El interés de Washington por la isla se apoya en su potencial de hidrocarburos (31.400 millones de barriles equivalentes según el USGS) y en yacimientos de tierras raras, grafito y otros metales clave
Groenlandia reúne una combinación poco frecuente en el mapa de las materias primas: un subsuelo con rocas muy antiguas y huellas de vulcanismo y fracturación relativamente recientes, y una capa de hielo que, al retirarse, deja al descubierto nuevas superficies en un territorio de tamaño continental. Esa geología explica que, en una misma isla, convivan expectativas sobre combustibles fósiles, tierras raras, grafito, oro o incluso diamantes, y que Estados Unidos y la Unión Europea miren a la región con creciente interés estratégico.
La presión política se ha intensificado a medida que Washington vuelve a elevar el tono sobre el futuro de la isla, que forma parte del Reino de Dinamarca con un alto grado de autogobierno. En los últimos días, el debate ha escalado hasta provocar reacciones públicas en Europa. El ministro de Finanzas alemán, Lars Klingbeil, recordó el domingo que “el derecho internacional se aplica a todos” y subrayó que cualquier decisión compete a Dinamarca y a Groenlandia, en un contexto en el que el G7 discute cómo blindar el acceso a minerales críticos frente a la dependencia de China.
Detrás de la retórica, los números son parte del argumento. El Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) estimó en 2007 que el noreste de Groenlandia podría albergar, de media, unos 31.400 millones de barriles equivalentes de petróleo (recursos convencionales no descubiertos) sumando crudo, gas y líquidos del gas natural. Esa cifra no implica reservas probadas ni producción inmediata, pero sí sitúa el potencial de la región en la conversación energética, aunque la propia experiencia de exploración haya mostrado lo difícil que es convertir mapas geológicos en barriles.
La minería añade otra capa de complejidad. Los yacimientos de tierras raras, esenciales para imanes permanentes y otras piezas críticas de la transición energética, figuran entre los recursos que la UE considera estratégicos. Bruselas ha intentado acelerar proyectos y cadenas de suministro fuera de su territorio, con iniciativas que incluyen proyectos en terceros países y territorios asociados. En paralelo, la información geológica local y regional se ha multiplicado en la última década, con informes que analizan el potencial de materias primas críticas en Groenlandia y su viabilidad técnica y ambiental.
Sin embargo, la ecuación groenlandesa no se resuelve solo con geología. La extracción es cara, la logística es extrema y la aceptación social condiciona el calendario. El precedente más ilustrativo es el proyecto de Kuannersuit (Kvanefjeld), cerca de Narsaq, donde la promesa de tierras raras choca con el uranio asociado al yacimiento. Tras el cambio político de 2021, el Gobierno groenlandés endureció las condiciones y el caso derivó en un litigio internacional impulsado por la empresa titular de la licencia.
En noviembre de 2025, la firma que representa al Ejecutivo groenlandés informó de que el tribunal arbitral concluyó que la cuestión no era arbitrable y que el Estado danés no podía ser parte del procedimiento, en un pleito en el que la compañía reclamaba miles de millones de dólares.
A esa tensión regulatoria se suma un factor que altera todos los plazos, el clima. La pérdida de hielo modifica el paisaje y, con él, los accesos. Un análisis citado por la Universidad de Leeds calculó que, en las últimas décadas, el área de hielo y glaciares perdida equivale al tamaño de Albania. En términos de dinámica planetaria, el retroceso no solo amplía la superficie potencialmente disponible para infraestructuras o prospecciones, también refuerza la discusión sobre rutas marítimas y control del Ártico, con implicaciones militares y comerciales.
Esa es la paradoja central. Groenlandia se ha convertido en un símbolo de la transición energética por los minerales que podrían alimentar baterías, aerogeneradores y redes, pero al mismo tiempo aparece como un termómetro del fracaso climático. La isla es un escenario donde confluyen intereses de seguridad, promesas industriales y el coste ambiental de abrir nuevas fronteras extractivas.
A corto plazo, la falta de puertos, carreteras y energía disponible seguirá actuando como freno. A medio plazo, la combinación de presión geopolítica y calentamiento puede acelerar decisiones que hoy parecen inviables o socialmente inasumibles.








