Una medusa no tiene cerebro centralizado y aun así “desconecta” cada día. Ese detalle, que parece una rareza biológica, acaba de convertirse en una pista seria sobre el origen del sueño. Un equipo de la Universidad Bar Ilan estudió la medusa invertida (Cassiopea andromeda) y la anémona estrellada (Nematostella vectensis) y encontró patrones de sueño comparables a los nuestros, junto con una posible razón celular de fondo (proteger y reparar el ADN neuronal).En el laboratorio, las Cassiopea reducen su actividad por la noche y llegan a responder más lento a estímulos, un criterio clásico para distinguir reposo de simple inmovilidad (como cuando a una persona le cuesta reaccionar al despertarse). Las anémonas muestran el “turno contrario” y duermen sobre todo de día. Aun así, ambas especies descansan alrededor de un tercio de la jornada, una cifra llamativa por su parecido con el tiempo de sueño humano promedio.
El giro interesante no es solo conductual, sino molecular. Cuando los investigadores privaron de sueño a estos cnidarios, aumentó el daño en el ADN de sus neuronas. Y cuando forzaron daño genético con radiación ultravioleta o sustancias mutágenas, los animales incrementaron su “presión de sueño” y durmieron más, como si el organismo pidiera una ventana de mantenimiento.
También probaron melatonina, la misma hormona asociada al sueño en humanos. Al administrarla, los animales durmieron más y el daño observado disminuyó después, lo que sugiere que incluso estos sistemas nerviosos en red podrían usar señales parecidas a las nuestras para sincronizarse con el ciclo de luz y oscuridad.
La idea que se refuerza es potente y bastante “anticlimática” (en el buen sentido). Dormir no habría aparecido para sostener cerebros complejos, sino como una solución antigua para que las neuronas, por muy simples que sean, tengan un periodo concentrado de reparación y estabilidad del genoma . Si esto es correcto, el sueño sería una herramienta evolutiva muy anterior al cerebro tal y como lo imaginamos.







