El propio Elon Musk lo reconoce. Convencer a ingenieros y técnicos con pareja e hijos para mudarse a Starbase, el complejo de lanzamientos de SpaceX en el extremo sur de Texas, no es fácil. En una entrevista reciente habló del “problema de la pareja” y describió Starbase como un “monasterio tecnológico”, remoto y “con mayoría de tíos”, donde casi todo gira en torno a la empresa y hay pocas opciones de empleo fuera de ella.
Detrás de esa frase medio en broma hay algo más serio. Esos enclaves corporativos se levantan junto a humedales, ríos y reservas de fauna, consumen mucha agua y energía y se benefician de regulaciones ambientales más suaves que las de California. La transición ecológica se juega también en estos detalles muy concretos. Y se nota.
Qué ha dicho Musk y dónde están sus “monasterios”
En la conversación con el podcaster Dwarkesh Patel y el cofundador de Stripe John Collison, Musk explicó que muchos trabajadores cualificados no quieren mudarse porque sus parejas difícilmente encontrarán otro empleo en la zona. “Las probabilidades de encontrar un trabajo que no sea de SpaceX son bastante bajas”, admitió sobre Starbase, a unos cuarenta minutos en coche de Brownsville.
Starbase se ubica en una franja costera muy poco poblada, pegada al golfo de México, entre dunas, marismas y llanuras mareales. La documentación oficial del Servicio de Pesca y Vida Silvestre de Estados Unidos sitúa la zona de lanzamiento justo al sur de Boca Chica State Park y de parte del Lower Rio Grande Valley National Wildlife Refuge, un mosaico de hábitats clave para aves migratorias, tortugas marinas y felinos amenazados.
Mientras tanto, la fábrica central de coches eléctricos de Tesla, conocida como Giga Texas, se extiende a las afueras de Austin, también junto al río Colorado. Y cerca de allí avanza Snailbrook, una pequeña ciudad de empresa pensada para empleados de The Boring Company y SpaceX, con casas prefabricadas, colegio y futuras instalaciones deportivas junto al río.
Cohetes, humedales y demandas ambientales en Starbase
Starbase no es solo un lugar aislado para frikis de los cohetes. Es un polo industrial pesado encajado en un humedal costero. La Agencia Federal de Aviación de Estados Unidos (FAA) ha autorizado un aumento del número de lanzamientos de Starship, el cohete gigante de SpaceX, junto a ese refugio de vida silvestre. Organizaciones ecologistas y comunidades locales denunciaron el riesgo de ruido, destellos, cortes de carreteras y fragmentos de cohete sobre hábitats de especies amenazadas como el ocelote, el jaguarundí o la tortuga lora.
Un juez federal desestimó la demanda en 2025 al considerar suficiente la evaluación ambiental de la FAA, pero el fondo del problema sigue ahí. Cada lanzamiento implica un enorme consumo de energía fósil y una lluvia de emisiones y residuos sobre un ecosistema que ya estaba protegido sobre el papel.
A esto se suma el agua. Para evitar que la plataforma de lanzamiento se deshaga con la fuerza de los motores, SpaceX instaló un sistema de “diluvio” que lanza cientos de miles de litros de agua hacia la base del cohete. La Agencia de Protección Ambiental y el regulador de Texas han documentado descargas repetidas de esa agua, cargada de metales procedentes del cohete y de la estructura, sobre humedales conectados con el río Bravo.
Tras operar el sistema sin permiso durante casi dos años, SpaceX ha recibido una multa y un permiso para verter hasta unos 358.000 galones de agua por prueba o lanzamiento, con estimaciones de entre 34.000 y más de 45.000 galones que acaban en los humedales en cada uso. Los análisis de la propia FAA hablan de hasta 190 libras de metales pesados por evento.
En la práctica esto significa que el “monasterio tecnológico” funciona sobre un humedal que va recibiendo pequeñas pero repetidas dosis de contaminantes, mientras el ritmo de lanzamientos aumenta.
Snailbrook y Giga Texas, entre el paraíso ecológico y la sed de agua
Más al norte, en el área de Bastrop y Austin, el modelo se repite con matices. Snailbrook, la pequeña ciudad privada junto al Colorado River, nació para alojar a empleados cerca de las fábricas de túneles y de antenas de Starlink. Ambientalistas locales llevan años alertando de los planes de verter aguas residuales tratadas en el río y de rociar terrenos con esos efluentes en una zona donde los acuíferos son someros y se conectan fácilmente con el cauce principal.
En paralelo, Giga Texas se ha convertido en una de las mayores fábricas de vehículos eléctricos del mundo. Solo en cinco meses de 2022 la planta usó más de 127 millones de galones de agua según datos de la compañía de aguas de Austin, y autoridades del condado manejan una previsión de hasta 600 millones de galones al año cuando la producción esté a pleno rendimiento, un consumo similar al de unas nueve mil viviendas.
Tesla promete compensar ese impacto con medidas de eficiencia hídrica y un gran parque ribereño que la empresa describe como “paraíso ecológico”. Los planes presentados a las autoridades incluyen un sistema de reciclaje y depuración de agua, reforestación, unos 290 acres de zonas verdes abiertas al público y decenas de kilómetros de senderos para caminar y pedalear, además de áreas de educación ambiental.
Sobre el papel suena muy bien. El problema es que, como recuerdan colectivos vecinales de Austin, estas promesas no siempre se traducen en acciones verificables y los datos públicos sobre consumo real de agua siguen siendo escasos.
Qué significa todo esto para la sostenibilidad
Si miramos solo el CO2, proyectos como Starbase y Giga Texas tienen una cara positiva. Los cohetes de SpaceX ayudan a desplegar satélites de comunicaciones y ciencia, mientras los coches y baterías de Tesla reducen emisiones de tubos de escape y facilitan integrar más renovables en la red.
Sin embargo, los expertos en justicia ambiental llevan tiempo avisando de que no basta con contar toneladas de CO2. Importa dónde se colocan las fábricas, cómo se gestionan el agua, los residuos y el ruido, y quién decide sobre el territorio. En los alrededores de Starbase y del río Colorado en Texas, las comunidades locales y las ONG han tenido que recurrir a demandas, alegaciones y campañas públicas para conseguir que se revisen permisos de vertido o se mejoren las condiciones de vigilancia ambiental.
Para el lector que piensa en su factura de la luz, en la sequía o en la pérdida de biodiversidad, la lección es clara. La movilidad eléctrica y las grandes infraestructuras tecnológicas pueden ser parte de la solución climática, pero solo si sus “monasterios” se diseñan con transparencia, controles independientes y respeto real por los ecosistemas que los rodean.
La entrevista original en la que Musk define Starbase como un “monasterio tecnológico” ha sido publicada en la web del podcast de Dwarkesh Patel.













