Un equipo de geólogos de la Universidad de Toronto y la Universidad de Ottawa ha puesto el foco en un recurso que hasta hace poco parecía más una rareza subterránea que una opción real para la transición energética. Se trata del hidrógeno blanco, un gas que se forma de manera natural en ciertas rocas y que ahora ha sido medido durante años en una mina en funcionamiento del norte de Ontario, en Canadá.
La cifra que más llama la atención es sencilla de entender. Según los investigadores, las perforaciones de este único emplazamiento podrían liberar más de 140 toneladas de hidrógeno al año, con un potencial energético de unos 4,7 millones de kilovatios hora anuales. Eso bastaría para cubrir las necesidades de más de 400 hogares durante un año. No es poca cosa.
Qué han encontrado en Canadá
El hallazgo no consiste en una bolsa de gas descubierta por casualidad y lista para explotarse mañana. Lo importante es que el equipo ha medido la presencia, la concentración y la acumulación a largo plazo de hidrógeno natural en rocas muy antiguas del Escudo Canadiense, una de las grandes formaciones geológicas del planeta.
Los científicos analizaron 35 perforaciones alrededor de la mina, algunas a profundidades de hasta 2,9 kilómetros. En varios puntos, las mediciones se mantuvieron durante años para comprobar si el gas seguía saliendo o si era solo una descarga puntual. Y ahí está la clave. El flujo no parecía un simple «eructo» geológico.
En la práctica, esto significa que el hidrógeno se estaba generando, acumulando y liberando de forma sostenida. Para cualquier fuente energética, esa palabra importa mucho. Sostenida. Porque una cosa es encontrar gas durante unos días y otra muy distinta es comprobar que puede seguir apareciendo durante una década o más.
Por qué se llama hidrógeno blanco
El hidrógeno blanco es hidrógeno natural. No se fabrica en una planta industrial, sino que se produce bajo tierra por reacciones químicas entre ciertos minerales y el agua que circula por las rocas. Dicho de forma sencilla, la geología hace parte del trabajo que normalmente haría una fábrica.
Esto lo diferencia del hidrógeno gris, que suele obtenerse a partir de gas natural y genera emisiones de CO2. También es distinto del hidrógeno verde, que se produce usando electricidad renovable para separar el agua, pero que todavía puede resultar caro y necesita infraestructura para transporte y almacenamiento.
¿Significa esto que el hidrógeno blanco vaya a sustituir de golpe a todas las fuentes de energía? No. Sería exagerado decirlo así. Pero sí abre una puerta interesante, sobre todo si aparece justo donde ya hay actividad minera, demanda energética y problemas para llevar combustible desde muy lejos.
La cifra de los 400 hogares
Cada perforación del emplazamiento libera, de media, unos 0,008 toneladas de hidrógeno al año, alrededor de 8 kilos. A primera vista parece poco. Es más o menos el peso de una batería de coche de tamaño medio, según la comparación usada por la Universidad de Toronto.
Pero la escala cambia la historia. Al extrapolarlo a las casi 15 000 perforaciones del sitio, el resultado supera las 140 toneladas anuales de hidrógeno. Traducido a energía, los autores hablan de unos 4,7 millones de kilovatios hora al año, suficiente para más de 400 hogares.
La comparación ayuda, pero conviene no confundirla con una promesa comercial inmediata. Para que ese hidrógeno acabe encendiendo luces, moviendo maquinaria o reduciendo el uso de diésel, antes hay que capturarlo, almacenarlo, hacerlo seguro y comprobar que el coste sale a cuenta. La factura de la luz no cambia solo por encontrar gas bajo tierra.
La mina puede ser parte de la solución
Lo más interesante del estudio es la conexión con la minería. Los investigadores señalan que el hidrógeno natural aparece en los mismos entornos geológicos donde Canadá ya extrae o busca minerales como níquel, cobre, diamantes, litio, helio, cromo o cobalto. Es decir, no hablamos de lugares completamente desconectados de la industria.
Oliver Warr, coautor del trabajo y profesor de la Universidad de Ottawa, lo resumió con una frase muy directa: «El vínculo común es la roca». Esa idea cambia bastante el enfoque. Si el hidrógeno está cerca de minas que ya consumen mucha energía, quizá no haga falta moverlo miles de kilómetros.
En zonas remotas del norte de Canadá, transportar combustible puede ser caro, lento y contaminante. Camiones, largas distancias, frío extremo y dependencia del diésel. Por eso, una fuente local de hidrógeno podría servir primero para usos muy concretos, como reducir costes y emisiones en explotaciones mineras o comunidades aisladas.
No todo está resuelto
El descubrimiento es prometedor, pero aún no convierte al hidrógeno blanco en una solución masiva. Falta saber cuántos lugares similares existen, qué cantidad real puede recuperarse sin problemas y cómo se comportan estos depósitos cuando se intenta aprovecharlos de forma continua.
También hay preguntas técnicas importantes. ¿Cómo se captura el gas de forma segura? ¿Cuánto cuesta acondicionarlo? ¿Qué impacto tendría sobre el agua subterránea y la actividad minera? ¿Podría agotarse más rápido de lo previsto si se escala la extracción? Son preguntas incómodas, pero necesarias.
Los propios autores hablan de una nueva vía de exploración, no de una energía milagrosa. Y ese matiz importa. El hidrógeno blanco podría ayudar a descarbonizar algunos usos industriales, pero no elimina la necesidad de ahorrar energía, desplegar renovables y reducir el consumo de combustibles fósiles donde ya existen alternativas.
Un nuevo mapa bajo tierra
Hasta ahora, el hidrógeno blanco había estado más ligado a investigaciones sobre microbios subterráneos y vida en ambientes profundos que a la economía energética. La novedad es que este trabajo aporta mediciones directas y prolongadas, no solo modelos teóricos sobre lo que podría haber bajo la corteza terrestre.
Barbara Sherwood Lollar, autora principal del estudio, lo planteó así: «Los datos de este estudio sugieren que hay oportunidades críticas sin explotar para acceder a una fuente nacional de energía rentable producida por las rocas bajo nuestros pies». También señaló que podría apoyar polos industriales locales y reducir la dependencia de combustibles basados en hidrocarburos.
En el fondo, lo que Canadá acaba de mostrar es una pista. Quizá algunas minas no solo escondan metales, sino también parte del combustible limpio que esas mismas regiones necesitan. Todavía queda mucho por comprobar, pero el mapa energético acaba de ganar una capa nueva bajo tierra.
El estudio completo ha sido publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences.












