La recomendación varía por edad y educación del animal. Las guías insisten en que, si la ausencia supera una jornada laboral, el perro necesita pausas para salir, estimulación y, a menudo, ayuda externa
Dejar a un perro solo en casa es una de las fricciones más comunes entre la rutina humana y las necesidades de un animal social. Las recomendaciones más citadas coinciden en dos ideas. La primera es que no existe un número mágico válido para todos. La segunda es que el límite práctico suele venir marcado por el acceso al baño y por la tolerancia del perro a la separación, que se entrena y no se improvisa.
La edad pesa. El American Kennel Club resume una regla orientativa para cachorros. Aguantan aproximadamente una hora por cada mes de vida, de modo que un cachorro de tres meses suele tolerar tres horas y, a partir de los seis meses, lo habitual es que puedan llegar a seis horas. Incluso así, la propia organización subraya que los adultos no deberían pasar “mucho más” de seis a ocho horas sin una oportunidad de salir.
En perros adultos bien habituados, el margen más repetido en guías divulgativas se mueve entre cuatro y ocho horas, con prudencia en la horquilla alta.
Al otro lado del Atlántico, la RSPCA pone el listón más bajo. Su material de orientación aconseja evitar que el perro se quede solo más de cuatro horas, precisamente para reducir riesgo de ansiedad y para garantizar necesidades básicas como el baño y la interacción.
El problema no es solo el reloj. Hay señales que apuntan a que la ausencia está siendo demasiado larga o demasiado brusca. Ladridos persistentes, destrucción de objetos, micciones o defecaciones en casa, jadeo, babeo, deambulación constante o intentos de escapar suelen figurar entre los indicadores clásicos de estrés y deansiedad por separación.
La prevención funciona mejor que el parche. Las guías coinciden en una pauta de sentido común. Antes de salir, conviene asegurar ejercicio, comida y salida al baño. Después, entrenar ausencias cortas y aumentar el tiempo poco a poco. También ayuda dejar entretenimiento que obligue a “trabajar” por la comida (juguetes dispensadores) y reducir los disparadores del estrés con rutinas previsibles.
Cuando la jornada se va a diez horas, el debate deja de ser teórico. Para muchas familias la solución realista pasa por un paseador, un cuidador de confianza o, en algunos casos, una guardería. No es solo compañía. Es una pausa fisiológica y mental que evita que el perro pase el día entero acumulando tensión.













