Cuando la Voyager 2 pasó rozando Neptuno en 1989, dejó una imagen preciosa del planeta, sí… pero también un quebradero de cabeza para los científicos: su campo magnético no se parecía al de la Tierra. Era “torcido”, desplazado y con una geometría rara que no encajaba con los modelos más clásicos. Ahora, un trabajo reciente aporta una pieza que faltaba en el puzle: el “hielo” que podría estar generando ese magnetismo no sería tan ordenado como se creía.
La idea central gira en torno a un estado extremo del agua llamado agua superiónica. Suena a ciencia ficción, pero es pura física: bajo presiones y temperaturas brutales, el oxígeno forma una red sólida y, a la vez, los iones de hidrógeno se mueven con mucha libertad dentro de esa estructura. Resultado: un material que se comporta como sólido, pero conduce electricidad de manera notable. Y si algo conduce y se mueve en el interior de un planeta, puede ayudar a “fabricar” magnetismo.
Durante años, muchos modelos asumieron que ese hielo superiónico tendría una estructura cristalina bastante limpia, con límites claros entre una fase y otra. El problema es que Neptuno y Urano no dan señales de tener un “magnetismo limpio”. Y aquí entra lo nuevo.
Un equipo internacional ha recreado condiciones comparables a las del interior de estos gigantes helados usando compresiones rápidas con láser y mediciones ultrarrápidas de difracción de rayos X en grandes instalaciones de láser de rayos X. Al empujar el agua a presiones de hasta alrededor de 180 GPa (del orden de millones de atmósferas) y temperaturas en torno a 2500 K, observaron algo inesperado: la estructura del oxígeno no se organiza en un único patrón perfecto, sino que aparecen mezclas de empaquetamientos y desorden interno, como si hubiera “capas” y transiciones difusas dentro del mismo material.
En palabras del investigador Nick Hartley, lo que esperaban ver eran líneas “nítidas” y lo que encontraron fueron “límites borrosos”, con estructuras superpuestas. Dicho de otra manera: en vez de un cristal con reglas claras, aparece un hielo exótico con imperfecciones, fallos de apilamiento y regiones que conviven.
¿Y qué significa esto en la práctica? Que el material que podría estar participando en la generación del campo magnético de Neptuno (y también de Urano) puede ser más complejo, y esa complejidad ayuda a entender por qué sus campos magnéticos parecen “desordenados” y poco alineados con el eje de rotación. No es que la Voyager 2 “viera” el hielo superiónico, pero sus mediciones encajan mejor si el interior del planeta no es tan simple como una sola fase estable y uniforme.
La investigación, además, pone sobre la mesa una idea incómoda para los modelos: en condiciones planetarias reales, puede que no haya fronteras tan claras entre fases. Y eso, para quien intenta simular el interior de un planeta a miles de kilómetros bajo las nubes, cambia bastante el guion.
El estudio ha sido publicado en “Nature Communications” y enlaza con la fuente oficial principal de la que hablamos en la noticia.









