La humanidad ha liberado 335.500 toneladas de una sustancia química que ahora contamina el hielo ártico, el agua potable e incluso nuestra sangre

Imagen autor
Publicado el: 18 de febrero de 2026 a las 23:37
Síguenos
Iceberg en el Ártico afectado por la contaminación de ácido trifluoroacético TFA, un químico eterno PFAS.

Durante décadas, el Protocolo de Montreal se ha puesto como ejemplo de éxito ambiental. Frenó los viejos CFC de los aerosoles y los sistemas de frío y dio un respiro a la capa de ozono. Pero ahora llega la letra pequeña. Un nuevo estudio internacional calcula que los gases que sustituyeron a los CFC han dejado caer sobre el planeta unas 335.500 toneladas de ácido trifluoroacético, un “químico eterno” que se acumula en el agua, el suelo, el hielo del Ártico e incluso en nuestro propio cuerpo.

En la práctica, significa que mientras celebrábamos la recuperación del ozono se estaba formando, casi en silencio, una lluvia química invisible que ahora preocupa a los científicos.

Qué ha descubierto el nuevo estudio

El trabajo, liderado por investigadores de la Universidad de Lancaster y publicado en la revista científica Geophysical Research Letters, ha utilizado modelos atmosféricos avanzados junto con datos de una red global de estaciones de medida. Cruzan cuánto de estos gases hay en la atmósfera, cómo se mueven con los vientos y en qué momento se transforman en ácido trifluoroacético, conocido como TFA.

El resultado es contundente. Entre los años 2000 y 2022, los sustitutos de los CFC y ciertos gases anestésicos serían responsables de unas 335.500 toneladas de TFA depositadas sobre la superficie terrestre. Y la producción anual todavía no habría tocado techo, el propio modelo sitúa el posible pico en cualquier momento entre ahora y finales de siglo, porque muchos de estos gases viven décadas en la atmósfera antes de degradarse.

El modelo también encaja con lo que se ve sobre el terreno. En los núcleos de hielo del Ártico, lejos de cualquier fábrica o autopista, casi todo el TFA que aparece puede explicarse por la descomposición en altura de estos sustitutos de los CFC. Si llega hasta allí, difícil seguir pensando que se trata de un problema local.

Qué es el TFA y por qué se le llama “químico eterno”

El TFA es un ácido fluorado muy pequeño que forma parte de la familia de los PFAS, las llamadas sustancias “para siempre” por su enorme persistencia. No se degrada fácilmente de manera natural, es muy soluble en agua y muy móvil, así que viaja con la lluvia, los ríos y las corrientes subterráneas y termina repartido por casi todos los compartimentos del medio ambiente.

Dicho de forma sencilla, cada vez que estos gases se rompen en la atmósfera generan pequeñas dosis de TFA que acaban en el agua de lluvia, en los embalses, en los acuíferos y en los cultivos. No se trata de un vertido puntual, sino de una suma lenta de gota a gota. Varios estudios recientes señalan que el TFA ya es el PFAS más abundante en muchas aguas de lluvia y aguas subterráneas de Europa.

Qué riesgos plantea para la salud y los ecosistemas

Aquí conviene ser claros. Las agencias europeas no hablan todavía de una catástrofe inmediata, pero sí de una señal de alarma que va en aumento. El TFA está clasificado hoy como corrosivo para la piel y los ojos y como nocivo para la vida acuática con efectos duraderos.

Además, las autoridades alemanas han remitido a la Agencia Europea de Sustancias y Mezclas Químicas (ECHA) un expediente para que el TFA se clasifique como tóxico para la reproducción en categoría 1B, es decir, “presuntamente tóxico para la reproducción humana”, y como sustancia muy persistente y muy móvil en el medio ambiente.

La exposición ya no es solo teórica. Revisiones científicas recientes han encontrado TFA en la sangre humana y en la orina en distintos países, lo que indica una exposición crónica de fondo que llega principalmente a través del agua y los alimentos. En un estudio de biomonitorización en Australia el TFA apareció en todas las muestras de orina analizadas y otros trabajos han detectado este compuesto en sangre en población de China y Europa.

Los expertos insisten en que todavía faltan datos para traducir esas concentraciones ambientales en un nivel de riesgo claro para la salud, pero el mensaje se repite. Un químico muy persistente que se acumula de forma prácticamente irreversible y que empieza a estar en el agua del grifo, en los ríos y en la comida requiere vigilancia y, posiblemente, límites mucho más estrictos.

Del aire acondicionado del coche a la lluvia invisible

El estudio señala sobre todo a los viejos sustitutos de los CFC, como los HCFC y los HFC usados en refrigeración y en algunos anestésicos inhalados. Pero también apunta a la nueva generación de refrigerantes HFO, vendidos como “más respetuosos con el clima”, que empiezan a ser una fuente creciente de TFA, especialmente el HFO‑1234yf utilizado en muchos sistemas de aire acondicionado de automóviles modernos.

Es decir, la misma tecnología que ha ayudado a enfriar nuestras casas, supermercados y coches sin destruir la capa de ozono ha ido sembrando esa fina lluvia química que ahora detectamos en el hielo ártico, en ríos europeos y en nuestro organismo. No es una acusación al aire acondicionado en sí, pero sí una llamada a mirar toda la cadena de impactos antes de presentar un nuevo gas como solución limpia.

Qué quieren ahora los científicos y los reguladores

El equipo que firma el estudio y diferentes agencias ambientales reclaman tres cosas básicas. Primero, monitorizar de forma sistemática el TFA en lluvia, aguas superficiales, subterráneas y en alimentos para entender mejor su evolución. Segundo, acelerar la evaluación toxicológica y las decisiones regulatorias, incluido ese posible estatus de tóxico para la reproducción en toda la Unión Europea. Y tercero, replantear la dependencia de refrigerantes fluorados cuando existan alternativas sin flúor, como el CO₂, el amoníaco o algunos hidrocarburos, que no generan este tipo de residuos persistentes.

En el fondo, la lección es incómoda pero necesaria. Salvar la capa de ozono fue y sigue siendo imprescindible, sin discusión. Sin embargo, la historia del TFA recuerda que sustituir una sustancia peligrosa por otra sin estudiar bien su ciclo completo puede abrir un problema nuevo que nos acompañe durante generaciones.

El estudio científico ha sido publicado en la revista Geophysical Research Letters.


Javier F.

Periodista, licenciado en la Universidad Nebrija, diez años en Onda Cero, y ahora en proyectos profesionales como Freelance. Especializado en contenido SEO y Discover

Deja un comentario