Un equipo de investigadores de Northwest Institute of Nuclear Technology ha presentado un generador de pulsos capaz de alimentar armas de microondas de alta potencia con un nivel que hasta ahora sonaba a ciencia ficción. El dispositivo, bautizado TPG1000Cs, entrega picos de hasta 20 gigavatios durante un minuto completo y está pensado para integrarse en sistemas que puedan interferir o dañar satélites en órbita baja, incluidas constelaciones comerciales como Starlink, según medios chinos y el propio artículo científico.
Qué han construido realmente los científicos chinos
El estudio, firmado por Wang Gang y su equipo, describe un generador de potencia pulsada de tipo Tesla. En palabras sencillas, es el “corazón eléctrico” que alimenta un cañón de microondas. El TPG1000Cs utiliza un aceite aislante especial y una línea de formación de pulsos de doble anchura para comprimir la energía y dispararla en ráfagas muy cortas.
Según los datos publicados, el sistema alcanza un pico de 20 GW durante pulsos de unos 50 nanosegundos, puede repetirse hasta 50 veces por segundo y se ha probado funcionando un minuto seguido con unas 200 000 descargas estables. Todo ello en un chasis de unos 4 metros de largo, 1,5 de ancho y 1,5 de alto con una masa cercana a las 5 toneladas, dimensiones compatibles con el montaje en camiones, buques o plataformas aéreas.
Hasta ahora, la mayoría de fuentes de potencia para armas de microondas de este tipo eran mucho más voluminosas y solo aguantaban unos pocos segundos antes de calentarse en exceso o agotar la energía almacenada. El salto está en la duración y en lo compacto del conjunto.
De la teoría al blanco en el cielo
Ni el artículo ni el instituto citan objetivos concretos, pero varios análisis chinos calculan que una fuente de alrededor de 1 GW situada en tierra podría ya interferir sistemas electrónicos de satélites en órbita baja. El TPG1000Cs multiplica por veinte esa cifra y se presenta como la base de un posible “mata satélites”. Algunos medios locales lo han resumido con una etiqueta llamativa “la peor pesadilla de Starlink”.
Las armas de microondas no perforan ni explotan como un misil. Su función es inundar los circuitos con energía electromagnética hasta que fallan. Si se usan de forma “limpia” podrían desactivar un satélite sin generar una nube de chatarra espacial como la que provocan los ensayos antisatélite con misiles. En la práctica, los efectos reales dependerían de la distancia, la orientación y del blindaje electrónico de cada aparato, algo que por ahora sigue en el terreno de la simulación y no de las pruebas públicas.
Por qué esto importa a quienes se preocupan por el clima y las renovables
Llegados a este punto, la pregunta lógica es sencilla. ¿Qué pinta un cañón de microondas en un medio que habla de medio ambiente y sostenibilidad?
Hoy muchos de los datos que usamos para hablar de cambio climático, deshielo, subida del nivel del mar o pérdida de bosques llegan de satélites que vigilan la Tierra las veinticuatro horas. La propia Agencia Espacial Europea (ESA) destaca que estas misiones ofrecen pruebas claras de cómo cambia el clima y guían decisiones políticas y económicas.
Además, los satélites ayudan a localizar los mejores emplazamientos para parques solares y eólicos, medir vientos y radiación, supervisar presas hidroeléctricas o planificar redes eléctricas más inteligentes. Diferentes informes de la ESA y de operadores energéticos europeos subrayan que esa observación desde el espacio facilita la integración de las renovables en la red y reduce riesgos en un sistema cada vez más dependiente del tiempo que haga mañana.
En resumen, sin “ojos” y “nervios” en órbita, la transición energética se vuelve más ciega y la factura de la luz es más vulnerable a fenómenos extremos que ya conocemos bien.
Un entorno orbital cada vez más frágil
El problema es que el entorno donde operan esos satélites es finito. Los informes recientes sobre el entorno espacial de la ESA describen la órbita baja como un recurso limitado, donde grandes constelaciones comerciales han elevado la densidad de objetos activos hasta niveles comparables a los de los propios desechos espaciales.
A la vez, estudios de Massachusetts Institute of Technology (MIT) y otros centros apuntan a que el aumento de gases de efecto invernadero enfría y contrae las capas altas de la atmósfera. Esto reduce el rozamiento y hace que los restos desatélites permanezcan más tiempo en órbita, aumentando el riesgo de colisiones en cadena.
En ese contexto, introducir sistemas pensados para desactivar o inutilizar satélites añade otra capa de presión sobre un entorno que ya está al límite. Incluso si una arma de microondas no rompe físicamente un satélite, un fallo masivo en constelaciones clave en plena ola de calor, inundación o incendio forestal tendría un coste directo en vidas y en daños económicos en la superficie.
Starlink, entre el acceso a internet y la huella en el cielo
La constelación de SpaceX, fundada por Elon Musk, se ha convertido en el símbolo de esta nueva era. Por un lado, ofrece conectividad en zonas rurales y ha demostrado su utilidad en emergencias y conflictos, donde mantener la comunicación puede ser vital. Por otro, astrónomos yorganizaciones científicas alertan de problemas crecientes de contaminación lumínica y de radio debido al brillo y las emisiones de las miles de unidades en órbita.
Que una parte del mundo vea a Starlink como herramienta para el desarrollo y otra como amenaza para el cielo nocturno ya era un debate complejo. Añadir la etiqueta de potencial objetivo militar eleva todavía más la tensión sobre cómo gestionamos el espacio como bien común.
Tecnología que corre más rápido que las normas
Las armas de energía dirigida se presentan a menudo como alternativa “menos sucia” a los misiles antisatélite, precisamente porque pueden evitar toneladas de chatarra. Sin embargo, la comunidad científica y organismos internacionales como la Oficina de Naciones Unidas para Asuntos del Espacio Ultraterrestre insisten en que cualquier capacidad de negación de servicios en órbita debe encajar en marcos de responsabilidad y transparencia que hoy quedan cortos.
En la práctica, el desarrollo del TPG1000Cs muestra que la carrera tecnológica para controlar lo que ocurre en la órbita baja avanza más deprisa que las reglas que deberían proteger tanto a los satélites ambientales como a las constelaciones comerciales. Y eso, tarde o temprano, afecta a la calidad de la información climática, a la estabilidad de las redes renovables y a la seguridad de millones de personas que ya dependen de datos que llegan “desde arriba”.
Al cierre, el desarrollo de este generador de potencia, descrito en el artículo científico “Development of a 20 GW compact lightweight Tesla-transformer pulsed power driver”, se ha publicado en la revista revisada por pares High Power Laser and Particle Beams.









