La guerra silenciosa por la electricidad se acaba de cobrar otra víctima en Estados Unidos. La fundición de aluminio de Hawesville, en Kentucky, que durante décadas produjo metal de alta pureza para aeronáutica y defensa, no volverá a arrancar. Su propietaria, Century Aluminum Company, ha vendido el complejo a TeraWulf Inc., que lo reconvertirá en un campus digital para computación de alto rendimiento e inteligencia artificial. La fábrica pesada se va, los servidores llegan.
Qué ha pasado exactamente
Hawesville dejó de producir en 2022, cuando el coste de la energía se disparó tras la invasión rusa de Ucrania. La idea inicial era un parón temporal, reabrir cuando bajara el precio de la luz. Ese momento nunca llegó y la planta se ha cerrado de forma definitiva. Era la segunda fundición más grande del país, con unas 252 000 toneladas anuales de capacidad y un papel clave en aleaciones de alta pureza.
El cierre reduce aún más la ya escasa base industrial de aluminio primario en el país. Quedan solo cinco plantas en funcionamiento y, según datos recientes del Servicio Geológico de Estados Unidos, alrededor de un 60 por ciento del aluminio que se consume allí llega del exterior.
Mientras tanto, la política comercial ha ido por otro camino. La administración Trump elevó el arancel a las importaciones de aluminio hasta el 50 por ciento, con la promesa de reactivar capacidad nacional y proteger empleos industriales. Pero ni siquiera un recargo así, que ha empujado el precio final para los compradores estadounidenses hasta unos 5300 dólares por tonelada, ha sido suficiente para salvar Hawesville frente al coste de la electricidad.
Aluminio frente a centros de datos
Aquí entra la pregunta incómoda. Qué tiene que ver todo esto con el clima y con la factura de la luz. Mucho más de lo que parece a primera vista.
Una fundición moderna necesita del orden de 13 a 15 megavatios hora de electricidad para producir una sola tonelada de aluminio primario. En la práctica, un gran complejo como el que se proyecta en Oklahoma, en colaboración con Emirates Global Aluminium, consume más energía que una ciudad del tamaño de Boston durante todo un año.
Los centros de datos tampoco se quedan atrás. En Estados Unidos ya absorben en torno al cuatro por ciento de toda la electricidad del país y los estudios apuntan a que podrían llegar a entre un 7 y un 12 por ciento a finales de esta década, impulsados por la explosión de la inteligencia artificial. En buena parte de los casos, además, las grandes tecnológicas están dispuestas a pagar precios muy superiores a los que puede asumir una planta de aluminio, incluso por encima de los 100 dólares por megavatio hora, mientras que la industria del aluminio calcula que necesita contratos estables a largo plazo por debajo de los 40 dólares para ser viable.
En el fondo, Hawesville ilustra una carrera por los mismos megavatios baratos que también se vive en Europa. La diferencia es que, esta vez, la IA ha llegado primero.
Impacto climático y riesgo de deslocalización
El aluminio es un metal clave para la transición ecológica. Está en las estructuras de los aerogeneradores, en los perfiles de los paneles solares y en los coches eléctricos. Pero producirlo desde mineral genera un coste climático muy elevado. A escala global, el sector del aluminio primario emite alrededor del dos por ciento de los gases de efecto invernadero del planeta, con una media de más de 10 toneladas de CO2 equivalente por cada tonelada de metal si la electricidad procede de combustibles fósiles.
Cuando una fundición como Hawesville cierra, la demanda de aluminio no desaparece. Simplemente se cubre con producción en otros países, muchas veces con redes eléctricas todavía más dependientes del carbón. El riesgo es que, en lugar de reducir emisiones en conjunto, solo las traslademos a otras regiones con normas ambientales más laxas. Los expertos lo llaman fuga de carbono. Y se nota.
Por eso, algunas patronales como European Aluminium llevan tiempo advirtiendo de que, sin electricidad abundante y limpia, ninguna planta de aluminio puede sobrevivir a largo plazo en el viejo continente.
Reciclaje y planificación energética
Hay una parte positiva. El aluminio se recicla indefinidamente y fundir chatarra consume cerca de un cinco por ciento de la energía que exige producir metal primario. Las emisiones también caen de forma drástica, pasando de valores en torno a las 16 toneladas de CO2 por tonelada de aluminio primario a aproximadamente medio tonelada cuando se trabaja con material reciclado.
En la práctica, esto significa que mejorar la recogida de latas, perfiles de construcción y piezas de automoción puede ahorrar enormes cantidades de energía y CO2, a la vez que reduce la presión sobre la red eléctrica. Es una de las palancas más rápidas para aliviar esa competencia entre industria pesada y centros de datos que ya se ve en Kentucky, pero también en muchas regiones con proyectos de gigafábricas y grandes nubes digitales.
Sin embargo, el reciclaje por sí solo no basta. La propia Aluminum Association recuerda que, aunque aumente la reutilización, seguirá siendo necesario cierto crecimiento de la producción primaria para atender la demanda de renovables y movilidad eléctrica.
La lección de Hawesville es doble. Por un lado, que las tarifas comerciales, por altas que sean, no sustituyen a una planificación seria de la oferta de energía limpia y asequible. Por otro, que la transición digital y la transición ecológica comparten la misma base física, que son megavatios y líneas eléctricas. Si no se ordena quién usa qué, cuándo y con qué impacto climático, el resultado son cierres, más importaciones y más emisiones en otro lugar.
La nota de prensa oficial sobre la venta de Hawesville y su reconversión en campus de infraestructuras digitales ha sido publicada por Century Aluminum Company.
Foto: Hawesville-Smelter













