Un grupo de científicos de la Universidad de Utrecht ha puesto sobre la mesa una idea que suena casi a ciencia ficción. Cerrar el estrecho de Bering, el paso marítimo que separa Alaska de Siberia, con una presa de unos 80 kilómetros para intentar estabilizar la AMOC, una gran corriente oceánica que ayuda a repartir calor por el planeta.
La conclusión principal es tan llamativa como incómoda. Los modelos indican que esta barrera podría ganar tiempo en algunos escenarios, siempre que la AMOC aún sea lo bastante fuerte, pero también podría empeorar las cosas si el sistema ya está muy debilitado. No hablamos de una solución mágica. Hablamos de geoingeniería extrema.
Una presa en Bering
La propuesta no consiste en levantar un único muro recto de costa a costa. El diseño estudiado plantea tres tramos, porque en mitad del estrecho están las islas Diómedes. Uno iría desde Rusia hasta la isla Diómedes Mayor, otro uniría las dos islas y el tercero llegaría hasta Alaska.
En total serían unos 80 kilómetros de cierre, con una profundidad media cercana a los 50 metros y una profundidad máxima de 59 metros. Sobre el papel, los autores lo consideran técnicamente posible. En la práctica, construir en una zona remota, con hielo marino, fuertes corrientes y dos potencias mundiales a cada lado, ya es otra historia.
Por qué importa la AMOC
La AMOC funciona como una enorme cinta transportadora del océano Atlántico. Lleva agua cálida y salada desde los trópicos hacia el norte, donde se enfría, se vuelve más densa y se hunde para regresar hacia el sur en profundidad. Ese mecanismo ayuda a explicar por qué Europa tiene un clima más suave de lo que tocaría por su latitud.
El problema es que el calentamiento global puede debilitar esa maquinaria natural. El deshielo aporta más agua dulce al Atlántico Norte, y el agua menos salada se hunde peor. Si esa pieza falla, pueden cambiar las lluvias, las temperaturas y hasta el nivel del mar en algunas costas. Y eso no es poca cosa.
La lógica del cierre
El estrecho de Bering deja pasar agua relativamente dulce del Pacífico hacia el Ártico. Desde allí, parte de esa influencia acaba conectando con el Atlántico Norte. La idea de los investigadores es sencilla de explicar, aunque enorme de ejecutar. Si se corta ese paso, cambia el reparto de agua dulce y salada entre océanos.
La pista viene también del pasado. Durante el Plioceno, hace entre cinco y dos millones de años, el nivel del mar era más bajo y el estrecho estaba cerrado por un puente terrestre natural. Algunos trabajos previos apuntan a que la AMOC fue más fuerte en aquel contexto, y de ahí nació la pregunta que guía el nuevo estudio. ¿Qué pasaría si se cerrara otra vez?
Lo que dicen los modelos
Para probarlo, Jelle Soons y Henk A. Dijkstra usaron modelos climáticos y simularon distintos estados iniciales del océano. Soons lo resume con cautela como «una prueba de concepto». Es decir, el estudio muestra que la idea puede funcionar en algunos escenarios, pero no demuestra que sea una receta lista para usar.
La clave está en el momento. Si la AMOC todavía conserva suficiente fuerza, cerrar el estrecho puede ayudar a estabilizarla. Pero si la corriente ya ha perdido demasiada energía, la intervención puede salir al revés y acelerar el problema. El reloj, en este caso, importa tanto como la obra.
Los riesgos son enormes
Cerrar el estrecho de Bering no sería como poner una compuerta más en un río. Ese paso conecta ecosistemas, rutas de mamíferos marinos, pesquerías, navegación y comunidades indígenas que dependen de esa zona para vivir, moverse y alimentarse. Cambiar salinidad, corrientes y nutrientes puede mover muchas fichas a la vez.
Jonathan Baker, oceanógrafo del Met Office británico, advirtió que no es «una solución sencilla». Su aviso va al centro del debate. Una obra así podría alterar el intercambio de agua, calor y vida marina entre el Pacífico y el Ártico, con efectos climáticos regionales que todavía no se entienden del todo.
No sustituye a reducir emisiones
La propia Universidad de Utrecht insiste en el punto más importante. La geoingeniería puede verse como último recurso, no como excusa para dejar de recortar gases de efecto invernadero. Si parece que existe un «plan B», la presión política para bajar emisiones puede perder fuerza. Y ese es uno de los grandes peligros.
En el fondo, la presa del estrecho de Bering muestra hasta qué punto preocupa el futuro de la AMOC. También deja una lección clara. Antes de cerrar mares, mover corrientes o redibujar ecosistemas enteros, la vía más fiable sigue siendo reducir el calentamiento que está empujando al sistema hacia el límite.
El estudio oficial ha sido publicado en Science Advances.











