboratorio
La relevancia no es solo taxonómica. En evolución, un organismo así ayuda a entender qué partes de la célula son más “negociables” y cuáles resisten la poda genética incluso en escenarios de dependencia extrema. En biología planetaria, la pregunta es inevitable: si en la Tierra existen entidades celulares que rozan el umbral de autonomía, los criterios que usamos para buscar vida fuera del planeta podrían necesitar matices, sobre todo cuando se interpretan señales indirectas.
Sukunaarchaeum, por tanto, no “derriba” de golpe la definición de vida. La complica, que es lo que suelen hacer los buenos hallazgos. En lugar de un muro, sugiere un gradiente, un continuo de estrategias en el que la autonomía no siempre es un todo o nada.







