En el valle de Yungay (norte de Chile) uno de los puntos más extremos del desierto de Atacama, investigadores hallaron una comunidad microbiana viable a más de 4 metros de profundidad. El dato no es solo la profundidad, sino el contexto (en la superficie, el paisaje es tan seco y salino que durante años se usó como “análogo de Marte” para probar límites de habitabilidad).
El estudio se apoyó en un enfoque pensado para separar “señal de vida” de “ruido de ADN antiguo” (extracción de ADN intracelular y secuenciación de 16S rRNA en muestras de un pozo excavado hasta 4,20 m). Con esa lupa, el equipo detectó una comunidad que reaparece en capas profundas cuando cambian las condiciones geoquímicas del suelo, lo que sugiere un subsuelo con microhábitats más variados de lo que se ve desde arriba.
No es magia, es geología que “administra” el agua
El hallazgo tiene un giro interesante (no todo el perfil del suelo es igualmente hospitalario). En sedimentos tipo “playa” la biomasa disminuye con la profundidad a medida que aumentan las sales solubles, hasta un tramo donde la colonización parece frenarse. Más abajo, en depósitos del abanico aluvial, las comunidades vuelven a aparecer y una hipótesis clave es que el yeso puede aportar agua utilizable, funcionando como una especie de reserva mineral en un lugar donde el agua líquida casi no existe.
Esto también ayuda a entender por qué el subsuelo puede ser “más vivo” que la superficie (abajo hay menos radiación ultravioleta, temperaturas más amortiguadas y una química distinta). En un desierto hiperárido, esa combinación puede marcar la diferencia entre un suelo estéril y uno con actividad biológica lenta pero persistente.
Una comunidad antigua que sobrevivió a un cambio climático local
Los autores plantean que parte de esta biota pudo establecerse hace unos 19.000 años, durante un periodo más húmedo que habría facilitado la colonización inicial y luego quedó “sellada” bajo condiciones cada vez más secas. No se trata de un jardín subterráneo exuberante, sino de una comunidad adaptada a escasez extrema, con estrategias para aguantar sales, falta de nutrientes y pulsos mínimos de humedad.
En cuanto a quiénes mandan allí abajo, destacan grupos bacterianos que suelen aparecer en ambientes duros, entre ellos actinobacterias. El mensaje de fondo es potente (si existe una biosfera funcional en un sitio que parecía “muerto” en la superficie, la frontera de lo habitable se mueve, y eso reordena tanto la ecología del subsuelo como algunas ideas de astrobiología).
Por qué este descubrimiento importa más allá del desierto
Para la ciencia del suelo, el Atacama funciona como una prueba de estrés (si allí hay nichos, probablemente los hay en muchos otros lugares que no hemos excavado con suficiente detalle). Para la exploración planetaria, la lección es práctica (si buscamos vida en mundos secos, quizá debamos priorizar minerales y capas que gestionen humedad, no solo “la superficie”).
El estudio oficial ha sido publicado en PNAS.







