En uno de los rincones más secos y fríos del planeta, las llamadas Cataratas de Sangre parecen un corte rojo en el hielo blanco. Este curioso manantial, que brota del glaciar Taylor en los Valles Secos de McMurdo en la Antártida, vuelve a estar en el foco de la ciencia. Un nuevo trabajo publicado en la revista Antarctic Science confirma que la presión del propio glaciar bombea hacia la superficie una salmuera subterránea rica en hierro, lo que ayuda a explicar por fin cómo y cuándo “sangra” el hielo.
Para quien ve una foto en redes, la pregunta es sencilla. ¿Por qué el hielo “sangra” y por qué el agua no se congela a casi veinte grados bajo cero? La respuesta, poco a poco, se va componiendo como un puzle en el que se mezclan geología, física del hielo, química del hierro y hasta microbiología.
Un río de agua de mar antigua bajo el glaciar
Las Cataratas de Sangre aparecen en el frente del glaciar Taylor, en los Valles Secos de McMurdo, una zona tan árida que a menudo se describe como un desierto polar. Allí, el agua rojiza cae sobre el hielo y acaba en el lago Bonney, un lago muy salado cubierto de hielo.
El fenómeno se conoce desde 1911, cuando el geólogo australiano Thomas Griffith Taylor lo describió por primera vez. Al principio se pensó en algas rojas, pero las investigaciones posteriores mostraron que el color procede de hierro que se oxida al contacto con el aire, igual que se oxida una barandilla cuando se deja a la intemperie.
Ese hierro viaja disuelto en una salmuera muy concentrada que procede de un antiguo cuerpo de agua marina atrapado bajo el glaciar desde hace millones de años. Su salinidad es tan alta que el punto de congelación baja mucho, de forma parecida a cuando se echa sal en una carretera helada. Eso permite que el agua siga líquida incluso con temperaturas del aire en torno a los menos 17 grados.
Además, estudios previos han mostrado que esa salmuera se escurre por un sistema de grietas y canales dentro del hielo y que no solo sale por las Cataratas de Sangre. También se infiltra al lago a lo largo de todo el frente del glaciar, donde crea capas de agua más fría y densa en profundidad.
Qué aporta el nuevo estudio
Lo que seguía sin estar claro era el “motor” físico. Es decir, qué mecanismo hace que, solo algunas veces, el glaciar libere un pulso de agua roja visible, mientras el resto del sistema permanece escondido bajo el hielo.
El nuevo trabajo se centra en un episodio registrado en 2018, cuando coincidieron tres tipos de mediciones. Un GPS instalado sobre el glaciar, una cadena de sensores de temperatura en el lago Bonney y una cámara de fotos de alta frecuencia apuntando directamente a las Cataratas de Sangre.
Al analizar juntos esos datos, el equipo vio algo llamativo. Durante aproximadamente un mes se produjeron varios pulsos de salmuera desde el interior del glaciar. En ese periodo, la superficie del hielo se hundió unos milímetros, la velocidad del glaciar se redujo ligeramente y en el lago apareció una anomalía fría a la profundidad donde entra el agua salada.
La interpretación de los autores es que el peso y el movimiento del glaciar comprimen la salmuera subglacial y elevan su presión. Cuando esa presión se acumula lo suficiente, se abren pequeñas vías de escape en el hielo. Entonces la salmuera sube por grietas internas, llega a la superficie, se oxida y tiñe de rojo el frente del glaciar. Al liberarse parte de esa presión, el hielo se relaja un poco y el glaciar avanza más despacio, como si ese “chorro” actuara como un pequeño freno hidráulico del sistema. Esto significa que el glaciar respira. Se carga de presión por abajo, se abre, “sangra” y se reajusta.
Un laboratorio natural para el clima y la vida
Aunque el espectáculo visual se limite a una lengua roja sobre el hielo, el fondo de la historia va bastante más allá. Cada pulso de salmuera fría y rica en sales altera la estratificación del lago y puede cambiar cómo se reparten nutrientes como el hierro y el azufre. Esto afecta a las comunidades microbianas que viven en esas aguas oscuras y saladas, que ya se sabe que forman un ecosistema muy particular basado en reacciones químicas y no en la luz del sol.
Los autores del estudio subrayan que estos eventos conectan de forma directa la dinámica del glaciar, la hidrología oculta bajo el hielo y los procesos ecológicos del valle. Y recuerdan que sus datos proceden solo de una estación GPS, una cámara y una cadena de sensores. Es decir, que aún sabemos muy poco sobre cuántas veces “late” realmente este sistema y cómo podría cambiar en un planeta que se calienta.
La gran incógnita ahora es esa. Si el clima sigue alterando la temperatura del aire, la circulación del océano y el balance de masa de los glaciares, ¿aumentará la frecuencia de estos drenajes de salmuera o se volverán más raros? Hoy por hoy no se puede responder con seguridad. Lo que sí parece claro es que lugares como los Valles Secos de McMurdo funcionan como un laboratorio natural donde aprender cómo reaccionan los glaciares fríos, el agua escondida bajo el hielo y la vida que depende de todo ello.
El estudio “Glacier surface lowering and subglacial outflow coincide with Blood Falls discharge in the McMurdo Dry Valleys” se ha publicado en la revista Antarctic Science.










