El 5 de agosto de 2025, el pequeño pueblo de Dharali, en el noroeste del Himalaya indio, quedó prácticamente borrado del mapa en cuestión de minutos. Un flujo de escombros bajó por el valle de Kheer Ganga con tanta fuerza que enterró la zona bajo hasta 18 metros de lodo, rocas y troncos. El balance es demoledor. Al menos 61 personas fallecidas, 84 desaparecidas, 94 heridas y cerca del 60 % de la infraestructura destruida, incluida parte del templo sagrado de Kalp Kedar.
Un nuevo estudio científico analiza con detalle qué ocurrió realmente aquel día y, sobre todo, qué está cambiando en las montañas que hacen posibles desastres de este tipo. La conclusión es incómoda. No fue solo mala suerte. Fue la combinación de un clima que se calienta, glaciares en retroceso y un desarrollo urbano que ha ocupado lugares donde nunca debió haberse construido.
Un pueblo enterrado bajo 251.000 toneladas de escombros
Los investigadores describen el evento de Dharali como un flujo de escombros de alta energía. En la práctica, se trata de una mezcla muy densa de agua, tierra y rocas que baja por un valle empinado como si fuera cemento líquido. Según los cálculos del equipo, el fenómeno movilizó unas 251.000 toneladas de material desde las laderas altas hasta la confluencia con el río Bhagirathi, donde se asienta Dharali.
El estudio estima que en la zona del pueblo la corriente alcanzó velocidades cercanas a 26 metros por segundo, con profundidades de casi 20 metros y presiones de unos 190 kilopascales. Traducido a algo más cotidiano, suficiente fuerza como para arrancar casas de sus cimientos y desplazarlas como si fueran juguetes.
Las imágenes de satélite y el trabajo de campo muestran que el flujo no solo arrasó viviendas y hoteles. También desvió el cauce, formó un gran abanico de sedimentos de unos 300 metros de largo por 600 de ancho y llegó a represar parcialmente el Bhagirathi. Después, el río buscó un nuevo camino, erosionó la ladera opuesta y dejó inestables zonas que antes parecían seguras.
Lluvias persistentes, glaciares en retirada y laderas frágiles
¿Qué encendió la mecha de esta avalancha de barro y roca? Los autores señalan a una combinación de factores que se repite cada vez más en el Himalaya.
Durante los días previos al 5 de agosto hubo lluvias persistentes en altura, aunque no se trató de un aguacero extremo en pocas horas. Esa precipitación, junto con procesos de hielo y deshielo, saturó un gran depósito de morrena asociado al glaciar Shrikanth, a unos 4.600 metros de altitud. Cuando esa ladera perdió estabilidad, enormes volúmenes de sedimentos sueltos comenzaron a deslizarse pendiente abajo.
La cuenca del Kheer Ganga tiene un relieve muy acusado, con laderas que llegan a inclinarse entre 45 y 75 grados. Además, la zona acumula abundantes materiales glaciales y coluviales sin consolidar. Todo lo necesario para que una ladera saturada por el agua se convierta en un río de rocas.
El contexto climático tampoco ayuda. El trabajo recuerda que, según el último informe del IPCC citado por los autores, los glaciares del Himalaya se están retirando entre un 0,5 y un 1 % cada año. Datos de la NASA muestran, además, una tendencia al aumento de la temperatura de la superficie y del deshielo en la región de Dharali desde el año 2000. Más deshielo en altura, más agua infiltrándose en laderas inestables y más probabilidad de que algo falle.
Cuando el desarrollo invade el cauce del río
La parte más incómoda del estudio no está en la física del flujo, sino en el lugar donde terminó. Dharali no creció en cualquier sitio. El pueblo se ha expandido sobre un antiguo abanico de flujos de escombros en la confluencia del Kheer Ganga con el Bhagirathi, una zona que ya había vivido eventos similares en el pasado.
Los autores son claros. Hablan de que las «intervenciones antropogénicas amplificaron el impacto del desastre». La expansión no planificada sobre depósitos de antiguos deslizamientos y la invasión del cauce del río colocaron a la población en la trayectoria directa de un tipo de peligro que forma parte de la memoria geológica del valle.
Este patrón no es nuevo en el Himalaya. El estudio enlaza Dharali con otros desastres recientes en la región, como el flujo de escombros de Nachani en 2009 o la trágica riada de Chamoli de 2021. En muchos de estos casos, la ocupación de zonas de drenaje natural, sumada a fenómenos extremos, multiplica los daños.
Qué piden ahora los científicos
El caso de Dharali es algo más que una crónica local de catástrofe. Es un aviso muy concreto para todas las regiones de alta montaña donde el turismo crece, los pueblos se expanden y el clima cambia a gran velocidad. En el fondo, la pregunta es sencilla. ¿Podemos seguir construyendo como si las montañas fueran estáticas cuando los datos dicen lo contrario?
El equipo propone varias líneas claras. Monitorizar de forma continua la estabilidad de las morrenas glaciares y de los lagos represados por deslizamientos. Aplicar de verdad mapas de peligrosidad en la ordenación del territorio, evitando edificar en abanicos de flujos de escombros activos o en cauces ocupados. Fortalecer la preparación comunitaria, desde planes de evacuación hasta sistemas de alerta durante los monzones, una época en la que se concentra alrededor del 67 % de la lluvia anual de la zona.
La lección de Dharali es dura, pero concreta. Cuando un clima más cálido, laderas frágiles y un desarrollo sin reglas se combinan, el resultado ya no es solo un fenómeno natural. Es un desastre anunciado.
El estudio completo ha sido publicado en la revista Natural Hazards Research«.







