Con paja colocada como un “tablero”, 86 bombas solares y agua extraída a 100 metros, China logra domar 337.000 km² de arena en el desierto de Taklamakán y reduce las tormentas un 82%

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Publicado el: 15 de enero de 2026 a las 18:10
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Bulldóceres estabilizan dunas en el desierto de Taklamakán dentro del plan chino para frenar la expansión de la arena

China levanta un cinturón verde para frenar la arena del Taklamakán. El país combina barreras de paja, riego por goteo y bombeo solar en una de las zonas más áridas de Asia, con dudas sobre el coste hídrico

La imagen de un desierto “domesticado” suele exagerar lo que, en la práctica, es una carrera por proteger infraestructuras y oasis. En el Taklamakán, un mar de dunas de unos 337.000 kilómetros cuadrados, China ha dado por concluido el tramo simbólicamente más ambicioso de esa carrera (un cinturón vegetal de unos 3.000 kilómetros alrededor del perímetro del desierto, según medios estatales chinos).

El movimiento tiene dos lecturas complementarias. La primera es defensiva (fijar arena para que carreteras, tendidos y zonas agrícolas no queden sepultados). La segunda es estratégica (convertir el borde del desierto y sus corredores logísticos en un escaparate de ingeniería ambiental y energía renovable). La realidad, en todo caso, se sostiene sobre soluciones relativamente prosaicas (paja, agua, electricidad y mucha mano de obra), y también sobre un dilema menos fotogénico (la sostenibilidad a largo plazo del riego en un entorno donde el agua dulce es un bien escaso).

Paja para inmovilizar dunas (una tecnología vieja con nueva escala)

Una parte de las intervenciones se apoya en un método clásico en China para frenar el movimiento de las dunas (la colocación de paja formando un “tablero” que rompe el viento a ras de suelo, atrapa humedad y reduce la migración de arena). La literatura científica describe esta técnica como eficaz para la fijación de dunas, aunque con límites prácticos (coste de instalación y necesidad de reposición con el tiempo).

Esta idea importa porque coloca la discusión en su sitio. No se trata de “convertir” el Taklamakán en un bosque, sino de ganar estabilidad en puntos clave (bordes, carreteras, áreas de cultivo, asentamientos). El éxito se mide menos por la “conquista” del desierto que por la reducción del riesgo operativo de tormentas de arena en enclaves concretos.

El corredor de la autopista del desierto (agua salobre y goteo)

El ejemplo más citado es el sistema de protección vegetal asociado a la Carretera del Desierto de Tarim, un eje que atraviesa Xinjiang. En 2005 se plantó un cinturón de protección de 436 kilómetros a ambos lados de la vía y se construyeron estaciones de bombeo para regar la vegetación.

Aquí aparece el verdadero cuello de botella (el agua). Estudios revisados por pares sobre el cinturón de protección de la carretera señalan que las plantas se riegan por goteo con agua subterránea salina, precisamente por la falta de recursos de agua dulce. El método reduce consumo frente a otras opciones, pero introduce una pregunta que acompaña a casi todos los grandes proyectos de reverdecimiento en zonas hiperáridas (qué ocurre con el suelo y la salinización a medio plazo, y cuál es el coste ambiental de extraer agua de acuíferos en el desierto).

Del diésel al sol (electrificar el riego para sostener el cinturón)

La pieza más reciente de este puzle ha sido la energía. En junio de 2022 se completó un proyecto para sustituir el diésel por energía fotovoltaica en estaciones de bombeo del corredor, con 86 instalaciones solares alimentando el riego del cinturón vegetal y el objetivo declarado de reducir emisiones asociadas al mantenimiento de la vía. La iniciativa ha sido presentada por autoridades y empresas estatales como un hito de “carretera desértica de cero carbono”, apoyada en la generación local para mover bombas y sistemas de goteo.

Este detalle es clave para entender el giro del relato. El desierto ya no se mira solo como amenaza, también como soporte industrial (primero por el petróleo y el gas, ahora por la fotovoltaica). El riesgo, señalado por voces críticas en debates internacionales sobre grandes repoblaciones, es confundir el indicador energético (más paneles) con el indicador ecológico (mejor salud del suelo y del agua). En el Taklamakán, ambos indicadores están atados por una misma cuerda (la disponibilidad hídrica).

Lo que falta por conocer para medir el éxito

El anuncio de un cinturón verde perimetral tiene valor político y logístico, pero deja tres preguntas periodísticas abiertas:

  • La primera es la tasa real de supervivencia de la vegetación en el borde del desierto y en los corredores, más allá de campañas de plantación.
  • La segunda es el balance hídrico (cuánta agua se extrae, de qué calidad, con qué efectos acumulados en suelos y acuíferos), una cuestión que la evidencia científica ha planteado de forma explícita en el caso del riego con agua salina.
  • La tercera es el impacto sobre las tormentas de arena a escala regional. Reuters recoge que, pese al despliegue, hay críticos que ponen en duda su eficacia en la reducción de grandes tormentas, un fenómeno que depende también de la meteorología y del uso del suelo en áreas mucho más amplias que el perímetro del desierto.

En conjunto, el “movimiento de China” en el Taklamakán se parece menos a una victoria total sobre la arena y más a una operación de contención y mantenimiento continuo. Funciona cuando fija dunas, protege carreteras y reduce daños inmediatos. Se vuelve discutible cuando el coste hídrico se convierte en la factura oculta del éxito, incluso si el sol paga la electricidad.


Adrian Villellas

Adrián Villellas es ingeniero informático y emprendedor en marketing digital y ad tech. Ha liderado proyectos de analítica, publicidad sostenible y nuevas soluciones de audiencia. Colabora además en iniciativas científicas ligadas a la astronomía y la observación espacial. Publica en medios de ciencia, tecnología y medioambiente, donde acerca temas complejos y avances innovadores a un público amplio.

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