Un hongo que crece en el reactor número cuatro de Chernóbil ha desarrollado una propiedad sorprendente

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Publicado el: 4 de febrero de 2026 a las 18:38
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Colonia del hongo Cladosporium sphaerospermum creciendo en un entorno con alta radiación

En uno de los lugares más peligrosos del planeta, donde una persona necesita traje, dosímetros y mucho control para entrar, un hongo negro y aterciopelado parece encontrarse cómodo. Se llama Cladosporium sphaerospermum y crece en el entorno del reactor número cuatro de Chernóbil, uno de los edificios con más radiación del mundo. Allí donde nosotros no podríamos estar ni unos minutos sin riesgo, este hongo no solo sobrevive, sino que en gran medida prospera.

Desde finales de los años noventa, un equipo liderado por la microbióloga ucraniana Nelli Zhdanova documentó 37 especies de hongos dentro de la estructura de contención del reactor dañado. La mayoría eran oscuros, ricos en melanina, el mismo pigmento que da color a nuestra piel y nuestro cabello. En esas muestras, C. sphaerospermum era la especie más habitual y, además, una de las que acumulaba más contaminación radiactiva.

Melanina que protege y quizá hace algo más

La melanina en los hongos funciona como un escudo. Absorbe parte de la radiación y ayuda a limitar los daños que causarían en las células esos rayos capaces de romper moléculas y dañar el ADN. Hasta aquí, protección pura y dura.

Lo sorprendente llegó cuando el equipo de Ekaterina Dadachova y Arturo Casadevall, en la Facultad de Medicina Albert Einstein, expuso hongos melanizados a radiación ionizante en el laboratorio. Observaron que su pigmento cambiaba de comportamiento electrónico y que las células melanizadas crecían más rápido que las que no tenían melanina, sobre todo bajo niveles de radiación unas quinientas veces superiores al fondo natural. En el caso de C. sphaerospermum, la radiación aumentó su crecimiento en condiciones de pocos nutrientes.

En paralelo, los experimentos mostraron que la melanina irradiada multiplicaba por cuatro su capacidad para transferir electrones en reacciones químicas básicas, lo que abrió la puerta a una idea sugerente.

Radiosíntesis, una idea muy potente y aún sin demostrar

A partir de estos resultados, algunos científicos propusieron la hipótesis de la radiosíntesis. La idea es sencilla de imaginar aunque difícil de probar. Igual que la clorofila permite a las plantas aprovechar la luz para producir energía química, la melanina podría ayudar a ciertos hongos a sacar partido a la energía de la radiación.

Sobre el papel suena casi a ciencia ficción. En la práctica, los propios investigadores matizan. Hasta ahora nadie ha podido demostrar que C. sphaerospermum fije carbono gracias a la radiación, ni que su metabolismo obtenga una ganancia neta de energía por ese camino. Un equipo liderado por el ingeniero Nils Averesch resume la situación con claridad al recordar que la radiosíntesis real todavía no se ha demostrado y que no se ha visto que la radiación permita reducir compuestos de carbono a formas de mayor energía o fijar carbono inorgánico.

En otras palabras, el hongo usa la melanina para protegerse y su crecimiento mejora bajo radiación en ciertos contextos, pero el mecanismo exacto sigue siendo un rompecabezas.

Del reactor a la Estación Espacial Internacional

El interés por este hongo no se queda en Chernóbil. Si algo resiste bien la radiación, inmediatamente llama la atención de quienes piensan en viajes espaciales, bases lunares o futuros asentamientos en Marte.

Entre 2018 y 2019, Cladosporium sphaerospermum viajó a la Estación Espacial Internacional. Allí, un equipo dirigido por Nils J. H. Averesch cultivó el hongo en una placa dividida en dos mitades. Una se inoculó con el hongo y la otra se dejó solo con agar. Debajo, dos sensores contaban los eventos de radiación que atravesaban cada lado.

Los resultados sugieren dos cosas. Primero, el hongo creció muy rápido y mostró una tasa de crecimiento aproximadamente un veintiún por ciento mayor que en las pruebas de control realizadas en la Tierra, pese a que en la estación la radiación es varias decenas de veces superior a la media terrestre. Segundo, cuando la capa de hongo estaba completamente desarrollada, los sensores midieron algo menos de radiación bajo la parte cubierta que bajo la parte sin hongo, con una diferencia en torno a un par de puntos porcentuales.

No es un escudo milagroso, pero sí una pista de que una biomasa rica en melanina puede ayudar a atenuar la radiación. Los propios autores insisten en que no se puede separar bien el efecto de la radiación del impacto de la microgravedad, por lo que no pueden confirmar que haya radiotrofia ni radiosíntesis en sentido estricto.

Qué puede aportar este hongo al medio ambiente y a la exploración espacial

Más allá de la curiosidad científica, este tipo de hongos melanizados interesa por dos motivos. Por un lado, como modelo extremo de adaptación. Que un organismo sea capaz de colonizar estructuras llenas de radionúclidos nos recuerda que la vida encuentra formas de resistir incluso en escenarios de desastre nuclear. Por otro, como herramienta posible para gestionar mejor la radiación.

Varios trabajos revisan el potencial de estos hongos como parte de nuevos sistemas de protección radiológica o incluso de estrategias de biorremediación en entornos contaminados. En teoría, podrían combinarse con otros materiales para formar recubrimientos más ligeros y en buena parte autorreparables, tanto en instalaciones nucleares como en futuras infraestructuras espaciales.

Para quien mira su factura de la luz o las noticias sobre residuos nucleares, todo esto puede sonar muy lejano. Sin embargo, entender cómo organismos como C. sphaerospermum lidian con la radiación ayuda a diseñar tecnologías más seguras y a valorar mejor los riesgos reales tras un accidente. También sirve de recordatorio incómodo. La naturaleza se adapta; nuestra responsabilidad es no ponerla a prueba más de lo necesario.

El estudio más reciente sobre el crecimiento de Cladosporium sphaerospermum y su capacidad para atenuar la radiación en la Estación Espacial Internacional ha sido publicado en la revista científica Frontiers in Microbiology.


Adrian Villellas

Adrián Villellas es ingeniero informático y emprendedor en marketing digital y ad tech. Ha liderado proyectos de analítica, publicidad sostenible y nuevas soluciones de audiencia. Colabora además en iniciativas científicas ligadas a la astronomía y la observación espacial. Publica en medios de ciencia, tecnología y medioambiente, donde acerca temas complejos y avances innovadores a un público amplio.

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