El núcleo interno de la Tierra, una esfera de hierro y níquel de tamaño similar al de la Luna escondida a más de 3 000 kilómetros bajo nuestros pies, no es tan sólido ni tan estable como se pensaba. Un nuevo estudio publicado en la revista Nature Geoscience muestra que su superficie se deforma y que su velocidad de giro cambia en escalas de pocos años. No supone una amenaza para la vida en la superficie, pero sí revela que el interior del planeta es más dinámico de lo que imaginábamos.
Un corazón de hierro que no va siempre al mismo ritmo
Desde los años noventa los sismólogos discuten si el núcleo interno gira un poco más rápido o más lento que el resto de la Tierra y cómo varía ese movimiento con el tiempo. Estudios recientes indicaban que este núcleo empezó a frenar alrededor de 2010 y que incluso está “retrocediendo” ligeramente respecto al manto tras décadas yendo algo por delante.
La nueva investigación, liderada por John Vidale en la Universidad del Sur de California, añade una pieza clave. No solo confirma que el ritmo de giro cambia, también encuentra señales de que la parte más superficial del núcleo interno se está deformando. En otras palabras, ese corazón metálico no se comporta como un bloque rígido perfecto, sino como un material que puede “ceder” y cambiar de forma lentamente.
Cómo han mirado al corazón del planeta
Obviamente nadie puede bajar al núcleo con una sonda. La herramienta son las ondas sísmicas de los terremotos que atraviesan la Tierra entera. El equipo ha analizado 121 terremotos que se repiten en la misma zona de las islas Sandwich del Sur, cerca de la Antártida. Al ser eventos muy parecidos, sus “huellas” sísmicas deberían ser casi idénticas si el interior del planeta no cambiara.
Los investigadores compararon cómo llegaban esas ondas a dos grandes redes de sensores en Norteamérica, una cerca de Fairbanks en Alaska y otra cerca de Yellowknife en Canadá. Entre 2004 y 2008 detectaron cambios claros en las señales registradas en Yellowknife mientras que en Alaska se mantenían estables. Esa diferencia apunta a que algo estaba variando justo en la zona del núcleo interno que tocan las trayectorias de las ondas que van hacia Canadá.
Vidale lo resume así al hablar del resultado de años de análisis de sismogramas «lo que acabamos descubriendo es una evidencia de que la parte más cercana a la superficie del núcleo interno de la Tierra sufre cambios estructurales». Esas variaciones encajan con un núcleo que se deforma de manera viscosa, empujado por el movimiento turbulento del núcleo externo líquido y por diferencias de densidad en el manto que tiene encima.
¿Tiene consecuencias para nuestra vida diaria?
La gran pregunta es la que se hace cualquier lector que mira al cielo o a la factura de la luz y se preocupa por el clima y la energía. ¿Significa esto que el campo magnético va a colapsar o que los días van a acortarse de golpe? Por ahora no.
Los cambios en el giro del núcleo interno y en su forma se traducen en variaciones minúsculas en la duración del día, del orden de milésimas de segundo, casi imposibles de notar entre el ruido que introducen la atmósfera, los océanos o incluso el deshielo de los glaciares.
Sí tienen importancia científica. El núcleo externo líquido genera el campo magnético terrestre, ese escudo que protege la atmósfera y a los ecosistemas de buena parte de la radiación solar. Entender cómo se acopla el núcleo interno sólido con ese océano de hierro líquido ayuda a afinar los modelos que explican la estabilidad del campo magnético a largo plazo y por qué a veces cambia o se debilita. No es algo que vaya a alterar el tiempo que hace mañana, pero sí entra en la foto grande de cómo evoluciona un planeta habitable.
Un planeta más vivo de lo que parece
Para el lector puede resultar sorprendente que sigamos descubriendo cosas tan básicas de la estructura de la Tierra en pleno siglo veintiuno. Sin embargo, tiene sentido. El núcleo interno está tan lejos y en condiciones tan extremas que cada mejora en las redes sísmicas y en las técnicas de análisis abre una ventana nueva. En este caso, los “terremotos repetidos” funcionan como una especie de ecografía periódica del interior del planeta.
Los autores creen que este es solo el principio. Si la superficie del núcleo interno cambia a escalas de años, futuras observaciones podrían revelar un “baile” aún más complejo en el que rotación, deformación y campo magnético interactúan. Como suele ocurrir en ciencia, las respuestas traen nuevas preguntas.
El estudio ha sido publicado en Nature Geoscience.







