La Nebulosa del Anillo, ese pequeño aro de colores que muchos aficionados buscan en la constelación de Lyra, acaba de dar una sorpresa mayúscula. Un equipo europeo ha descubierto en su corazón una estructura estrecha hecha casi por completo de hierro muy caliente y cargado eléctricamente. Una especie de “barra” invisible hasta ahora que obliga a replantear qué ocurre cuando una estrella parecida al Sol muere.
Para situarnos. La Nebulosa del Anillo es una nebulosa planetaria, el envoltorio de gas que dejó una estrella cuando agotó su combustible nuclear y expulsó sus capas externas al espacio hace unos 4000 años. Está a unos 2600 años luz de la Tierra y se ha convertido en un laboratorio para estudiar el futuro del Sol y el reciclaje de elementos como el carbono y el nitrógeno, fundamentales para la vida en nuestro planeta.
Lo llamativo del nuevo trabajo no es solo lo que han encontrado, sino cómo lo han visto. En lugar de tomar “simplemente” imágenes, los astrónomos han utilizado WEAVE, un instrumento recién instalado en el telescopio William Herschel, de 4,2 metros, en el Observatorio del Roque de los Muchachos en La Palma. Su modo LIFU reúne cientos de fibras ópticas que permiten obtener un espectro completo en cada punto de la nebulosa. Es como pasarle un escáner de luz a todo el objeto, píxel a píxel, para saber qué elementos hay y cómo se mueven.
Al procesar esos datos apareció algo que nadie esperaba. En el centro de la cavidad interior, los investigadores vieron una nube muy delgada con forma de barra que solo brilla en líneas de hierro muy ionizado. Su longitud es gigantesca, unas 500 veces el tamaño de la órbita de Plutón alrededor del Sol, y la cantidad total de hierro que contiene se aproxima a la masa del planeta Marte. Dicho de otra manera, una “barra de hierro marciano” estirada a una escala que cuesta imaginar dentro de una nebulosa que creíamos conocer bastante bien.
Ese hierro no se comporta como el resto del gas. El estudio muestra que las líneas de emisión que delatan al hierro pertenecen a estados muy ionizados, asociados a átomos a los que les faltan varios electrones, y que ninguna otra especie química en la nebulosa dibuja la misma forma ni comparte exactamente la misma velocidad radial. Es una firma limpia, concentrada en esa barra y solo en esa barra, lo que refuerza la idea de que se trata de una estructura física distinta y no de un simple efecto óptico.
La gran pregunta es de dónde ha salido algo así. El propio equipo propone dos escenarios principales. Uno sugiere que la barra forma parte de una fase poco conocida del proceso en el que la estrella central expulsó sus capas. En la práctica, sería una pista nueva sobre cómo “sopla” una estrella moribunda y cómo distribuye los elementos pesados en el espacio. El otro escenario es más sugerente para quien piensa en planetas. El hierro podría ser el rastro superestirado de un planeta rocoso que fue engullido y vaporizado cuando la estrella se hinchó antes de convertirse en nebulosa.
Por ahora no hay forma de elegir entre ambas opciones. El análisis comparado con datos del telescopio James Webb apunta a que en esa zona podría estarse destruyendo parte del polvo, que es donde suele esconderse el hierro en estas nebulosas. Pero los autores señalan que no se detectan aún las ondas de choque rápidas ni el gas extremadamente caliente que se esperaría si el proceso fuera muy violento, lo que complica el rompecabezas.
Aquí es donde la historia conecta con nuestro propio vecindario. Las nebulosas planetarias como la del Anillo son el tipo de objeto en el que acabará el Sol dentro de unos miles de millones de años según los modelos actuales. Si la barra de hierro procede de un antiguo planeta rocoso, estaríamos viendo una posible versión extrema del destino que podrían correr mundos interiores como la Tierra cuando su estrella se convierta en gigante roja. No es un aviso inmediato, pero sí un recordatorio de que también los sistemas planetarios tienen fecha de caducidad.
Además, estas nebulosas son una pieza clave del ciclo cósmico de la materia. A través de ellas, las estrellas devuelven al espacio elementos como carbono, nitrógeno o hierro que luego formarán nuevas generaciones de estrellas, planetas y, con mucha suerte, ecosistemas. Saber si ese hierro procede de la propia estrella o de un planeta destruido ayuda a entender mejor cómo se reparten esos materiales y qué historias esconden las rocas de los futuros mundos habitables.
Los siguientes pasos ya están en marcha. El equipo planea nuevas observaciones con WEAVE a mayor resolución para comprobar si dentro de la barra se esconde también la huella de otros elementos y afinar los modelos sobre su origen. En paralelo, la comunidad astronómica quiere mirar a otras nebulosas similares para comprobar si la Nebulosa del Anillo es un caso único o si estas barras de hierro estaban ahí, esperando a instrumentos capaces de verlas.
Si algo deja claro este resultado es que incluso los objetos más famosos del cielo todavía guardan secretos. Y que parte de esas sorpresas se están desvelando desde unas islas del Atlántico que muchos asocian solo con turismo y playas, pero que también miran muy en serio al universo.
La nota de prensa oficial sobre este descubrimiento se ha publicado en la web de University College London con el título Mysterious iron ‘bar’ discovered in famous nebula.












