El Tyrannosaurus rex llevaba décadas con una biografía “cerrada” en los manuales (crecía a toda velocidad y dejaba de hacerlo cerca de los 25 años) pero un nuevo trabajo con más huesos, mejor luz y más estadística sugiere un guion distinto (crecimiento más lento y sostenido durante mucho más tiempo).
La clave está en cómo se leen los “anillos” dentro de los huesos (marcas anuales parecidas a las de los árboles). El equipo liderado por Holly Woodward (Universidad Estatal de Oklahoma) examinó 17 especímenes que cubren desde juveniles tempranos hasta adultos gigantes, y usó luz polarizada para revelar marcas que con microscopio convencional pueden pasar desapercibidas.
Con ese recuento ampliado, el patrón cambia (el T. rex no habría alcanzado su tamaño máximo hasta aproximadamente los 35 a 40 años). Eso alarga unos 15 años la fase de crecimiento frente a lo que se asumía, y encaja con una idea ecológica potente (un “adolescente” de T. rex durante décadas no compite igual que un adulto de ocho toneladas, puede cazar presas más pequeñas y ocupar otros roles en el ecosistema).
El estudio también pone el foco en los “raros” del álbum familiar (ejemplares famosos como “Jane” o “Petey” muestran curvas de crecimiento distintas). No prueba por sí solo que sean otra especie, pero sí refuerza una sospecha incómoda (parte de lo que se agrupó históricamente como T. rex podría incluir variantes, subespecies o incluso taxones cercanos como el Nanotyrannus).
El giro más interesante no es solo “vivían más” (aunque las implicaciones apuntan a vidas potencialmente más largas que las estimaciones clásicas) sino el mensaje metodológico (si estás contando anillos equivocados, también podrías estar simplificando la historia vital de otros dinosaurios). En otras palabras, este T. rex no solo crece más tiempo, también obliga a recalibrar la regla con la que medimos el tiempo en el registro fósil.
Durante ese crecimiento extendido, algunos juveniles habrían encajado mejor como cazadores de presas más pequeñas, una pieza que ayuda a entender por qué el linaje mantuvo su ventaja al final del Cretácico tardío. La hipótesis conecta con el debate sobre cómo se reparten los nichos cuando en el mismo paisaje conviven tamaños distintos, desde individuos jóvenes hasta gigantes capaces de dominar la cadena trófica.
Esa lectura fina de los anillos depende de ver lo que antes se quedaba “en sombra”, y ahí entran la luz polarizada y los modelos. En paralelo, hallazgos recientes en otros frentes (como huevos con procesos de preservación inesperados) recuerdan que el registro fósil no solo cuenta historias, también obliga a corregirlas cuando llegan mejores herramientas.
En el fondo, lo que cambia con estos resultados es el calendario vital del depredador (y con él, su papel en el equilibrio de presas y competidores). Y si esa cronología se reajusta, también se reordena una parte de cómo imaginamos la dinámica de los grandes carnívoros justo antes de la gran extinción del final del Cretácico.
La lectura ecológica que propone el equipo se apoya, además, en una idea sencilla (si tardas más en crecer, pasas más tiempo ocupando “tamaños intermedios” con comportamientos distintos). Esa ventana, defendida por Jack Horner, se vuelve especialmente interesante cuando se contrasta con el análisis estadístico del conjunto, liderado por Nathan Myhrvold.
El estudio ha sido publicado en PeerJ.







