Según el reportaje que destapó el sistema, Sunray es un cañón láser portátil desarrollado por ingenieros ucranianos en unos dos años, con un coste de varios millones de dólares y un precio previsto de venta de “solo” varios cientos de miles por unidad, muy por debajo de sistemas láser occidentales como el HELIOS estadounidense.
Desde fuera se parece más a un telescopio de aficionado que a un arma futurista. Un conjunto de cámaras sigue al objetivo y, cuando el operador da la orden, el láser concentra energía sobre el dron hasta dañarlo y prenderlo fuego. El sistema no emite luz visible ni genera estampidos. Quien está en el suelo solo ve al dron empezar a arder y caer.
La gran ventaja está en algo muy prosaico. Con un láser, la “munición” es la electricidad. En un contexto en el que cada misil de defensa aérea cuesta muchísimo más que un dron kamikaze de bajo coste, usar energía en lugar de interceptores físicos puede aliviar una guerra de desgaste económico que Ucrania llevaba perdiendo en el cielo.
Proteger la luz en casa frente a los drones
Aquí entra la parte que notan los ciudadanos en su vida diaria. En la mayor ofensiva de este año contra la red eléctrica ucraniana, Rusia lanzó 447 objetivos aéreos, entre drones y misiles. Dos centrales térmicas resultaron dañadas, así como líneas de muy alta tensión críticas para el sistema nacional. El Gobierno se vio obligado a activar hasta cinco fases de emergencia por cortes de suministro y a reducir temporalmente la producción nuclear para estabilizar la red.
Traducido a la vida cotidiana, eso son hogares a oscuras, hospitales tirando de generadores y empresas paradas. Y cada vez que se dispara un misil caro contra un dron barato, la factura sube un poco más.
En este contexto, Sunray no es solo un invento llamativo. Es un intento de reequilibrar la balanza y hacer viable, también económicamente, la defensa de las ciudades y de la infraestructura energética de Ucrania frente a los ataques rusos.
Una defensa en capas: Sunray, P1‑Sun y SEEDIS
El láser no trabajará solo. Kiev aspira a desplegar una defensa en capas que combine Sunray con interceptores no tripulados de bajo coste.
Uno de ellos es el dron P1‑Sun, desarrollado por la empresa ucraniana SkyFall. Este interceptor, con fuselaje modular impreso en 3D, está optimizado para cazar Shahed. Puede superar los 300 kilómetros por hora, subir hasta unos 5.000 metros y permanecer en el aire más de 15 minutos, suficiente para interceptar drones de ataque de corto alcance.
Según datos recientes de la compañía, el coste ronda los 1.000 dólares por unidad y ya ha derribado más de 1.000 objetivos, incluidos alrededor de 700 Shahed. Es decir, un interceptor con precio de moto de segunda mano que se fabrica en serie y que permite reservar los misiles caros para amenazas mayores.
El otro pilar de este escudo es SEEDIS, un interceptor autónomo presentado por la firma System Electronic Export en colaboración con la asociación NAUDI en el World Defense Show de Riad. (oboronka.mezha.ua)
SEEDIS forma parte del ecosistema “Krechet”, que integra radares y lanzadores en una misma red. Cuando un dron enemigo se acerca a la zona protegida, el sistema asigna automáticamente un interceptor y ordena el lanzamiento sin necesidad de piloto FPV. Tras un despegue vertical, el dron acelera hasta unos 320 kilómetros por hora, con una velocidad de crucero cercana a 190, y guía el ataque mediante cámaras diurnas o nocturnas y un sistema de inteligencia artificial capaz de identificar objetivos a entre 500 y 1.000 metros.
En la práctica, SEEDIS funciona como un “misil inteligente reutilizable” dentro de una red de defensa más amplia, pensado para proteger sobre todo infraestructuras críticas frente a enjambres de drones de baja cota.
El reloj corre más rápido que la política
Todo este esfuerzo tecnológico tiene un trasfondo muy simple. Como explicaba Pavlo Yelizarov, responsable de defensa aérea de Kiev, muchas empresas occidentales trabajan por contratos y márgenes, mientras que las ucranianas lo hacen con un componente adicional que él resume en una frase muy cruda, “la necesidad de sobrevivir”.
En el fondo, el escudo láser Sunray y la familia de interceptores P1‑Sun y SEEDIS buscan algo más que derribar drones. Pretenden que las sirenas de alarma suenen menos, que los cortes de luz no marquen el ritmo del día a día y que el país pueda mantener su red energética sin recurrir sin descanso a generadores diésel y reparaciones de emergencia.
Queda por ver si el prototipo Sunray se comporta igual de bien en un invierno real de ataques masivos que en las demostraciones controladas. Pero el mensaje es claro. Ucrania intenta ganar no solo en el frente, también en la “economía del cielo”, donde cada euro y cada kilovatio cuentan.
El reportaje de referencia que reveló el desarrollo de Sunray y su papel en esta nueva defensa aérea se ha publicado en la revista The Atlantic.












