Hace más de sesenta años, un joven geólogo francés decidió encerrarse en una cueva durante semanas, sin reloj, sin calendario y sin un solo rayo de luz natural. Lo que parecía una locura de explorador terminó convirtiéndose en el nacimiento de una nueva rama de la biología, la cronobiología humana, que hoy condiciona cómo dormimos, cómo trabajamos e incluso cómo se preparan los astronautas para viajar al espacio.
Puede sonar a historia lejana, pero en realidad habla de algo muy cotidiano. Ese cansancio raro después de varios turnos de noche, el jet lag tras un vuelo largo o las horas de móvil en la cama que te roban el sueño tienen un hilo en común. Están peleando contra un reloj interno que no deja de marcar el paso, incluso cuando no miramos la hora.
Un geólogo, una cueva y ningún reloj
En julio de 1962, Michel Siffre, entonces con 23 años, bajó a la cueva Scarasson, en los Alpes marítimos, a más de cien metros bajo tierra. Su idea inicial era estudiar el hielo y la geología del lugar, pero decidió quedarse allí más de dos meses, totalmente aislado de la luz del día y sin ninguna referencia de tiempo.
Las condiciones eran duras. Temperaturas cercanas al punto de congelación, humedad altísima y una rutina marcada solo por sus sensaciones internas. Siffre se comunicaba con el equipo de superficie por teléfono y les decía cuándo comía, cuándo se acostaba y cuándo creía que despertaba. Al salir, estaba convencido de que habían pasado poco más de treinta días. En realidad habían sido 63.
Ese desfase no fue un simple despiste. Mostró que, sin pistas externas, el cuerpo humano sigue un ritmo propio, ligeramente más largo que las 24 horas solares. Una década después, Siffre repitió la experiencia en Midnight Cave, en Texas, donde permaneció unos seis meses en aislamiento y llegó a organizar sus días internos en ciclos cercanos a 48 horas, algo así como un día despierto y medio día dormido.
El reloj maestro del cerebro
Mientras Siffre experimentaba en las profundidades, los laboratorios empezaban a localizar el centro de mando de ese reloj interno. Hoy sabemos que una pequeña estructura en el hipotálamo, el núcleo supraquiasmático, actúa como reloj maestro, coordinando casi todos los ritmos del organismo, desde el sueño hasta la temperatura corporal o ciertas hormonas, incluso cuando no hay luz que marque el día y la noche.
Este reloj central se sincroniza sobre todo con la luz que entra por los ojos, pero también con las horas de las comidas, la actividad física o los horarios laborales. En la práctica, eso significa que un turno de noche prolongado, cenas muy tardías o el brillo de las pantallas a medianoche no son detalles sin importancia. Son señales que pueden desajustar ese sistema que lleva millones de años afinándose con la salida y la puesta del sol.
Qué pasa cuando el reloj se desajusta
Los experimentos de Siffre ya apuntaban a algo inquietante. Con el paso de las semanas, aparecían problemas de memoria, cambios de ánimo y periodos de sueño extremadamente largos, en ocasiones de más de treinta horas seguidas. No era solo aburrimiento. Era el cerebro intentando reorganizarse sin un calendario externo que lo guiara.
Décadas después, los estudios de grandes cohortes han confirmado que la alteración crónica de los ritmos circadianos se asocia a más riesgo de depresión, deterioro cognitivo y enfermedades neurodegenerativas. Un trabajo en población del Biobanco del Reino Unido, con más de setenta mil participantes, encontró que quienes tenían ritmos más desordenados acumulaban más diagnósticos de trastornos del cerebro a lo largo de los años.
En buena parte, esto tiene que ver con la vida moderna. Turnos rotatorios, luz artificial intensa por la noche, ciudades que nunca se apagan, viajes rápidos entre husos horarios y pantallas que nos acompañan hasta la almohada. Todo suma pequeñas patadas al reloj interno. Y el problema es que ese reloj no controla solo el sueño. También influye en el metabolismo, en el sistema inmune y en la forma en que el cerebro se repara mientras dormimos.
De las cuevas al espacio y a tu dormitorio
Lo que empezó en una cueva húmeda terminó llegando al espacio. Las agencias espaciales utilizan hoy los principios de la cronobiología para planificar horarios de sueño, luz y trabajo en misiones de larga duración, tanto en la Estación Espacial Internacional como en simulaciones de viajes a Marte o bases antárticas. El objetivo práctico es sencillo. Que la mente y el cuerpo de los astronautas no se descoordinen en entornos sin amanecer ni atardecer.
Para el resto de nosotros, la lección es menos espectacular, pero muy concreta. Exponerse a luz natural por la mañana, mantener horarios de sueño más o menos regulares, cenar temprano siempre que se pueda y reducir el brillo de las pantallas en las horas previas a acostarse ayuda a que ese reloj interno funcione a favor y no en contra. No lo arregla todo, pero se nota.
Michel Siffre falleció en 2024 en Niza, pero su legado sigue vivo cada vez que un médico programa un tratamiento según la hora del día, una empresa revisa los turnos de noche o una agencia espacial diseña la iluminación de un módulo orbital. La próxima vez que mires la hora en plena madrugada quizá recuerdes que buena parte de lo que sabemos sobre ese cansancio viene de un hombre que decidió vivir sin reloj en el interior de una montaña.
El artículo de revisión que reúne gran parte de la evidencia sobre la relación entre los ritmos circadianos y los trastornos del cerebro se ha publicado en la revista Nature Reviews Neuroscience.







