El estado australiano de Victoria se hizo famoso en el siglo XIX por su fiebre del oro. Hoy vuelve a estar en el mapa mundial, pero por un motivo muy distinto. Bajo sus campos agrícolas y sus pueblos históricos se esconden minerales clave para la transición energética y digital, desde el antimonio hasta las tierras raras. La gran pregunta es sencilla y, a la vez, incómoda. ¿Puede esta nueva fiebre minera ir de la mano de la protección del clima y de los ecosistemas?
De la pepita de oro al antimonio “estratégico”
Los llamados minerales críticos son aquellos que un país considera esenciales para su economía y su seguridad, pero cuya oferta global es limitada o está muy concentrada. En la práctica sostienen muchas de las tecnologías que asociamos con un futuro más limpio. Motores de coches eléctricos, baterías, turbinas eólicas o paneles solares dependen de estas materias primas.
En Victoria, el protagonista inesperado es el antimonio. El estado es hoy la única región de Australia donde se extrae este metal y las explotaciones de la zona de Costerfield aportan en torno a un cinco por ciento del suministro mundial, según datos del propio sector y de la radiotelevisión pública australiana.
El antimonio se usa sobre todo para endurecer el plomo en baterías de almacenamiento y como retardante de llama en textiles y plásticos. Cada vez gana más peso en semiconductores y en el vidrio de los paneles solares. Es decir, está presente en muchas de las tecnologías que se presentan como solución para rebajar emisiones y, con suerte, aliviar la factura de la luz en los próximos años.
La “Zona de Melbourne” y un subsuelo muy codiciado
Buena parte de estos recursos se concentran en la llamada Zona de Melbourne, una franja geológica donde coinciden sistemas de oro y antimonio de alta ley. Proyectos como Sunday Creek o Costerfield han impulsado el interés de compañías y gobiernos.
Responsables del Consejo de Minerales de Australia recuerdan que Victoria ya no es solo tierra de oro. Señalan que la combinación de oro y antimonio en un mismo cinturón mineral es poco habitual y que el estado se ha convertido en una pieza relevante para socios como Estados Unidos, Canadá o la Unión Europea, que buscan diversificar su suministro de minerales críticos.
En paralelo, los geólogos llevan años estudiando las arenas minerales de la cuenca Murray, en el noroeste de Victoria. Se trata de antiguos depósitos costeros enterrados tierra adentro que albergan titanio, circonio y elementos de tierras raras. Son minerales que se utilizan, entre otras cosas, en imanes permanentes para aerogeneradores y motores eléctricos.
Algunos proyectos, como el Donald Rare Earth and Mineral Sands Project, se presentan como futuros grandes productores mundiales y prometen décadas de empleo estable en zonas rurales.
Un gobierno que abre la puerta, con condiciones
El Gobierno de Victoria ha querido ordenar esta nueva etapa con una hoja de ruta específica para minerales críticos. El documento plantea zonas prioritarias de desarrollo y una oficina de coordinación que ayuda a las empresas a navegar por permisos y normativas.
Según esta hoja de ruta, la identificación de áreas aptas para minería se apoya en datos geológicos, pero también en criterios sociales, culturales, agrícolas y ambientales. La idea es evitar un “sálvese quien pueda” minero y anticipar conflictos de uso del suelo con la agricultura o con comunidades locales antes de que lleguen las excavadoras.
El sector valora que los plazos para licencias de exploración sean más previsibles, lo que anima a planificar campañas de sondeos profundos en busca de yacimientos de larga vida útil.
Oportunidad climática, riesgos ambientales
Sobre el papel, los minerales críticos de Victoria pueden ayudar a descarbonizar economías muy lejos de Australia. Cada aerogenerador que gira, cada coche eléctrico que sustituye a un motor diésel en una ciudad ruidosa y llena de humos, depende de una cadena de suministro que empieza en minas como estas.
Pero la extracción no es inocua. En el oeste de Victoria ya se perciben tensiones entre grandes proyectos mineros y agricultores preocupados por la pérdida de suelo fértil, el uso de agua o el impacto en la biodiversidad. Son preocupaciones conocidas en cualquier región minera que quiera presentarse como “verde”.
Los expertos en geociencias insisten en que la clave estará en el diseño de las explotaciones, en la gestión de residuos y en la rehabilitación de las zonas afectadas. La propia industria reconoce que la compatibilidad con la agricultura y otros usos del suelo será decisiva para mantener la licencia social para operar y que la restauración de calidad no es un extra, sino parte del coste real de producir estos materiales.
En el fondo, la cuestión para Victoria es si la nueva fiebre de minerales críticos servirá en buena medida para acelerar la transición ecológica o si simplemente trasladará los impactos de unas regiones a otras.
Para quien mira estos cambios desde la distancia, lo importante es entender que la energía renovable y la movilidad eléctrica necesitan materias primas y que la forma en que se extraen es tan relevante como los kilovatios verdes que generarán después.
El comunicado oficial que marca la hoja de ruta de este “nuevo capítulo” minero del estado se ha publicado en la Victorian Critical Minerals Roadmap.











