Cuando pensamos en la contaminación del aire, lo primero que nos viene a la cabeza son los tubos de escape de los coches en un atasco o las chimeneas de una gran fábrica escupiendo humo gris. Sin embargo, la realidad es bastante más compleja y, a veces, la amenaza es invisible y proviene de donde menos lo esperamos: el suelo que nos da de comer.
Gracias a una nueva generación de instrumentos espaciales, la NASA ha puesto el foco en un fenómeno que hasta ahora era muy difícil de rastrear con precisión. Se trata de las emisiones de gases contaminantes procedentes de los campos de cultivo, un proceso que no es constante, sino que respira y cambia hora a hora según el calor y la humedad.
El ojo que todo lo ve desde el espacio
El protagonista de esta historia es TEMPO, un instrumento de la NASA que lleva orbitando a unos 35 000 kilómetros sobre nuestras cabezas desde 2023. Su nombre completo impone un poco (Emisiones Troposféricas: Monitorización de la Contaminación), pero su misión es sencilla de entender: vigilar la calidad del aire que respiramos en América del Norte, y hacerlo casi en tiempo real.
A diferencia de los satélites antiguos, que pasaban una vez al día y sacaban una foto fija, TEMPO es capaz de escanear el continente cada hora durante las horas de luz. ¿Qué significa esto en la práctica? Pues que los científicos ya no ven solo una «foto» de la contaminación, sino la «película» completa de cómo se mueven los gases a lo largo del día.
Y es aquí donde los investigadores se han llevado una sorpresa al mirar hacia abajo, concretamente hacia las tierras de cultivo.
El caso del Valle del Río Rojo
Para entender este descubrimiento, hay que viajar (virtualmente) al 5 de mayo de 2025. Ese día, los sensores de TEMPO detectaron algo inusual sobre el Valle del Río Rojo, en la frontera entre Dakota del Norte y Minnesota, una zona conocida por su intensa actividad agrícola.
Por la mañana, los niveles de dióxido de nitrógeno ($\text{NO}_2$) —un gas que daña nuestros pulmones y contribuye a la formación de ozono malo— eran normales, coincidiendo con la hora punta del tráfico en las ciudades cercanas. Pero a medida que avanzaba el día, algo cambió.
Hacia el mediodía y las primeras horas de la tarde, las pantallas de la NASA empezaron a teñirse de rojo y negro en las zonas rurales. No había incendios, ni un tráfico descomunal. El culpable estaba bajo los pies: el suelo estaba liberando grandes cantidades de gas.
¿Por qué el suelo «expulsa» contaminación?
La explicación es una mezcla de biología y química básica acelerada por el clima. Los suelos agrícolas suelen estar cargados de fertilizantes ricos en nitrógeno para ayudar a crecer a las plantas. Pero cuando se dan ciertas condiciones ambientales, los microbios del suelo se ponen a trabajar a un ritmo frenético.
Los científicos de la misión han confirmado que estas emisiones de los suelos agrícolas están íntimamente ligadas a dos factores: la temperatura y la humedad.
Imagínalo como una olla a presión. Si al campo se le ha aplicado fertilizante recientemente y de repente sube la temperatura o hay cierto nivel de humedad en la tierra, la liberación de óxidos de nitrógeno se dispara. TEMPO ha permitido ver cómo estas emisiones fluctúan drásticamente en cuestión de horas, alcanzando su pico cuando el sol calienta más, para luego descender.
Mucho más que un dato curioso
Este hallazgo no es solo una curiosidad científica; tiene implicaciones directas para la salud pública y la agricultura. Hasta ahora, sabíamos que el campo emitía gases, pero no teníamos la capacidad de ver cómo esos picos horarios podían afectar a la calidad del aire de las poblaciones cercanas justo cuando la gente está más activa.
«Es un gran salto pasar de imágenes de una vez al día a datos horarios», explicaba Laura Judd, investigadora del equipo de TEMPO en el Centro de Investigación Langley de la NASA. «Continuamente estamos aprendiendo a utilizar estos datos para interpretar cómo cambian las emisiones con el tiempo y rastrear eventos anómalos».
Saber que el suelo «respira» contaminación con tanta intensidad en momentos puntuales del día podría ayudar a los agricultores a gestionar mejor cuándo y cómo aplican sus fertilizantes, ahorrando dinero y protegiendo el aire. Además, permite a las autoridades emitir alertas de calidad del aire mucho más precisas.
Es fascinante pensar que, desde una órbita geoestacionaria, podemos ver cómo una tormenta de polvo se mezcla con el humo de un incendio o cómo un campo de maíz reacciona al calor del mediodía. Como señaló Xiong Liu, investigador principal de TEMPO: «Los usuarios podrán utilizar estos productos ampliados para monitorizar la calidad del aire, mejorar los modelos de pronóstico y derivar cantidades de contaminantes».
Al final, descubrimientos como este nos recuerdan que todo está conectado. El calor, la lluvia, lo que echamos a la tierra y lo que respiramos forman un ciclo delicado que ahora, por fin, podemos ver en alta definición y hora a hora.








