Pekín ha tramitado ante la Unión Internacional de Telecomunicaciones dos redes, CTC-1 y CTC-2, con 96.714 satélites cada una, una cifra que desborda cualquier plan conocido en la órbita baja. El registro, cursado ante la UIT, agencia especializada de Naciones Unidas para la gestión del espectro radioeléctrico y su coordinación internacional, alimenta el debate sobre una posible “apropiación preventiva” de recursos orbitales en un momento de rivalidad tecnológica y militar creciente.
El movimiento no implica que los satélites vayan a volar de inmediato. En la práctica, las solicitudes ante la UIT sirven para reclamar prioridad sobre frecuencias y configuraciones orbitales y obligan a otros operadores a coordinarse para evitar interferencias. La UIT subraya que el sistema incorpora límites para impedir el “almacenamiento” de espectro, con un plazo general para poner en servicio las asignaciones, citado por el propio organismo como siete años desde la recepción de la solicitud.
En paralelo, la comparación con Starlink suele aparecer como referencia. En Estados Unidos, la Comisión Federal de Comunicaciones ha autorizado recientemente a SpaceX a desplegar 7.500 satélites adicionales de segunda generación, lo que eleva el total autorizado a 15.000 en esa arquitectura concreta.
La incógnita principal no es regulatoria sino industrial. China cerró 2025 con un récord de 92 lanzamientos, según informaciones recogidas por medios internacionales a partir de fuentes oficiales chinas, un ritmo elevado pero muy lejos de lo que exigiría un despliegue masivo de seis cifras. En una entrevista publicada por China Daily, el directivo del fabricante Spacety Yang Feng resumió el escepticismo interno con una frase que ha circulado en el sector. «Liderar en solicitudes no significa superar en la ejecución», advirtió, aludiendo a los cuellos de botella en ingeniería, fabricación y capacidad de lanzamiento.
El precedente más citado refuerza la tesis de la estrategia defensiva. En 2021, Ruanda registró ante la UIT una constelación teórica de 327.320 satélites, un caso que generó polémica por su falta de viabilidad y por el riesgo de convertir el registro en una carrera de “papel” para bloquear posiciones.
Con la gran pregunta es, que cuántos más satélites en órbita baja, ¿Será una mayor complejidad para gestionar congestión, colisiones y residuos?. La cuestión se ha convertido en un frente de fricción entre reguladores, operadores y comunidad científica, con alertas recurrentes sobre sostenibilidad orbital y seguridad.












