El frenazo a la eólica marina y los recortes en la NOAA aceleran la salida de científicos clave y ponen en riesgo la vigilancia del océano
La estadounidense Libby Jewett, una de las caras más visibles de la ciencia aplicada al clima dentro de la NOAA (la agencia federal que, entre otras cosas, monitoriza océanos, tormentas y ecosistemas), dejó su puesto el año pasado tras una ola de despidos y jubilaciones en el Gobierno. Su caso se ha convertido en un ejemplo claro de lo que está pasando dentro de la agencia desde el inicio del segundo mandato de Donald Trump: menos personal, más incertidumbre y programas científicos que siguen “sobre el papel”, pero cada vez con más dificultades para funcionar.
Jewett, ecóloga marina de 62 años, había pasado gran parte de su carrera trabajando sobre impactos del cambio climático. En 2023 dio un giro: dejó la dirección del programa de acidificación del océano de la NOAA y se trasladó a Nueva Inglaterra para incorporarse al equipo que revisaba permisos de eólica marina. Era, técnicamente, un descenso de categoría, pero quería contribuir a soluciones.
Ese plan se truncó poco después de enero de 2025. Jewett se retiró el 30 de abril, en pleno recorte de plantilla impulsado por el Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE, por sus siglas en inglés) y tras las órdenes ejecutivas de Trump para frenar el desarrollo de la eólica marina y terminar con el teletrabajo.
“Yo siento que la forma en que el Gobierno funciona bien es que tienes equipos de gente dedicada a la misión de la organización, les escuchas y, colectivamente, llegas a una respuesta mejor que si intentas hacerlo tú solo”, explicó Jewett.
Por qué importa (aunque no vivas en la costa)
La acidificación del océano no es un concepto abstracto. Es química básica con consecuencias muy reales: el mar absorbe entre una cuarta parte y un tercio del CO2 que emitimos al quemar combustibles fósiles, y eso altera su composición. El resultado es un agua más corrosiva para organismos que necesitan carbonato cálcico para formar conchas y esqueletos.
Si alguna vez has pensado en el precio de las ostras, los mejillones o las vieiras, esto te toca de cerca. Según el reportaje de Inside Climate News, la NOAA trabajó con la industria porque estaban en juego sectores enteros: el texto cita una industria del marisco valorada en 3.000 millones de dólares al año y recuerda que, aunque los moluscos y crustáceos representaron el 17% de los desembarques comerciales de EE. UU. en 2022, aportaron el 51% del valor de captura de una industria de 5.900 millones de dólares.
De una alarma en criaderos a una red de boyas y sensores
Uno de los momentos clave llegó en la costa del Pacífico. Desde 2005, criaderos de ostras vieron cómo morían larvas y caía la producción. Al principio se sospechó de bacterias. El científico Richard Feely, de la NOAA, defendió que era una señal temprana de la acidificación. Tras una campaña oceanográfica en 2007, confirmó que afloraban aguas profundas especialmente ácidas cerca de la costa occidental norteamericana.
Feely recuerda la reacción de los productores cuando les explicó que el problema ya estaba ocurriendo: “Estaban alucinando. Y estaban muertos de miedo”.
La respuesta no fue solo advertir. La NOAA apoyó el despliegue de sistemas de observación (como el Integrated Ocean Observing System, IOOS), una red de boyas y sensores con datos en tiempo real sobre la acidez. Con esa información, parte del sector pudo ajustar la captación de agua o usar técnicas de “buffering” químico para mejorar la supervivencia de las larvas.
El problema ahora: programas que siguen, pero cojean
El reportaje describe un escenario de continuidad formal y deterioro práctico. Aunque la propuesta presupuestaria del año fiscal 2026 mantendría el programa de acidificación del océano (obligatorio por ley), también plantea eliminar la financiación que llega a los sistemas regionales de observación que hacen el seguimiento sobre el terreno. Y eso es el corazón del asunto: sin datos, no hay alerta temprana.
En Alaska, por ejemplo, instrumentos instalados en Kodiak para monitorización continua no pudieron usarse el año pasado porque se eliminó el puesto de técnico, según explicó Darcy Dugan, directora de la red local.
A esto se suma el golpe a la eólica marina: el presupuesto 2026 plantea un recorte del 25% en ciencia pesquera y de ecosistemas y el “apagado” del trabajo ligado a eólica marina, precisamente el área a la que Jewett se había pasado.
Una agencia con menos memoria (y menos manos)
Según miembros del Congreso citados por Inside Climate News, la NOAA ha perdido cerca de 2.000 empleados de una plantilla de 11.800 desde que Trump volvió a la Casa Blanca, entre despidos y jubilaciones. También se retiró Feely en septiembre, tras 51 años en la agencia. Jewett lo resume con una frase que pesa: se está yendo “la memoria institucional” de cómo funciona la organización.
¿Y ahora qué? Jewett seguirá trabajando en clima, pero ha sido seleccionada como una de los autores estadounidenses del próximo informe del IPCC (Grupo de Trabajo II). En otras palabras, vuelve a medir impactos. Justo lo que quería dejar atrás. Y eso, en el fondo, dice mucho de este momento. No es poca cosa.
El reportaje original ha sido publicado en Inside Climate News.











