Los científicos descubren un calamar que se cubre de barro y finge ser una esponja marina

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Publicado el: 27 de enero de 2026 a las 18:44
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Calamar abisal cubierto de barro imitando una esponja marina en el fondo del océano Pacífico

En una llanura abisal del Pacífico donde se preparan proyectos de minería submarina, un pequeño calamar ha obligado a los científicos a replantearse cómo viven realmente los animales de las grandes profundidades. Un nuevo estudio describe por primera vez a un cefalópodo que se cubre de lodo, se entierra boca abajo y asoma solo sus tentáculos hacia la columna de agua, imitando los tallos de esponjas y otros animales del fondo marino.

La escena se grabó en marzo de 2023 a unos 4100 metros de profundidad, en la zona Clarion‑Clipperton del Pacífico central, un área abisal rica en nódulos polimetálicos que varias empresas quieren explotar para extraer metales usados en baterías y tecnologías verdes. El vídeo se obtuvo con un robot submarino (ROV) durante una campaña científica del proyecto SMARTEX, que estudia los posibles impactos de la minería de fondos marinos.

Un calamar que se hace pasar por esponja

En las imágenes, el calamar aparece primero casi invisible, cubierto por una fina capa de barro entre los nódulos del fondo. Solo cuando abandona esa postura y nada bajo el ROV se hace evidente que se trata de un calamar látigo, probablemente una especie aún no descrita de la familia Mastigoteuthidae, con un manto de unos 10 centímetros y tentáculos blancos y muy largos.

¿Qué estaba haciendo exactamente este animal enterrado boca abajo en el sedimento? El equipo propone que combina varias estrategias. Por un lado, se cubre de lodo para camuflarse y pasar desapercibido para depredadores como algunas ballenas picudas o peces de aguas profundas. Por otro, sus tentáculos rígidos apuntando hacia arriba se parecen a los tallos de esponjas de cristal, corales blandos o gusanos tubícolas que abundan en estas llanuras abisales, lo que encaja con un tipo de camuflaje que los expertos llaman mascarada.

Los autores añaden una tercera pieza al rompecabezas. Esos tentáculos podrían actuar también como una trampa para pequeñas presas que se acercan confiadas a lo que parece una estructura fija del fondo. Sería un caso de mimetismo agresivo, una estrategia en la que el depredador se disfraza de algo inofensivo para atraer a su comida y ahorrar energía en un entorno donde el alimento escasea. En palabras de la autora principal, se trata de un comportamiento “muy novedoso y desconcertante” para un calamar de aguas profundas.

Un abismo mucho menos vacío de lo que parece

Este no es un simple detalle curioso de comportamiento. Hasta ahora, en más de cuarenta años de exploración visual del fondo en la zona Clarion‑Clipperton solo se habían registrado 33 avistamientos de cefalópodos a lo largo de unos 5000 kilómetros de transectos y más de 150 000 metros cuadrados de lecho marino analizado. Los calamares látigo solo se habían visto una vez.

El nuevo hallazgo sugiere que estos animales podrían ser más comunes de lo que indican los números. Si son capaces de enterrarse, cubrirse de sedimento y “hacerse pasar” por otras estructuras, pueden pasar inadvertidos incluso para las cámaras de los robots que usamos para estudiarlos. Es decir, no es que el abismo esté vacío, es que muchas de sus criaturas saben esconderse muy bien.

Los cefalópodos de aguas profundas ocupan un lugar clave en la red trófica. Son depredadores activos que se alimentan de pequeños crustáceos y otros invertebrados del fondo, y a la vez forman parte de la dieta de grandes peces y mamíferos marinos. Cambiar la estructura del hábitat donde cazan y se refugian significa, en buena medida, alterar esa red de relaciones de la que depende todo el ecosistema.

Minería de fondos marinos y estructuras “pequeñas” que lo son todo

El estudio subraya un detalle que normalmente pasa desapercibido en los debates sobre minería submarina. Las estructuras duras del fondo que parecen simples detalles del paisaje (tallos de esponjas, nódulos polimetálicos, pequeños promontorios rocosos) funcionan como auténticos puntos calientes de biodiversidad a escala local. En ellos se acumulan invertebrados que filtran alimento, crustáceos que buscan refugio y, ahora lo sabemos, incluso calamares que dependen de estas formas para camuflarse y cazar.

La posible extracción masiva de nódulos y la generación de nubes de sedimento podrían borrar o alterar muchas de estas estructuras durante décadas. Los autores recuerdan que ya se han documentado efectos biológicos persistentes más de veinte años después de simulaciones de minería en el Pacífico, así como la presión añadida de la acidificación oceánica por el exceso de CO₂ en la atmósfera.

En la práctica, esto significa que podríamos estar perdiendo especies y comportamientos antes incluso de conocerlos. La imagen de un calamar enterrado que se hace pasar por una esponja resume bien esta paradoja. Mientras discutimos cómo descarbonizar la economía y qué minerales necesitamos para baterías y dispositivos electrónicos, seguimos sin entender del todo qué se juega el océano profundo en esa transición.

El propio equipo insiste en que hacen falta más estudios específicos sobre cefalópodos abisales, con plataformas de cámaras menos intrusivas, para poder proteger la complejidad real del lecho marino del Pacífico antes de que lleguen los impactos de gran escala.

El estudio completo ha sido publicado en la revista Ecology.

Foto: Ecology


Javier F.

Periodista, licenciado en la Universidad Nebrija, diez años en Onda Cero, y ahora en proyectos profesionales como Freelance. Especializado en contenido SEO y Discover

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