El hallazgo de varios restos de terópodos en el sureste de Australia ha reabierto una discusión clásica en paleontología (quién dominaba realmente los ecosistemas del hemisferio sur durante el Cretácico).
Los fósiles, recuperados en la costa del Estado de Victoria y con una edad estimada de entre 108 y 121 millones de años, incluyen la evidencia más antigua conocida de un megaraptorídeo, un grupo de carnívoros de gran tamaño y garras poderosas. Según Museums Victoria, se trata además de la primera confirmación de carcharodontosaurios en Australia, un linaje que en otros continentes llegó a ocupar la cúspide de la cadena trófica.
Fósil de megaraptorídeo en Australia (por qué cambia el relato)
La relevancia del descubrimiento no está solo en sumar una pieza nueva al catálogo de dinosaurios australianos, tradicionalmente fragmentario por las dificultades de preservación y exposición de los yacimientos. El golpe de fondo es otro. Los datos sugieren que, en esa latitud y en ese tramo del Cretácico Inferior, los megaraptorídeos pudieron ejercer como depredadores dominantes, mientras otros grandes carnívoros quedaban en un plano secundario.
Esa inversión de papeles desafía la imagen más extendida para el hemisferio sur, donde se asumía una mayor hegemonía de grupos como los carcharodontosaurios en distintos momentos del Mesozoico.
La investigación se apoya en cinco fósiles de terópodos procedentes de dos unidades geológicas clave (la Strzelecki en la zona de Bass Coast y la Eumeralla en la región de Otway Coast).
El trabajo, liderado por equipos vinculados a instituciones australianas, reevalúa la distribución temporal del linaje megaraptor y sugiere que su historia evolutiva es más antigua y compleja de lo que se creía. En términos sencillos, el hallazgo amplía hacia atrás el reloj del grupo y obliga a reconsiderar rutas de dispersión y relaciones entre faunas separadas hoy por océanos.
Dinosaurios carnívoros del Cretácico Inferior en Victoria (una jerarquía distinta)
En la lectura más prudente, el hallazgo describe un ecosistema con reglas propias. El registro fósil que se maneja es incompleto, y los especialistas suelen insistir en que los huecos no son meras anécdotas, sino parte del problema científico. Aun así, el patrón que emerge es consistente (un depredador grande que aparece antes de lo esperado y en un lugar donde no se había documentado de ese modo).
Ese matiz tiene implicaciones que van más allá de Australia. Si los megaraptorídeos ya estaban presentes tan temprano, la pregunta deja de ser solo dónde vivían, y pasa a ser cómo se organizaron las comunidades de carnívoros en Gondwana. Aquí la comparación con otros hallazgos recientes ayuda a contextualizar la cautela. Por ejemplo, la discusión sobre cómo un fósil puede reordenar lo que se da por seguro se repite en otros escenarios, como el cráneo de estegosaurio descrito en Teruel, que obligó a ajustar interpretaciones sobre anatomía y diversidad europea.
Gondwana y el puente austral (Australia, Antártida y América del Sur)
El estudio también reactiva una idea de manual, pero con nuevas pruebas que la hacen más concreta. Durante el Cretácico Inferior, Australia no era una isla aislada como hoy. Su conexión a través de la Antártida con América del Sur ofrecía un corredor biogeográfico plausible para intercambios faunísticos. La hipótesis de trabajo es que algunos linajes pudieron desplazarse por ese puente austral, en episodios de migración y expansión condicionados por el clima y la geografía del momento.
En otras palabras, el fósil no solo habla del animal, sino del mapa. Y ese mapa, en paleontología, se reescribe a base de piezas pequeñas y a menudo dispersas. En esa misma lógica encajan investigaciones sobre grandes depredadores del sur que se están publicando en paralelo.
Un ejemplo reciente es el foco puesto en Patagonia y sus ecosistemas del final del Cretácico, donde ECOticias ha relatado el caso de Joaquinraptor, un hallazgo usado para discutir dietas, competencia y redes tróficas en escenarios muy distintos pero conectados por la historia común de Gondwana.
La clave es lo que aún falta por conocer. Los autores no disponen de esqueletos completos, y la reconstrucción se hace con fragmentos que deben encajar anatómica y filogenéticamente. Queda por afinar, entre otras cuestiones, cuántas especies distintas están representadas, qué tamaño real alcanzaron esos depredadores y cómo convivían con otros terópodos del entorno.
La propia dinámica de fosilización añade otra capa de incertidumbre, porque determina qué llega al registro y qué se pierde. En esa línea, resulta ilustrativo el trabajo que ECOticias recoge sobre procesos de fosilización en ambientes actuales, útil para entender por qué la evidencia del pasado suele ser desigual.
Con todo, el hallazgo de Victoria refuerza una conclusión que la paleontología repite con frecuencia, aunque no siempre cala fuera de los círculos especializados. El relato de la evolución no es una línea recta, sino una revisión continua. Y a veces basta un hueso bien fechado para obligar a cambiar el orden de los protagonistas. Según Monash, eso es exactamente lo que ocurre aquí (una ventana nueva a un ecosistema antiguo que no encaja del todo con los patrones observados en otros continentes).









