Estudian el cerebro de los niños y encuentran otra razón más para no darles un móvil

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Publicado el: 11 de febrero de 2026 a las 09:43
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Ilustración del cerebro de un bebé relacionada con el uso temprano del móvil y los efectos en el desarrollo cerebral infantil.

Cada vez es más habitual que un bebé se calme con un vídeo mientras comemos, viajamos en coche o miramos el móvil un momento. Pero la ciencia empieza a dibujar un precio alto para esa “ayuda extra”. Un nuevo estudio publicado en la revista científica The Lancet eBioMedicine vincula el uso intenso de pantallas antes de los dos años con cambios en la maduración del cerebro y con más ansiedad en la adolescencia.

En otras palabras, no es solo que “se distraigan mucho con la tablet”. Es que el tipo de estimulación que reciben en esa etapa tan temprana puede dejar huella en cómo piensan, deciden y gestionan la ansiedad años después.

Un seguimiento de más de diez años

El trabajo se apoya en datos del proyectoGUSTO, una gran cohorte de nacimiento en Singapur que lleva más de una década siguiendo a niños y sus familias. En este análisis se incluyeron 168 menores. Se registró cuánto tiempo pasaban frente a pantallas entre el año y los dos años de vida, se les hicieron resonancias cerebrales entre los 4,5 y los 7,5 años y se evaluó su toma de decisiones a los 8,5 años y sus niveles de ansiedad a los 13.

Los investigadores observaron que una mayor exposición a pantallas en esa franja de 1 a 2 años se asociaba con una “maduración acelerada” de ciertas redes cerebrales, sobre todo las implicadas en la visión y el control cognitivo. Dicho de forma sencilla, esas redes se especializan antes de tiempo, pero sin llegar a construir a la vez conexiones tan eficientes como sería deseable para el pensamiento complejo.

La primera autora, la doctora Huang Pei, lo resume así en el comunicado del equipo de Singapur. La exposición temprana a pantallas empuja al cerebro a organizarse demasiado rápido en algunos circuitos, algo que puede “limitar la flexibilidad mental futura”, es decir, hacer que a esos niños les cueste más adaptarse a situaciones nuevas o tomar decisiones con calma.

Una ventana crítica antes de los dos años

Un detalle importante para madres y padres. Cuando los científicos miraron la pantalla a los 3 y 4 años no encontraron el mismo patrón de cambios cerebrales. La señal aparece sobre todo con el uso intenso en los dos primeros años de vida, una etapa en la que el cerebro crece a un ritmo máximo y es especialmente sensible al entorno.

En la práctica, esto significa que no todas las horas de pantalla pesan igual. Lo que pasa en ese primer tramo de vida, cuando el bebé depende totalmente de las decisiones adultas, parece tener más impacto que lo que venga después en preescolar.

De los escáneres al día a día

La pregunta clave es qué significa esto fuera del laboratorio. En las pruebas realizadas a los 8,5 años, los niños que habían tenido más pantalla de bebés tardaban más en decidir en una tarea de juego de azar conocida como “Cambridge Gambling Task”. De media, cada hora extra diaria de pantalla en los primeros dos años se asociaba con decisiones aproximadamente un 25 por ciento más lentas.

A los 13 años, ese mismo grupo mostraba más síntomas de ansiedad en cuestionarios estandarizados, en comparación con los que habían tenido menos tiempo de pantalla en la primera infancia. El análisis estadístico del equipo sugiere un camino probable. Más pantalla en bebés enlaza con una maduración cerebral acelerada, esa maduración se relaciona con decisiones más lentas y todo ello se asocia con una mayor ansiedad en la adolescencia.

No quiere decir que un bebé que ve vídeos vaya a ser necesariamente un adolescente ansioso. Los autores insisten en que se trata de asociaciones en grupo y de muchos otros factores que también influyen, desde la genética hasta el contexto familiar. Pero el mensaje de fondo es claro. El uso intensivo de pantallas en los primeros años no es neutro.

No todo son malas noticias: leer juntos protege

La buena noticia es que el mismo equipo ha identificado un posible “escudo” frente a estos efectos. En otro estudio, publicado en la revista Psychological Medicine, observaron que la lectura compartida entre padres e hijos alrededor de los tres años amortigua la relación entre la pantalla temprana y los cambios en redes cerebrales relacionadas con la regulación emocional.

¿Por qué podría ocurrir esto? Leer un cuento implica contacto visual, lenguaje, preguntas, risas, comentarios y pausas. Es una interacción rica, muy distinta a dejar a un niño mirando un vídeo de forma pasiva. Ese intercambio parece favorecer conexiones más equilibradas en las zonas del cerebro que ayudan a gestionar emociones y estrés.

Qué se pueden plantear las familias desde hoy

Con todo este panorama, muchas familias se preguntarán qué hacer en la vida real, con trabajo, prisas y hermanos mayores que ya usan móviles. Los expertos de este grupo de investigación proponen varias ideas sencillas.

En gran medida, el objetivo no es demonizar la tecnología, sino retrasar su uso intensivo en bebés y, cuando se use, acompañarlo. Limitar al máximo las pantallas antes de los dos años, evitar que haya vídeos “de fondo” durante horas y priorizar juegos, conversación, cuentos o paseo por el parque son pasos realistas que marcan diferencia.

Si se recurre a la pantalla de forma puntual, se recomienda que un adulto esté cerca, hable con el niño sobre lo que ve y que esos momentos no sustituyan rutinas clave como dormir, comer en familia o jugar con otros niños. A cambio, actividades tan sencillas como leer juntos cada día unos minutos, cantar, dibujar o salir a la calle pueden ayudar a compensar parte de ese bombardeo visual.

El estudio completo que vincula la exposición a pantallas en la primera infancia con cambios cerebrales y más ansiedad en la adolescencia se ha publicado en la revista eBioMedicine.


Adrian Villellas

Adrián Villellas es ingeniero informático y emprendedor en marketing digital y ad tech. Ha liderado proyectos de analítica, publicidad sostenible y nuevas soluciones de audiencia. Colabora además en iniciativas científicas ligadas a la astronomía y la observación espacial. Publica en medios de ciencia, tecnología y medioambiente, donde acerca temas complejos y avances innovadores a un público amplio.

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