¿Puede una bacteria soportar el golpe de un asteroide, salir despedida de Marte y seguir viva? Un nuevo experimento de la Universidad Johns Hopkins apunta a que sí y reabre el debate sobre si la vida puede viajar entre planetas. Un equipo ha sometido a la extremófila Deinococcus radiodurans, aislada en desiertos de altura de Chile, a presiones de hasta casi 3 gigapascales (unas 30 000 veces la presión atmosférica), similares a las que sufren las rocas que se desprenden de Marte tras un gran impacto. A 1,4 GPa la supervivencia fue prácticamente total y a 2,4 GPa rondó el 60 por ciento.
El trabajo, publicado en la revista PNAS Nexus, recrea en laboratorio un pequeño “sándwich” de acero con las bacterias desecadas en medio y lo golpea con un proyectil disparado por un cañón de gas a cientos de kilómetros por hora. Durante apenas una fracción de segundo, las células soportan un pico de presión y luego los investigadores recuperan el material para contar cuántas siguen vivas y qué daños muestran.
Lo interesante no es solo que muchas sobreviven, sino cómo lo hacen. El análisis de su material genético mostró que las supervivientes activan de forma prioritaria mecanismos de reparación celular muy eficaces. En las pruebas de menor presión apenas se veía daño, mientras que a 2,4 GPa aparecían membranas rotas y estrés interno, aunque buena parte de las bacterias seguía siendo viable.
Esto refuerza la hipótesis de la litopanspermia, la idea de que la vida puede saltar de un mundo a otro “haciendo dedo” en fragmentos de roca. Las simulaciones indican que los fragmentos de Marte que consiguen escapar del planeta suelen experimentar presiones de hasta unos 5 GPa. Si un microbio tan resistente aguanta casi 3 GPa con una mortalidad relativamente baja, eso sugiere que algunos pasajeros microscópicos incrustados en el interior de las rocas podrían sobrevivir a todo el proceso de eyección.
La autora principal del estudio, Lily Zhao, lo resumía así “Hemos demostrado que es posible que la vida sobreviva a impactos y eyecciones a gran escala. Lo que esto significa es que la vida puede potencialmente moverse entre planetas. Puede que seamos marcianos”. Su compañero K. T. Ramesh añadía que quizá tengamos que ser “muy cuidadosos con qué planetas visitamos” cuando diseñamos misiones espaciales para evitar llevar nuestros microbios a lugares donde podrían instalarse sin permiso o traer de vuelta formas de vida que no entendemos bien.
Hay otro detalle que enlaza esta historia con Eco América. El microbio elegido está acostumbrado a entornos extremos como el desierto de Atacama, uno de los lugares más secos y radiados de la Tierra, considerado desde hace años un buen análogo de Marte. Proteger estos ecosistemas únicos no es solo una cuestión de biodiversidad local, también son laboratorios naturales que ayudan a entender cómo podría ser la vida en otros planetas y qué condiciones la hacen posible.
En el fondo, este tipo de investigaciones nos recuerda que la frontera entre “medio ambiente” y “espacio” es menos rígida de lo que parece. Si las bacterias pueden viajar entre mundos, la responsabilidad de no contaminar otros planetas se parece a la de no dejar basura en un parque natural. Los autores ya planean probar impactos repetidos y estudiar otros organismos, incluidos hongos, para ver hasta dónde llega la capacidad de adaptación de la vida microscópica.
El estudio completo, titulado en inglés “Extremophile survives the transient pressures associated with impact-induced ejection from Mars”, ha sido publicado en la revista PNAS Nexus.










