En 2020, Australia arrojó un robot a 6.000 metros de profundidad y descubren a un animal de 15 metros que la ciencia no logra identificar

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Por HoyECO
Publicado el: 11 de febrero de 2026 a las 20:04
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Animal abisal grabado por un robot submarino a gran profundidad frente a la costa de Australia.

En 2020, un robot submarino que exploraba los cañones de Ningaloo, frente a la costa oeste de Australia, grabó lo que a simple vista parecía un hilo de luz enrollado en el azul profundo. Era un sifonóforo gigante, una colonia gelatinosa estimada en unos 45 metros de longitud, probablemente uno de los animales más largos jamás observados.

La escena se produjo a cientos de metros bajo la superficie, en un sistema de cañones que se hunde hasta casi 6 000 metros y que apenas habíamos visto de cerca. Desde entonces, otras inmersiones con vehículos operados remotamente han registrado colonias similares, algunas de más de 10 o 15 metros, lo que vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda para la biología marina: ¿hasta dónde puede crecer realmente la vida en el océano profundo?

Un hallazgo que estira los límites

El hallazgo se produjo durante una campaña en la que un equipo del Western Australian Museum y otros centros científicos utilizó el robot ROV SuBastian, embarcado en el buque de investigación Falkor, para explorar los cañones de Cape Range y Cloates. En un mes realizaron 20 inmersiones, alcanzando profundidades de hasta 4 500 metros y documentando unas 30 especies potencialmente nuevas, además del gigantesco sifonóforo de la familia Apolemia.

La propia jefa científica de la expedición, Nerida Wilson, resumía así la sorpresa del equipo al ver en la pantalla esa espiral casi infinita de tejido brillante: “pensábamos que estas zonas serían diversas, pero lo que hemos visto nos ha dejado totalmente impresionados”. No es poca cosa que una experta en fauna abisal diga eso después de cientos de horas de vídeo.

Qué es un sifonóforo y por qué parece un solo animal

Aquí viene el giro. Ese “bicho” no es un único animal, al menos en el sentido clásico. Los sifonóforos son colonias flotantes formadas por miles de unidades minúsculas llamadas zooides, que son clones entre sí y se reparten el trabajo como si fueran órganos de un cuerpo.

Algunos zooides se encargan de nadar, otros de capturar presas con células urticantes, otros de la reproducción. Vistos de lejos parecen una sola criatura, pero en realidad funcionan como una ciudad flotante en miniatura, donde cada “vecino” hace su tarea y el conjunto se mueve como un organismo único.

Según recuerda el Monterey Bay Aquarium Research Institute, se han descrito unas 175 especies de sifonóforos y algunos pueden superar los 40 metros de longitud, aunque apenas tienen el grosor de un palo de escoba. Son depredadores clave en la columna de agua, capaces de crear auténticas cortinas de tentáculos para atrapar zooplancton, pequeños peces y crustáceos.

Las profundidades de Australia | Vídeo: Schmidt Ocean

El truco físico del océano profundo

¿Cómo puede mantenerse “entero” un organismo tan largo en un entorno tan extremo y sin romperse como si fuera un cable fino? La clave está en la física del océano profundo.

En la columna de agua, la flotabilidad reduce mucho el efecto práctico de la gravedad sobre estas estructuras. El sifonóforo está compuesto casi por completo de agua, con una densidad muy cercana a la del entorno, así que no necesita un esqueleto rígido ni gastar demasiada energía en sostenerse. En lugar de eso, se deja llevar y despliega sus filamentos a lo largo de muchos metros para maximizar la superficie de captura en un lugar donde la comida escasea.

En la práctica, el océano actúa como un soporte invisible que permite que estas colonias se estiren hasta dimensiones que en tierra serían imposibles. En el fondo, es una adaptación extrema a un ecosistema de baja energía, donde cada presa cuenta.

Robots hasta 6 000 metros y un océano casi desconocido

Hace apenas unas décadas, bajar más allá de los 1 000 metros era una hazaña. Hoy, los vehículos operados remotamente trabajan de forma rutinaria en la zona abisal. Sistemas como el ROV Deep Discoverer de la exploración oceánica de la agencia estadounidense NOAA Ocean Exploration están diseñados para operar hasta los 6 000 metros de profundidad, con cámaras de alta definición y brazos robóticos capaces de recoger muestras delicadas sin destrozarlas.

Sin embargo, que la tecnología exista no significa que el fondo marino esté bien conocido. Los últimos datos del proyecto Seabed 2030 indican que apenas un 27,3 por ciento del suelo oceánico mundial se ha cartografiado con estándares modernos de alta resolución.

Y cuando hablamos de observación directa con cámaras, el mapa se encoge aún más. Un estudio reciente en Science Advances calcula que solo alrededor del 0,001 por ciento del fondo marino profundo se ha visto de forma visual en 70 años de inmersiones, una superficie similar a la de Rhode Island. En otras palabras, el 99,999 por ciento del mundo abisal sigue siendo un gran “no sabemos qué hay ahí abajo”.

Cada robot que baja al abismo no solo suma un vídeo nuevo, también puede descubrir un tipo de hábitat, un comportamiento o una especie que nadie había descrito. Y eso se nota.

Por qué importa para el clima y la conservación

Puede parecer una simple curiosidad, pero estos hallazgos tienen implicaciones muy serias. El océano profundo ocupa unos dos tercios de la superficie del planeta y desempeña un papel clave en la regulación del clima, almacenando calor y carbono durante siglos. Muchos de los organismos que viven allí, como los sifonóforos y otros depredadores gelatinosos, forman parte de las llamadas “bombas biológicas” que transportan carbono desde la superficie hasta las profundidades.

Al mismo tiempo, el interés por explotar recursos en el fondo marino, desde minerales críticos hasta nuevas moléculas para fármacos, va en aumento. Los expertos advierten de que avanzar hacia la minería profunda sin entender bien cómo funcionan estos ecosistemas podría causar daños irreversibles en la mayor “reserva” de biodiversidad del planeta, justo cuando necesitamos que el océano siga amortiguando los efectos del cambio climático.

En la práctica, cada nueva inmersión plantea un dilema. Por un lado, necesitamos más datos para gestionar y proteger estos hábitats. Por otro, cuanto más vemos, más claro queda que intervenir sin cuidado, ya sea con minería, pesca profunda o vertidos, puede alterar procesos que apenas empezamos a comprender. El problema es que el reloj del clima corre más deprisa que la política.

Un recordatorio de lo que todavía no vemos

La imagen del sifonóforo gigante en espiral se ha convertido en un icono de ese océano aún oculto. Un “animal colectivo” de decenas de metros que vive en la oscuridad total nos recuerda que el planeta sigue guardando sorpresas físicas y biológicas muy lejos de la superficie, mientras miramos la factura de la luz o sufrimos las olas de calor en la costa.

En buena medida, el mensaje de fondo es simple. Si en un puñado de inmersiones hemos encontrado colonias que rivalizan en longitud con una ballena azul, probablemente el océano profundo guarda todavía formas de vida y relaciones ecológicas que ni imaginamos. Antes de decidir qué hacer con esos fondos abisales, conviene saber qué hay en ellos.

El comunicado oficial sobre el hallazgo del gigantesco sifonóforo en los cañones de Ningaloo fue publicado por el Schmidt Ocean Institute.


HoyECO

Equipo editorial de ECOticias.com (El Periódico Verde), integrado por periodistas especializados en información ambiental: naturaleza y biodiversidad, energías renovables, emisiones de CO₂, cambio climático, sostenibilidad, gestión de residuos y reciclaje, alimentación ecológica y hábitos de vida saludable.

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