Arqueólogos rusos han descubierto en pleno centro de Moscú una vasija de arcilla perfectamente conservada, escondida bajo el suelo de una sala en las cámaras del mercader Averky Kirillov, y llena de cerca de 20.000 monedas de plata. El hallazgo se ha producido durante la restauración de este edificio histórico del siglo XVII, y ha sido anunciado por la ministra de Cultura rusa Olga Lyubimova, que lo ha calificado como “un tesoro único”.
Más allá del impacto arqueológico, este descubrimiento dice mucho sobre cómo las sociedades gestionan las crisis, el dinero y el patrimonio construido. Y, aunque suene lejano, también conecta con debates muy actuales: qué hacemos con los edificios antiguos, cuánto CO₂ “cuesta” derribarlos y reconstruirlos, y por qué cada vez se habla más de reutilizar lo que ya existe en lugar de empezar de cero.
Un tesoro escondido en tiempos de inestabilidad
Las monedas se han datado de forma preliminar entre finales del siglo XVI y principios del XVII, un periodo marcado por lo que la historiografía conoce como el “Time of Troubles”, una etapa de hambrunas, guerras internas, invasiones extranjeras y cambios de poder encadenados en Rusia.
En ese contexto, esconder riqueza en metálico bajo el suelo de casa no era una excentricidad, sino una estrategia de supervivencia. Plata en una vasija, en lugar de bienes difíciles de mover, significaba poder salir huyendo en caso de conflicto, pagar sobornos o impuestos, o comprar comida cuando el sistema se venía abajo.
Las 20.000 monedas no cuentan solo la historia de un mercader rico. También hablan de la desconfianza hacia las instituciones, de una economía sacudida por los cambios de poder y de la fragilidad de cualquier “normalidad” cuando la crisis se alarga demasiado.
Patrimonio construido: del suelo de madera al carbono oculto
El escenario del hallazgo no es un solar cualquiera: son las cámaras de Averky Kirillov, un conjunto de viviendas y estancias monumentales del siglo XVII que hoy se consideran un valioso patrimonio histórico (como ocurre con otros edificios emblemáticos golpeados por el clima extremo, por ejemplo el histórico Observatorio Lick).
La restauración la coordina el Instituto ruso de Investigación de Patrimonio Cultural y Natural D. S. Likhachov, un organismo especializado en conservar y estudiar este tipo de bienes. Su trabajo no se limita a “dejarlo bonito” para las fotos: también implica decidir qué se conserva, qué se sustituye y con qué materiales se interviene.
Ahí entra en juego algo que hace unos años casi nadie mencionaba y que ahora está en el centro del debate: el carbono incorporado de los edificios. Cada ladrillo, cada viga de acero, cada saco de cemento tiene una huella de CO₂ asociada a su fabricación, transporte e instalación. Derribar y volver a construir no solo borra historia; también “gasta” carbono nuevo.
Por eso, cada vez más arquitectos y urbanistas defienden que la opción por defecto no sea demoler, sino rehabilitar y reutilizar lo que ya existe. Informes como la guía “Guide to Building Reuse for Climate Action” del American Institute of Architects insisten en que alargar la vida útil de un edificio suele ser una de las formas más eficaces de reducir emisiones a lo largo del ciclo de vida de una construcción.
En la misma línea, el programa Heritage Counts 2020 de Historic England ha cuantificado cómo reparar y adaptar viviendas tradicionales puede recortar de forma significativa las emisiones, frente al modelo de derribo y nueva obra. No es solo nostalgia arquitectónica; son toneladas de CO₂ que se quedan fuera de la atmósfera.
Qué nos dice Moscú sobre nuestras ciudades
El caso de las cámaras de Averky Kirillov combina tres capas que, en realidad, se repiten en muchas ciudades del mundo:
- Un edificio histórico situado en una zona codiciada de la ciudad.
- Una intervención de restauración que revela capas de historia (y en este caso, un tesoro muy literal).
- Un contexto contemporáneo en el que la presión inmobiliaria, la crisis climática y el turismo compiten por el mismo espacio.
En Europa y en otros lugares se han propuesto ciudades del futuro llenas de sensores, coches autónomos y edificios de cristal, pero muchas de las decisiones que más pesan en el clima se toman en silencio, en despachos de planeamiento urbano, cuando se decide si un edificio antiguo se salva, se reforma o se tira al suelo.
También hay ejemplos de megaciudades futuristas que nacen como proyectos “verdes” sobre el papel y luego chocan con la realidad del desierto, los costes y las emisiones de construir desde cero. A la vez, otras propuestas como el plan urbano de Dubai Green Spine se venden como ciudad sostenible, con más árboles, transporte eléctrico y materiales de menor impacto.
En paralelo, la transición energética basada en hidrógeno verde y otras renovables avanza para descarbonizar sectores como la industria o el transporte. Pero si seguimos levantando y derribando edificios a un ritmo frenético, una parte de esas ganancias se escapa en forma de emisiones “escondidas” en el hormigón y el acero.
Un mensaje enterrado bajo las tablas del suelo
Las monedas de plata encontradas en Moscú son, en buena medida, un mensaje en una botella enviado desde otra crisis. Quien las escondió desconfiaba de las instituciones, pero confiaba en la casa: en sus muros, en su suelo, en que ese espacio seguiría ahí cuando pasara la tormenta política.
Cuatro siglos después, esa misma casa nos obliga a preguntarnos algo distinto:
¿queremos que nuestros edificios sigan siendo refugios ante las crisis —ahora climáticas, energéticas y sociales—, o los tratamos como piezas desechables de un mercado inmobiliario que nunca descansa?
Cada restauración que evita una demolición, cada proyecto que prioriza la reutilización frente al derribo, suma en dos frentes a la vez: protege memoria y reduce emisiones. No es poca cosa.
El comunicado oficial del hallazgo ha sido publicado en el canal de Telegram de Olga Lyubimova.






