Excavando cuevas bajo la nieve antártica para resolver problemas futuros

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Publicado el: 12 de febrero de 2026 a las 22:03
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Científicos dentro de la cueva Ice Memory Sanctuary excavada bajo la nieve de la Antártida.

Mientras el planeta encadena año tras año récords de calor, un grupo de científicos ha optado por una solución que parece sacada de una novela de ciencia ficción. Han excavado una cueva bajo la nieve de la Antártida para guardar en su interior cilindros de hielo procedentes de glaciares de montaña que están desapareciendo. El objetivo es sencillo de decir y complicado de ejecutar. Conservar, durante siglos, la memoria del clima tal y como está escrita en ese hielo.

Una “bóveda climática” que funciona sin enchufarla

La cueva se encuentra junto a la estación franco italiana Concordia, en la meseta antártica, a más de 3.200 metros de altitud. Allí las temperaturas se mantienen de forma natural cerca de los 50 grados bajo cero durante todo el año, incluso cuando en nuestras ciudades sudamos cada verano un poco más.

El santuario es un túnel de nieve compacta de unos 35 metros de largo y cinco de alto y de ancho, excavado a unos nueve o diez metros bajo la superficie. No tiene cimientos de hormigón ni sistemas de refrigeración, tampoco compresores ni generadores diésel. El frío extremo del entorno hace el trabajo que, en cualquier cámara frigorífica normal, dispararía la factura de la luz.

La idea es que, incluso si en el futuro fallan las redes eléctricas o se encarecen los combustibles, los cilindros de hielo sigan protegidos. Una especie de caja fuerte climática que no depende de la tecnología del momento, sino del propio invierno permanente de la Antártida.

Por qué se guarda hielo cuando todo se derrite

La urgencia viene de fuera de la cueva. Según los datos del servicio europeo Copernicus y otras agencias internacionales, 2025 fue el tercer año más cálido registrado, muy cerca de 2023 y 2024, y el periodo 2023‑2025 ha sido el primero en superar de media el umbral de 1,5 grados por encima de la era preindustrial.

Ese exceso de calor ya se nota en los glaciares de montaña.Estudios recientes indican que, desde el año 2000, han perdido entre un 2 y un 39 por ciento de su volumen según la región, con una pérdida global en torno al 5 por ciento. Cada metro de hielo que desaparece se lleva consigo información sobre la atmósfera, la contaminación y las temperaturas del pasado que no se puede reconstruir después con la misma precisión.

Detrás de este proyecto está la Ice Memory Foundation, junto a instituciones científicas de varios países como el CNRS, el instituto suizo Paul Scherrer y universidades de Francia e Italia. Su meta es sencilla de formular. Recoger hielo en los próximos años de unos veinte glaciares muy amenazados en cordilleras como los Alpes, los Andes, el Pamir o el Cáucaso y guardarlo para que lo puedan estudiar científicos que aún no han nacido.

Cómo llega un trozo de Mont Blanc a una cueva antártica

Los dos primeros testigos de hielo que han entrado en la cueva proceden del glaciar del Col du Dôme, en el macizo del Mont Blanc, y del glaciar suizo Grand Combin. Fueron perforados en 2016 y 2025, almacenados en cámaras a 20 grados bajo cero y, el pasado otoño, embarcados en el rompehielos Laura Bassi desde el puerto de Trieste. Después de más de cincuenta días de viaje por varios océanos, las muestras llegaron a la estación italiana Mario Zucchelli y, desde allí, volaron hasta Concordia en un avión con la bodega sin calentar para no romper la cadena de frío.

Una vez en la meseta antártica, los cilindros se trasladan al interior del santuario. Allí quedarán a unos 52 grados bajo cero de forma constante, mucho más fríos que durante el viaje. Dentro de cada uno hay burbujas de aire, partículas de polvo, restos de contaminación y señales químicas que permiten reconstruir, capa a capa, cómo era la atmósfera cuando ese hielo se formó. Son, en la práctica, discos duros naturales de la historia climática.

Un archivo global bajo un suelo que no pertenece a nadie

La elección de la Antártida no obedece solo al frío. El continente está regulado por el Sistema del Tratado Antártico y el Protocolo de Madrid sobre protección ambiental. Esto significa que el santuario se ubica en un territorio sin soberanía nacional, algo que sus promotores consideran clave para que el acceso futuro a los testigos de hielo se rija por criterios científicos y no por intereses políticos.

En los próximos años se trabajará en un modelo de gobernanza internacional para decidir quién y cómo podrá solicitar muestras de este archivo. La fundación insiste en que estos cilindros no deberían considerarse propiedad de un país o de un laboratorio concreto, sino un patrimonio común de la humanidad. Como resumía Thomas Stocker, presidente de la fundación, el reto es gestionar estos núcleos de hielo como un “bien global” al servicio de la ciencia.

No frena el deshielo, pero evita perder la memoria

Conviene no confundirse. Esta cueva bajo la nieve no va a detener el retroceso de los glaciares ni a rebajar de golpe las emisiones de CO2 que salen de nuestras chimeneas, tubos de escape o centrales térmicas. Para eso siguen haciendo falta políticas climáticas ambiciosas, menos dependencia de combustibles fósiles y cambios en la forma en que producimos energía, nos movemos o cultivamos alimentos.

Lo que sí hace el Ice Memory Sanctuary es ganar tiempo para la ciencia. Evita que, además de perder hielo, perdamos también la información única que contiene. Quizá dentro de varias décadas, cuando la tecnología permita leer señales hoy invisibles en esos cilindros, esos datos sirvan para entender mejor por qué se aceleró el calentamiento o cómo se comportó la atmósfera antes de los grandes cambios que estamos viviendo.

Mientras tanto, este archivo helado funciona como una especie de seguro. Si el planeta ya está cambiando más rápido de lo que querríamos, al menos nos aseguramos de que la historia escrita en sus glaciares no se derrita del todo.

El comunicado oficial sobre la inauguración del Ice Memory Sanctuary ha sido publicado por la Ice Memory Foundation.

Foto: Ice Memory


Adrian Villellas

Adrián Villellas es ingeniero informático y emprendedor en marketing digital y ad tech. Ha liderado proyectos de analítica, publicidad sostenible y nuevas soluciones de audiencia. Colabora además en iniciativas científicas ligadas a la astronomía y la observación espacial. Publica en medios de ciencia, tecnología y medioambiente, donde acerca temas complejos y avances innovadores a un público amplio.

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