A veces la naturaleza juega a sorprendernos. Y no con un detalle menor, sino con un golpe directo a lo que dábamos por seguro. En diciembre de 1938, en la costa de Sudáfrica, una conservadora de museo llamada Marjorie Courtenay-Latimer identificó un pez que, en teoría, solo existía en fósiles. La ciencia creía que ese linaje había desaparecido hace unos 66 millones de años. Pero allí estaba, recién salido de una captura de pescadores, con un aspecto tan extraño como inconfundible.
Lo que vio Courtenay-Latimer no encajaba con “un pez más”. Tenía aletas lobuladas (como pequeños “brazos” carnosos), escamas gruesas y una tonalidad azulada poco habitual. Ella misma describió el impacto del hallazgo con una frase que ha quedado para la historia. “Retiré la capa de mucosidad y apareció el pez más hermoso que había visto jamás”.
Una decisión rápida que lo cambió todo
El problema era práctico y urgente. No había medios para conservar el animal en frío durante mucho tiempo, y el riesgo de descomposición era real. Courtenay-Latimer tomó entonces una decisión que hoy suena casi de otra época, pero que fue clave para la ciencia. Preservar el ejemplar mediante taxidermia para que pudiera estudiarse después.
Poco más tarde, el ictiólogo J. L. B. Smith confirmó lo que parecía imposible y describió la especie como Latimeria chalumnae en 1939. Ese momento marcó el “redescubrimiento” del celacanto, un animal que desde entonces se convertiría en uno de los grandes iconos de la biología evolutiva.
Un “fósil viviente” que no es un museo, es un aviso
Se suele hablar del celacanto como “fósil viviente”. La etiqueta engancha, pero conviene entenderla bien. No significa que sea un animal congelado en el tiempo, sino que pertenece a un grupo muy antiguo y que, durante décadas, solo lo conocíamos por restos fósiles. Por eso su aparición viva obligó a revisar ideas sobre la evolución de los vertebrados y la historia de los peces de aletas lobuladas, parientes lejanos de los primeros vertebrados que acabaron colonizando tierra firme.
Y aquí viene la parte incómoda. Que una especie “reaparezca” no significa que esté a salvo. De hecho, el celacanto africano (el del Índico occidental) está catalogado como “En Peligro Crítico” por la UICN.
¿La causa principal? En buena parte, las capturas accidentales (bycatch) en pesquerías, además de una distribución muy fragmentada y poblaciones pequeñas. Es el típico caso en el que el daño no siempre se ve, pero ocurre igual (como cuando un ecosistema se deteriora poco a poco y nadie lo nota… hasta que falta). Y eso se nota.
Dos especies, dos situaciones, el mismo riesgo de fondo
Hoy se reconocen dos especies vivas de celacanto. La más conocida es Latimeria chalumnae, asociada al océano Índico occidental, y la otra es el celacanto indonesio (Latimeria menadoensis), descrito más tarde y evaluado como “Vulnerable” por la UICN.
Que una esté peor que la otra no cambia lo esencial. Son animales de aguas profundas, de ritmo lento, con una biología que no encaja bien con impactos repetidos. Si a eso le sumas presión pesquera, degradación del hábitat y un océano cada vez más alterado por el calentamiento y la contaminación, la ecuación no pinta bien. No es poca cosa.
Lo que este caso enseña hoy (más allá del “qué curioso”)
La historia de Courtenay-Latimer suele contarse como una anécdota épica de la ciencia. Pero también se puede leer como una lección actual sobre conservación.
- (1) La biodiversidad todavía guarda sorpresas, incluso en pleno siglo XXI
- (2) Los museos, las redes locales y la observación constante importan más de lo que parece.
- (3) Redescubrir no es proteger. La protección llega con medidas, vigilancia y gestión real del entorno marino.
Y una última pregunta que conviene hacerse. Si un animal tan “famoso” está en riesgo, ¿qué pasa con los que no salen en ningún titular?
El comunicado oficial ha sido publicado en “Lista Roja de la UICN.










