Hay descubrimientos que no llegan desde una expedición, sino desde una estantería. La WHOI ha identificado lo que podría ser la grabación preservada más antigua de una ballena, un canto de ballena jorobada captado el 7 de marzo de 1949 cerca de Bermudas.
Lo sorprendente no es solo la voz del animal, también el “ruido de fondo” del propio mar. Ese audio funciona como una foto sonora de un océano mucho más silencioso que el actual, justo lo que hace falta para entender cómo el tráfico marítimo y la actividad industrial están cambiando la vida bajo el agua.
Una cápsula sonora de 1949
La historia empieza a bordo del buque de investigación R/V Atlantis, cuando los científicos probaban sistemas de sonar y realizaban experimentos acústicos en colaboración con la Oficina de Investigación Naval de Estados Unidos. En aquel momento muchas señales eran un misterio, pero alguien decidió grabarlas y guardarlas.
El canto quedó registrado en un disco de audógrafo Gray Audograph, un aparato de dictado que “rayaba” el sonido sobre discos finos de plástico en lugar de usar cintas. Ese material, junto con una buena conservación, hizo posible que el audio llegara hasta hoy.
Ashley Jester, directora de datos de investigación y servicios bibliotecarios de WHOI, lo resume con una idea sencilla. «Estos discos sobrevivieron por su material y por una preservación cuidadosa», explica, y recuerda que detrás hay una cadena de curiosidad que va de quienes registraron sonidos inexplicables a quienes hoy los digitalizan.
Cuando el océano era más silencioso
En el comunicado de WHOI, la bioacusticista marina Laela Sayigh lo dice sin rodeos. «Datos de ese periodo simplemente no existen en la mayoría de los casos», señala, y eso convierte a esta grabación en un punto de referencia raro para mirar atrás con rigor.
En la práctica, ese “antes” importa porque el océano se ha llenado de fuentes de ruido constantes, sobre todo de barcos. Un trabajo científico de Tyack ya advertía de que el ruido de fondo asociado al tráfico marítimo ha aumentado entre 10 y 100 veces en ciertas bandas de baja frecuencia, justo donde también se mueven llamadas de grandes ballenas.
Escuchar para proteger a las ballenas
Hoy el trabajo no se limita a poner un micrófono en el agua. WHOI explica que se apoya en boyas acústicas pasivas, hidrofonos autónomos y planeadores marinos para “escuchar” el océano durante semanas o meses.
Esa escucha sirve para dos cosas a la vez. Permite detectar ballenas donde no se ven y también medir cómo cambian los paisajes sonoros con el paso del tiempo. Y eso se nota cuando los barcos se multiplican en una ruta.
Peter Tyack, investigador emérito de WHOI, lo plantea así. «Las grabaciones submarinas son una herramienta poderosa para entender y proteger poblaciones vulnerables», dice, y añade que también permiten seguir el efecto del ruido del transporte marítimo y de actividades industriales en cómo las ballenas se comunican, navegan y sobreviven.
El ruido no solo molesta, también cambia conductas
A veces pensamos en contaminación y nos vienen a la cabeza plásticos o vertidos, pero el sonido también es una presión ambiental. Para una ballena, el oído es brújula, mapa y teléfono, y si el canal se llena de interferencias, todo se complica.
Los estudios sobre bioacústica llevan años describiendo efectos como el enmascaramiento de señales y cambios en patrones de comunicación. En 2021, un trabajo en Frontiersin Marine Science calculó que incluso un solo barco de avistamiento podía reducir el “espacio de comunicación” del canto de una ballena jorobada, con estimaciones que llegaban hasta un 63% en su caso de estudio.
Qué se puede hacer para bajar el volumen
La buena noticia es que no todo depende de inventar una tecnología futurista. En muchos casos, bajar la velocidad de los buques reduce el ruido que generan, y además suele recortar consumo de combustible y emisiones de CO2. No es poca cosa.
Hay ejemplos prácticos. La NOAA ha descrito cómo un programa voluntario de reducción de velocidad en el noroeste del Pacífico consiguió reducir aproximadamente a la mitad los niveles de sonido que llegaban a las ballenas en la zona, en frecuencias relevantes para su vida diaria.
A nivel internacional, la Organización Marítima Internacional (IMO) ya tiene guías revisadas para reducir el ruido radiado bajo el agua por los barcos, y ha puesto en marcha una fase de “aprendizaje” para reunir experiencia y mejores prácticas hasta 2026. No es una varita mágica, pero marca un camino para que navieras, diseñadores y puertos empiecen a tomarse en serio una contaminación que no se ve, pero se oye.
La grabación de 1949 es un recordatorio incómodo y útil. Si queremos mares con más vida, también tendremos que dejarles algo de silencio.
La nota de prensa oficial ha sido publicada por la Woods Hole Oceanographic Institution.










