Los grandes volcanes del Arco de las Cascadas, esos conos nevados que se ven desde ciudades como Seattle o Portland, esconden un dato clave bajo su apariencia tranquila. Un nuevo trabajo científico concluye que la mayor parte del magma que alimenta estos sistemas se almacena en los primeros 15 kilómetros de la corteza terrestre, y que en muchos de los volcanes más peligrosos apenas tenemos datos fiables sobre dónde está ese magma.
Para quien vive o trabaja en la región, esto no es un detalle menor. De la profundidad de ese magma dependen en buena parte el tipo de erupciones futuras, las señales que detectan las redes de vigilancia y el tiempo de reacción de las autoridades.
Qué ha analizado el nuevo estudio
El equipo liderado por Penny E. Wieser ha revisado de forma conjunta casi todo lo que se sabe sobre el “plumbing” magmático de las Cascadas. Han recopilado datos de geodesia satelital (InSAR, GPS), tomografía sísmica, estudios magnetotelúricos y registros de sismicidad, y los han comparado con información petrológica de laboratorio, como inclusiones de fusión atrapadas en cristales y barometría mineral.
En la práctica significa que han cruzado la información de cómo se deforma el terreno, cómo viajan las ondas sísmicas y a qué presión cristalizaron los minerales que hoy vemos en las rocas. Todo ello para responder a una pregunta muy sencilla en apariencia.
¿A qué profundidad se guarda el magma antes de una erupción en cada uno de estos volcanes emblemáticos?
Un patrón claro bajo las Cascadas
Pese a las diferencias entre centros como el Monte Santa Helena, Rainier, Shasta o el Centro Volcánico Lassen, el patrón general es sorprendentemente coherente. Los distintos métodos apuntan a que el almacenamiento principal de magma se concentra entre la superficie y unos 15 kilómetros de profundidad bajo los edificios volcánicos principales, es decir dentro de la corteza superior.
Los autores señalan que las estimaciones se agrupan “en torno a los 0 a 15 kilómetros” y que esto coincide con compilaciones globales para otros arcos volcánicos. En muchos casos se trata de reservas relativamente someras, de solo unos cuantos kilómetros bajo la cumbre.
Por debajo de esas profundidades hay indicios de zonas más profundas donde podrían residir magmas más básicos y ricos en gases, pero la imagen es mucho más borrosa. Uno de los motivos es muy concreto. Para afinar esas profundidades en magmas máficos hace falta medir bien el CO2 que se queda en las burbujas de vapor de las inclusiones de fusión, algo técnicamente exigente y que no siempre se ha hecho con calibraciones adecuadas.
Donde el riesgo es mayor faltan datos
Lo inquietante es que la cantidad de información disponible cambia mucho de un volcán a otro. Y no siempre donde debería.
El trabajo subraya que algunos sistemas cuentan con gran cantidad de estudios, como el Monte Santa Helena o el Centro Volcánico Lassen. Sin embargo, otros volcanes que el USGS clasifica como de “amenaza muy alta”, entre ellos Glacier Peak, Mount Baker, Mount Hood o Three Sisters, apenas tienen restricciones sólidas sobre dónde está el magma ni a qué profundidad se acumula.
En la práctica esto significa que sobre algunos de los volcanes con más potencial de afectar a poblaciones e infraestructuras cercanas se está trabajando casi a ciegas. Se conocen las formas superficiales, hay catálogos de erupciones pasadas, pero falta la “radiografía” interna que permita interpretar con confianza un enjambre sísmico o una deformación del terreno.
Además, en varios de estos edificios la red sísmica sigue siendo escasa o está formada en buena parte por estaciones antiguas de periodo corto, lo que limita la resolución de las imágenes internas. Los autores recuerdan que instalar estaciones de banda ancha adicionales y campañas temporales de alta densidad puede marcar la diferencia a la hora de detectar pequeños cuerpos de magma o cambios en el sistema.
Por qué importa saber a qué profundidad está el magma
Más allá de la curiosidad científica, localizar estas reservas magmáticas tiene una traducción directa para la gestión del riesgo. La profundidad condiciona tanto el tipo de erupciones probables como las señales previas que veremos.
Un depósito somero puede favorecer erupciones explosivas si el magma es rico en gases, con columnas de ceniza, lahares y colapsos del edificio que afectan a valles y carreteras. Un depósito algo más profundo tiende a dar más tiempo, pero puede generar sismicidad y deformaciones difíciles de interpretar si no se conoce bien la estructura interna.
En el día a día esto se traduce en decisiones muy concretas. Desde si conviene cerrar una carretera de montaña cuando aumentan los temblores, hasta cómo se planifican nuevas infraestructuras en zonas donde la historia geológica demuestra que los lahares han llegado varias veces al mismo valle.
El reto que queda por delante
El estudio concluye que, en general, el Arco de las Cascadas sigue el “guion” global de otros arcos de subducción, con el magma concentrado en la corteza superior. Pero también advierte de lagunas preocupantes justo en algunos de los volcanes que más preocupan a los servicios de emergencia.
Los autores proponen una hoja de ruta bastante clara. Más estudios de inclusiones de fusión que midan vidrio y burbuja de vapor, más experimentos de laboratorio que repliquen las condiciones reales de presión y temperatura, y campañas geofísicas específicas en volcanes de alta amenaza donde hoy casi no hay datos.
En otras palabras, aprovechar la tecnología que ya existe para que la próxima vez que uno de estos gigantes empiece a dar señales de vida, los equipos de monitoreo sepan mejor qué está pasando bajo la superficie. Y eso se nota.
El estudio ha sido publicado en la revista Geochemistry, Geophysics, Geosystems







