Ver columnas de humo elevándose sobre lagos helados y tundra blanca parece casi una escena de ciencia ficción. Sin embargo, es lo que muestran las últimas imágenes de satélite de NASA sobre el Ártico. Lo que antes era un fenómeno muy raro, ahora se repite y se expande. Y, según los científicos, es una señal clara de que el calentamiento rápido del norte está cambiando las reglas del juego.
Cómo puede arder un lugar que imaginamos cubierto de nieve
Cuando pensamos en el Polo Norte solemos imaginar hielo, banquisa y osos polares. Pero el Ártico también incluye vastos bosques boreales, matorrales y tundra, una mezcla de vegetación que en primavera queda al descubierto, se seca al sol y se convierte en combustible perfecto en cuanto cae un rayo o aparece otra chispa de ignición.
Los satélites Terra y Aqua, con los sensores MODIS, y las misiones Landsat llevan más de dos décadas vigilando estos paisajes. Al comparar los datos de 2002 a 2012 con los de 2012 a 2024, los mapas de detecciones de fuego muestran dos cosas que no conviene ignorar. Hay más incendios y se están desplazando hacia latitudes más altas, incluso en zonas próximas a Groenlandia donde prácticamente no se había registrado fuego en el pasado reciente.
La especialista en fuegos árticos Jessica McCarty explica que el fuego siempre ha estado presente en los paisajes boreales, pero que ahora empieza a comportarse de forma extrema, más parecida a lo que vemos en bosques templados o tropicales. En la práctica esto significa llamas más altas, frentes más rápidos y temporadas de incendio que se alargan, con fuegos que arrancan ya a finales de marzo y siguen activos después de las primeras nieves.
Incendios más intensos y un gigante de carbono bajo nuestros pies
El cambio no es solo cuestión de número. Es, sobre todo, de intensidad. La geógrafa Tatiana Loboda recuerda que son los incendios más calientes y profundos los que transforman por completo los ecosistemas, al matar bosques enteros y alterar el suelo de forma duradera.
Según el informe liderado por McCarty para el Arctic Monitoring and Assessment Programme (AMAP), si miramos varias décadas la superficie quemada en el Ártico norteamericano es, de media, aproximadamente el doble que a mediados del siglo veinte. Eso se suma a otro dato que preocupa. La región se calienta casi cuatro veces más rápido que la media global, lo que reduce la humedad del suelo, cambia el régimen de nieve y lluvia y deja un paisaje mucho más inflamable.
Cuando estas llamas profundas alcanzan las capas de turba y el permafrost, el problema ya no es solo local. Esas reservas de materia orgánica han acumulado carbono durante miles de años y han permanecido congeladas, literalmente fuera del ciclo activo. Los estudios citados por la NASA indican que la turba y el permafrost árticos almacenan en conjunto aproximadamente el doble de carbono que toda la atmósfera del planeta. Si ese gigante de carbono empieza a liberarse en forma de CO₂ y metano, alimenta en buena parte el mismo calentamiento que hace posible estos incendios.
En algunos casos, el fuego ni siquiera se apaga del todo en invierno. Se han documentado los llamados “zombie fires”, brasas que quedan ocultas bajo la nieve, siguen consumiendo turba a cámara lenta y reaparecen al llegar la primavera más seca. Es como si una parte del incendio se quedara en pausa, esperando la siguiente temporada.
Por qué nos afecta aunque vivamos muy lejos del Círculo Polar
Puede que desde la península ibérica todo esto suene lejano. Sin embargo, lo que pasa en el norte no se queda allí. El Ártico funciona como una especie de aire acondicionado del sistema climático. Cuando se calienta tan deprisa, se alteran los patrones de circulación atmosférica y el contraste térmico entre polos y latitudes medias, algo que los expertos vinculan con olas de calor más duraderas, lluvias extremas y cambios en la trayectoria de las borrascas.
A esto se suma el efecto del humo. Las grandes plumas de incendios boreales pueden viajar miles de kilómetros, cruzar océanos y afectar a la calidad del aire en regiones muy alejadas del foco. El hollín depositado sobre la nieve o el hielo oscurece la superficie, reduce su capacidad de reflejar la luz solar y acelera el deshielo, en un círculo vicioso que refuerza aún más el calentamiento.
Más satélites, más ciencia y decisiones más rápidas
Los científicos insisten en que, sin los satélites, buena parte de esta historia seguiría oculta. McCarty y su equipo subrayan que las series de datos de las misiones de observación de la Tierra de la NASA aportan ya un registro de 25 años de incendios en el Ártico, clave para entender hacia dónde va el sistema y para diseñar estrategias de adaptación y mitigación. El mensaje de fondo es claro. Lo que ocurre en el Ártico terminará teniendo impacto en el resto del planeta, desde la estabilidad del clima hasta la seguridad alimentaria.
Para quien quiera ir a la fuente original, el reportaje científico en el que la NASA detalla estas observaciones se titula “Fire on Ice, The Arctic’s Changing Fire Regime” y el análisis completo del cambio climático ártico que sustenta estas conclusiones se recoge en el informe “AMAP Arctic Climate Change Update 2024 Key Trends and Impacts”, publicado por el Arctic Monitoring and Assessment Programme y disponible en la web de AMAP.
El estudio oficial ha sido publicado en “Fire on Ice, The Arctic’s Changing Fire Regime” de la NASA Earth Observatory.
Foto: NASA







