El último desastre ruso con Starlink en Ucrania está resultando extremadamente costoso y está cambiando la guerra moderna. De repente, unidades enteras se quedan mudas y ciegas. La artillería ya no manda, sino los datos, y el bloqueo deja pistas sobre cómo será el conflicto del futuro

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Publicado el: 9 de marzo de 2026 a las 12:34
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Antena satelital Starlink utilizada en el frente de guerra en Ucrania para comunicaciones militares

En febrero, Ucrania y SpaceX dieron un golpe importante a la maquinaria bélica rusa. Miles de terminales de Starlink usadas por las tropas invasoras quedaron desconectadas tras la puesta en marcha de una «lista blanca» que solo permite operar a equipos verificados. En cuestión de días el ejército ruso vio caer su capacidad de coordinar drones y artillería y las fuerzas ucranianas recuperaron alrededor de doscientos kilómetros cuadrados de territorio, según análisis del Instituto para el Estudio de la Guerra citados por varias agencias internacionales.

La jugada va más allá de la electrónica. El Ministerio de Defensa de Ucrania presenta este sistema de registro como la respuesta al uso «no autorizado» de Starlink por drones rusos y, al mismo tiempo, como una forma de asegurar que la población civil y las unidades que protegen la infraestructura energética no se queden incomunicadas en mitad de un ataque, en un contexto de bombardeos repetidos contra centrales y subestaciones.

Qué significa la «lista blanca» sobre el terreno

El dos de febrero el Gobierno ucraniano aprobó una resolución que obliga a registrar todas las terminales. Solo los dispositivos verificados podrán conectarse a la red satelital dentro de Ucrania, el resto queda desconectado. Según el ministro Mykhailo Fedorov el registro será gratuito y rápido y las fuerzas armadas usan un canal seguro específico para que cualquier terminal capturada por Rusia pueda inhabilitarse con rapidez, en coordinación directa con la empresa de Elon Musk.

Privadas de Starlink, las tropas rusas han intentado improvisar. Drones de reconocimiento ucranianos han detectado torres metálicas levantadas a toda prisa con antenas Wi Fi direccionales, similares a las que cualquiera puede comprar por internet, que ya han sido destruidas por unidades de drones ucranianas en distintos puntos del frente. En comunicaciones interceptadas un soldado ruso admitía que «todo lo que nos queda ahora son radios, cables y palomas», un resumen muy claro de su nueva situación tras perder el enlace satelital.

Pero, más allá del pulso militar, ¿qué tiene que ver toda esta historia de satélites, antenas y aplicaciones con el medio ambiente y con algo tan cotidiano como la factura de la luz en casa?

La respuesta está en la red eléctrica ucraniana. Desde 2022 las fuerzas rusas han golpeado de forma sistemática centrales, subestaciones, gasoductos y líneas de alta tensión, lo que provoca apagones recurrentes y obliga a recurrir a generadores diésel y soluciones de emergencia en barrios y hospitales. Evaluaciones recientes calculan que la guerra ha provocado en torno a trescientos millones de toneladas de CO2 equivalente en estos años y que una parte relevante procede precisamente de los ataques, incendios y reparaciones en infraestructuras energéticas y de la generación de emergencia que se activa cuando la red cae.

Cada impacto sobre una subestación o un depósito de combustibles no solo deja barrios enteros sin luz o calefacción. También aumenta el riesgo de incendios, vertidos, contaminación del aire y dependencia de motores autónomos muy ineficientes, en un círculo vicioso donde el conflicto alimenta la crisis climática y el clima, con fenómenos más extremos, agrava los daños de la guerra y la vulnerabilidad de la población civil.

Puesto en este contexto, la «lista blanca» de Starlink no es solo una maniobra para dejar a ciegos a los drones rusos. En su comunicado oficial, Fedorov la describe como una medida necesaria para «salvar vidas» y proteger la infraestructura energética crítica del país. Traducido a lo cotidiano significa que, si un dron equipado con una conexión robada pierde señal antes de alcanzar una subestación, habrá menos apagones y menos hogares encendiendo generadores ruidosos a medianoche para poder cargar el móvil o calentar una habitación.

Ucrania se está convirtiendo en un laboratorio de transición energética. Con buena parte de su parque de carbón, gas y nuclear dañado, el país acelera el despliegue de placas solares en tejados, baterías y generación distribuida, soluciones más difíciles de destruir con un solo misil que las grandes centrales tradicionales. Esta experiencia encaja con la apuesta de Europa por electrificar su economía y reducir su dependencia de combustibles fósiles importados, algo que se ha reforzado tras la crisis de precios desencadenada por la invasión.

Para quien sigue esta historia desde un piso en Madrid puede parecer un asunto lejano, pero las decisiones que hoy se toman sobre satélites, drones y redes tienen efectos directos sobre la seguridad energética y climática de todo el continente. El apagón de Starlink para las tropas rusas es una pieza más de una guerra que se libra también en el espacio y en la nube, pero que se siente en enchufes y radiadores cuando sube el precio de la electricidad o llega un nuevo apagón.

El comunicado oficial sobre la verificación de terminales Starlink y la creación de la «lista blanca» ha sido publicado en la página del Ministerio de Defensa de Ucrania.


Adrian Villellas

Adrián Villellas es ingeniero informático y emprendedor en marketing digital y ad tech. Ha liderado proyectos de analítica, publicidad sostenible y nuevas soluciones de audiencia. Colabora además en iniciativas científicas ligadas a la astronomía y la observación espacial. Publica en medios de ciencia, tecnología y medioambiente, donde acerca temas complejos y avances innovadores a un público amplio.

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