El telescopio James Webb pone fin al misterio: desvela qué son los “puntitos rojos” del universo primitivo

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Publicado el: 19 de enero de 2026 a las 11:08
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Ilustración del telescopio espacial James Webb en el espacio con sus espejos hexagonales dorados desplegados sobre el fondo estrellado.

Un trabajo en Nature propone que su brillo procede de núcleos en crecimiento envueltos en gas ionizado, un escenario que rebaja su masa estimada y aclara por qué apenas emiten rayos X

Los “puntitos rojos” que el Telescopio Espacial James Webb (NASA) viene detectando en el universo primitivo tienen, por fin, una explicación con más encaje físico que las hipótesis anteriores. Un equipo del Centro Cosmic Dawn del Instituto Niels Bohr (Universidad de Copenhagen) sostiene que estos objetos son agujeros negros supermasivos en una fase temprana, aún rodeados por un capullo de gas ionizado que filtra la radiación y enrojece su luz. La interpretación, publicada en Nature, reduce en torno a dos órdenes de magnitud la masa atribuida a muchos de ellos y los sitúa en el rango de entre unas 100.000 y 10 millones de masas solares.

Telescopio James Webb y los “little red dots” del universo temprano

Los “little red dots” (puntos rojos diminutos) aparecen en campos profundos del JWST como fuentes compactas y muy rojas en el infrarrojo, abundantes cuando el cosmos tenía del orden de 600 millones de años y mucho menos frecuentes hacia los 1.500 millones. La propia ESA resume este patrón temporal y destaca que, en varios casos, la espectroscopia disponible ya apuntaba a actividad de acreción en torno a un agujero negro, aunque el conjunto seguía siendo difícil de clasificar con los criterios habituales.

En los últimos meses, el fenómeno ha saltado también a la divulgación ambiental y científica en español, con artículos que describen el desconcierto inicial y las primeras pistas sobre su posible relación con núcleos activos muy tempranos.

Agujeros negros supermasivos jóvenes dentro de un capullo de gas ionizado

El nuevo trabajo se apoya en el análisis espectroscópico de decenas de estos objetos con instrumentos infrarrojos del JWST, y plantea una idea central. No es que falten señales de agujero negro, es que están “tapadas”. El equipo propone que una envoltura densa de gas ionizado reprocese la emisión y domine el espectro observable, al tiempo que atenúa la radiación en rayos X y en radio, dos bandas donde los agujeros negros activos suelen delatarse con claridad. Esa envoltura explicaría, a la vez, el color rojo intenso y el aparente “silencio” en otras longitudes de onda.

Darach Watson, uno de los autores, lo resume así. “Los little red dots son agujeros negros jóvenes, cien veces menos masivos de lo que se creía, envueltos en un capullo de gas que están consumiendo para crecer”, afirma. El calor generado por esa acreción brillaría a través de la envoltura y produciría el rasgo rojo característico.

Por qué esta solución importa para el origen de los primeros agujeros negros

El debate sobre los “puntitos rojos” estaba cargado de consecuencias. Si eran galaxias dominadas por estrellas, su luminosidad y compacidad tensaban los modelos. Si eran agujeros negros, sus masas parecían “demasiado grandes” para el tamaño de sus galaxias anfitrionas, y su baja emisión en rayos X seguía siendo un problema. El escenario del capullo cambia el reparto de pesos y energías. Con masas revisadas a la baja, estos objetos vuelven a entrar en un carril más compatible con la evolución estándar, sin necesidad de forzar tanto el crecimiento temprano.

Ese es el punto que subraya Rodrigo Nemmen, de la Universidad de São Paulo, en un texto de análisis en Nature. Con las masas corregidas, sostiene, los “little red dots” ya no resultan tan discordantes con los marcos habituales para entender cómo crecen galaxias y agujeros negros en el universo joven. infrarroja

La hipótesis, además, sugiere que estamos viendo una fase breve. Los objetos aparecen en un tramo concreto de la historia cósmica y luego se diluyen, lo que encaja con la idea de un periodo de crecimiento rápido y fuertemente oscurecido, antes de que el entorno se despeje y el agujero negro pase a parecerse más a un núcleo activo “clásico”.

Qué queda por comprobar y qué mirarán ahora los astrónomos

La propuesta no cierra el tema, pero sí ordena el tablero. El paso siguiente será ampliar muestras con espectros de mayor calidad y cruzar observaciones con rayos X y radio más sensibles para medir cuánto “se esconde” realmente tras el gas. La clave es confirmar si la fase del capullo es común o si estamos ante un subconjunto peculiar.

En paralelo, la conversación pública sobre estos objetos se ha ido ampliando hacia otros enigmas del JWST relacionados con el universo temprano, desde “monstruos rojos” hasta escenarios de crecimiento acelerado. Y, por contraste, el telescopio sigue aportando ejemplos más cercanos donde la actividad de agujeros negros es visible de forma directa, como las llamaradas registradas en Sagitario, en el centro de la Vía Láctea.

La prudencia es obligatoria cuando el material aún se está afinando, y más aún cuando la tentación es convertir cada anomalía en una “crisis” de la cosmología. En periodismo científico, el punto razonable suele estar en explicar qué resuelve un modelo y qué preguntas deja abiertas, con datos y atribuciones claras.

El estudio ha sido publicado en Nature.


Adrian Villellas

Adrián Villellas es ingeniero informático y emprendedor en marketing digital y ad tech. Ha liderado proyectos de analítica, publicidad sostenible y nuevas soluciones de audiencia. Colabora además en iniciativas científicas ligadas a la astronomía y la observación espacial. Publica en medios de ciencia, tecnología y medioambiente, donde acerca temas complejos y avances innovadores a un público amplio.

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