Un nuevo estudio genético ha inclinado por fin la balanza en un debate que llevaba décadas abierto. Analizando 2.456 genomas de pueblos indígenas de Australia, Nueva Guinea y otras islas del Pacífico, un equipo internacional concluye que los humanos modernos pisaron el norte de Australia hace unos 60.000 años y lo hicieron siguiendo al menos dos rutas distintas a través de mares hoy cubiertos de olas pero entonces más estrechos.
Durante años se hablaba de dos cronologías. La corta situaba la llegada en torno a 47.000 o 51.000 años atrás, sobre todo a partir de modelos genéticos. La larga defendía un poblamiento anterior, entre 60.000 y 65.000 años, apoyada en yacimientos como Madjedbebe y Nauwalabila, en el norte de Australia, y en los relatos orales de las comunidades aborígenes. El nuevo trabajo refuerza en gran medida esta cronología larga y acerca por fin el reloj del ADN al reloj de la arqueología.
Qué han hecho exactamente los científicos. El equipo ha reunido la base de datos de ADN mitocondrial más amplia que se ha usado nunca para responder a esta pregunta, con 2.456 “mitogenomas” que recogen la diversidad de las poblaciones indígenas de Australia, Nueva Guinea, Oceanía y el sudeste asiático. A esto se suman datos del cromosoma Y, estudios de genoma completo, modelos climáticos y la revisión de la tasa a la que se acumulan mutaciones con el tiempo, lo que se conoce como “reloj molecular”.
En la práctica, el método consiste en comparar pequeñas diferencias en las secuencias de ADN y calcular cuándo empezaron a separarse las distintas líneas familiares. Todos los modelos que han probado convergen en una fecha similar para la primera colonización de Sahul, la gran masa de tierra que unía Australia, Tasmania y Nueva Guinea mientras el nivel del mar estaba más bajo durante la última glaciación. El resultado se sitúa en torno a esos 60.000 años de antigüedad para las primeras comunidades humanas asentadas en el norte de Australia.
El estudio no solo pone fecha, también dibuja caminos. Los datos apuntan a dos grandes rutas de entrada. Una vía meridional desde Sundaland, la antigua plataforma que incluía lo que hoy son partes de Indonesia y Malasia, pasando por islas como Java y Timor hasta alcanzar la costa noroccidental de Australia. Y una vía septentrional que encadena Filipinas, Sulawesi y otras islas de Wallacea hasta Nueva Guinea y el extremo norte de Queensland.
Ambas rutas exigían algo que, visto desde hoy, impresiona bastante. Incluso con el mar más bajo, quienes se lanzaron a estos viajes tuvieron que afrontar travesías de hasta 100 kilómetros de mar abierto. Es decir, necesitaban embarcaciones funcionales, conocimiento de corrientes y vientos y cierto dominio de la navegación costera. Los autores recuerdan que esto convierte a aquellos grupos en algunos de los primeros navegantes confirmados de nuestra especie, mucho antes de que existieran cartas náuticas o satélites.
En el camino hacia el este, estos humanos modernos no viajaban por paisajes vacíos. Según explica Martin Richards, coautor del trabajo, es muy probable que se encontrasen con otros homínidos ya instalados en la región, como Homo floresiensis, el famoso “hobbit” de la isla de Flores, Homo luzonensis en Filipinas o Homo longi en Asia oriental. La posibilidad de cruces puntuales está encima de la mesa, aunque por ahora los científicos admiten que no saben hasta qué punto llegaron a mezclarse esas poblaciones.
Hay otra lectura importante que va más allá de las fechas. Los resultados indican que los aborígenes australianos y los pueblos de Nueva Guinea conservan algunas de las líneas de ascendencia ininterrumpida más antiguas fuera de África. Para muchas comunidades que afirman que “siempre han estado en Country”, el territorio con el que se identifican, este tipo de estudios no hace más que poner números científicos a una relación con la tierra y el mar que ya se vivía como muy profunda.
En el fondo, la historia que se dibuja es la de una humanidad capaz de adaptarse a costas que suben y bajan, a islas que aparecen o desaparecen y a ecosistemas que cambian con el clima. Hace decenas de miles de años, esos cambios obligaban a leer mareas y corrientes para encontrar un nuevo hogar en Sahul. Hoy, la subida del nivel del mar nos vuelve a recordar que el mapa nunca está quieto y que quienes viven en primera línea de costa son, otra vez, los primeros en notar las consecuencias.
El estudio completo se ha publicado en la revista Science Advances.
Foto: Helen Farr and Erich Fisher









