Abrir el grifo, llenar una botella, regar una planta. Gestos tan normales que casi ni pensamos en ellos. Sin embargo, un nuevo estudio internacional advierte de que en las próximas décadas muchas regiones del planeta podrían acercarse a un escenario de “Día Cero”, ese momento en el que el agua disponible ya no alcanza para cubrir la demanda básica de ciudades, cultivos e industrias.
Un equipo de científicos ha calculado por primera vez cuándo y dónde podrían aparecer sequías extremas de este tipo, a las que llaman “Day Zero Drought” o “sequía de Día Cero”. No hablan solo de falta de lluvia. Hablan de algo más incómodo para la vida diaria, que es cuando coinciden varios factores a la vez durante años seguidos. Menos precipitación, ríos con caudales mínimos y un consumo de agua que no deja de crecer.
En la práctica, la imagen es fácil de imaginar. Embalses que bajan año tras año, ciudades que dependen cada vez más de un par de presas, agricultores que riegan más porque las olas de calor son más largas y, al fondo, una población urbana y rural que no deja de aumentar. El estudio calcula el “tiempo de primera aparición” de estas sequías extremas, es decir, la década en la que por primera vez el riesgo ya no se puede explicar solo por la variabilidad natural, sino que lleva claramente la huella del cambio climático provocado por el ser humano.
Los nuevos puntos calientes del agua
Los modelos climáticos señalan tres grandes zonas críticas que se repiten una y otra vez. La región mediterránea, el sur de África y partes de Norteamérica se consolidan como puntos calientes donde estas sequías de Día Cero tienen muchas probabilidades de emerger a lo largo de este siglo.
Para quien vive en un país mediterráneo, esta foto suena familiar. Veranos cada vez más largos y calurosos, menos días de lluvia en otoño e invierno, embalses que rozan niveles preocupantes y restricciones que se repiten. El estudio recuerda que ciudades como Ciudad del Cabo en 2018 o Chennai en 2019 estuvieron a punto de quedarse literalmente sin agua del grifo, pese a contar con grandes infraestructuras.
Según las simulaciones, alrededor de un tercio de las regiones vulnerables podrían ver aparecer su primera sequía de Día Cero ya entre las décadas de 2020 y 2030, es decir, en el presente y los próximos años, no solo al final de siglo. Para 2100, bajo un escenario de altas emisiones, hasta un 74 por ciento de las zonas propensas a sequía podrían enfrentarse a episodios de escasez extrema y persistente.
Cuánta gente se quedaría sin margen
La pregunta clave es quién pagará esa factura hídrica. El trabajo estima que hacia finales de siglo en torno a 750 millones de personas podrían estar expuestas a estas sequías de Día Cero, con un peso muy grande de la población urbana, cerca de 470 millones de habitantes de ciudades. El resto serían comunidades rurales, muchas de ellas dependientes de la agricultura de secano y del agua superficial de ríos y lagos.
Los autores llaman la atención sobre un dato que pasa un poco desapercibido cuando se habla de los grandes objetivos climáticos. El mayor número de personas expuestas aparece ya con un calentamiento global de alrededor de 1,5 grados respecto a la era preindustrial. Incluso cumpliendo el límite más ambicioso del Acuerdo de París, cientos de millones de personas seguirían viviendo con riesgo de quedarse sin agua suficiente en determinados periodos.
Además, en muchas regiones la duración de estos episodios es más larga que el tiempo que pasa entre uno y otro. Traducido, hay poco margen para recuperar embalses, acuíferos y ecosistemas antes de la siguiente sequía grave. Esa falta de respiro multiplica el impacto sobre la agricultura, la biodiversidad y la economía local.
Embalses al límite
El trabajo incorpora también el papel de los grandes embalses, clave para muchos países que dependen del agua regulada. Una de las conclusiones más inquietantes es que alrededor del 14 por ciento de los principales embalses del planeta podrían vaciarse durante su primer episodio de sequía de Día Cero, si la única fuente de recarga es un caudal fluvial muy reducido.
Los investigadores recuerdan que los embalses ayudan a amortiguar las sequías, pero también pueden generar una falsa sensación de seguridad. Una mayor capacidad de almacenamiento suele animar a aumentar el consumo. Cuando llegan varios años secos seguidos, la reserva baja más rápido de lo previsto. Y entonces ya no se trata de “subir un poco la tarifa” o de “pedir un esfuerzo a los hogares”. Se trata de decidir qué usos se priorizan y qué actividades se quedan temporalmente sin agua.
Qué proponen los científicos
El estudio no se limita a lanzar una alarma general. Los autores insisten en que todavía hay margen para reducir el riesgo mediante políticas de agua más proactivas. Hacen hincapié en mejorar la eficiencia en todos los sectores, desde el riego hasta la industria, diversificar las fuentes de suministro con medidas como la reutilización y la captación de agua de lluvia, y reforzar la gobernanza, con reglas claras y transparentes sobre quién usa cuánta agua y para qué.
En el día a día, esto se traduce en decisiones muy concretas. Cómo se diseñan las ciudades, cuánto se pierde en fugas, qué cultivos se fomentan en zonas secas, cuánto pesa la huella hídrica en los productos que consumimos. Son debates que ya están sobre la mesa en muchas regiones mediterráneas y que, según este trabajo, se van a volver todavía más urgentes.
El estudio científico en el que se basa esta información ha sido publicado en la revista Nature Communications.









