La imagen de más de 200 camiones mineros sin conductor moviéndose como un convoy sincronizado en el desierto de Gobi parece diseñada para alimentar una narrativa de “excavación en secreto”. Pero, a diferencia de lo que sugieren algunas versiones virales, la automatización de la minería a cielo abierto en Xinjiang no es, en lo esencial, una operación clandestina descubierta por las autoridades, sino la culminación de un proceso que las compañías y medios oficiales chinos vienen presentando desde hace años como emblema de la “mina inteligente”: 5G, inteligencia artificial, centros de control remoto y, sobre todo, transporte autónomo de carbón y estériles.
El epicentro de esa transformación es Zhundong, una vasta cuenca carbonífera al noreste de Urumqi que distintas fuentes técnicas y oficiales sitúan en el entorno de los 390.000 millones de toneladas de recursos, una cifra que explica por qué Pekín ha convertido la zona en pieza estratégica para garantizar suministro y abaratar costes. En ese marco, proyectos como el denominado “South open-pit mine” operado por la filial Tianchi Energy del grupo TBEA han sido utilizados como escaparate tecnológico: la empresa EACON, especializada en sistemas de acarreo autónomo, afirma haber desplegado allí una flota de “más de 200” camiones autónomos desde 2020, que llegó a figurar como uno de los mayores despliegues de este tipo.
La apuesta no es solo por el volumen, sino por el modelo industrial. EACON sostiene que el proyecto integra conectividad 5G, plataformas de datos, algoritmos de conducción autónoma y sistemas de supervisión de seguridad entre palas y camiones. Y medios chinos como Global Times han subrayado el efecto directo sobre la mano de obra: en un caso reciente descrito por el diario, una flota de 91 camiones autónomos redujo la necesidad de personal en unas 200 posiciones y dejó la operación diaria en manos de un pequeño equipo de seguridad y supervisión. El argumento oficial es doble: menos exposición humana a entornos peligrosos y mayor continuidad productiva.
La paradoja energética y el coste político del modelo
Detrás de la automatización está el ascenso de Xinjiang como gran proveedor interno de carbón. Fuentes sectoriales y publicaciones chinas recogen que la región superó en 2024 los 540 millones de toneladas de producción, con crecimientos interanuales de doble dígito. Ese salto coincide con el esfuerzo del Gobierno por reordenar la geografía energética del país: transportar carbón desde el oeste hacia los grandes centros industriales del este, apoyándose en nuevas infraestructuras ferroviarias y en un cinturón de minería a cielo abierto de gran escala.
La paradoja es evidente. China ha multiplicado su capacidad renovable y ha abaratado el coste de tecnologías limpias a escala global, pero el carbón sigue siendo el pilar de su sistema eléctrico y de su seguridad energética, especialmente en periodos de alta demanda o cuando las redes de transmisión no absorben toda la generación renovable. La expansión de Xinjiang como “almacén” energético encaja, además, con la estrategia industrial de la región: no solo centrales térmicas, también proyectos de química del carbón, un segmento intensivo en inversión y consumo de materia prima.
En este contexto, la automatización cumple una función política y económica: eleva la productividad y reduce costes laborales en un territorio remoto, con clima extremo y grandes distancias, donde atraer y retener mano de obra resulta más difícil que en otras cuencas tradicionales. A la vez, proyecta una imagen de modernización tecnológica que Pekín busca exhibir como prueba de competitividad industrial, incluso en sectores intensivos en carbono.
El impulso minero en Xinjiang, sin embargo, no puede separarse del entorno social y político de la región. La Oficina del Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos publicó en 2022 una evaluación sobre “preocupaciones de derechos humanos” en Xinjiang, un marco que ha alimentado la vigilancia internacional sobre cadenas de suministro y proyectos industriales vinculados al territorio. Aunque el carbón extraído para consumo doméstico no se exporta como tal en grandes volúmenes comparables a otros bienes, el debate sobre transparencia, condiciones laborales y control estatal condiciona la percepción exterior de cualquier megaproyecto en la zona.
También hay una dimensión climática. El avance de la “mina inteligente” no reduce por sí mismo el impacto del carbón: puede, de hecho, facilitar la expansión al hacer más eficiente la extracción y el transporte interno. El resultado es una tensión creciente entre los objetivos de descarbonización proclamados por Pekín y la realidad de un sistema energético que aún descansa en el combustible más contaminante.
Lo verificable, en suma, no es que “las autoridades hayan descubierto” una excavación secreta con camiones sin conductor, sino que Xinjiang se ha convertido en uno de los laboratorios de automatización minera más ambiciosos del país, apoyado por empresas y medios próximos al Estado. Queda por conocer, con datos plenamente contrastables y comparables, el alcance exacto de las flotas en cada explotación concreta y el impacto real sobre empleo, siniestralidad y emisiones. Pero la dirección estratégica es inequívoca: más carbón desde el oeste, con menos cabinas ocupadas.













